martes, 24 de mayo de 2016

#194 Divino Niño, auxilio de los cristianos



Este llavero con la imagen del Divino Niño lo compré en abril de 2016 en la santería de la Catedral de Buenos Aires.
Es una imagen bastante difundida: el Niño pequeño, vestido de rosa, con sus brazos extendidos, descalzo sobre una nube que por debajo lleva la leyenda "Yo reinaré".
Lo que para mi era desconocido hasta hace poco es el origen salesiano de esta devoción. Y ahora, cuando lo veo, hasta me parece que, aunque no va vestido igual, es el Niño que se ha bajado por unos instantes de los brazos de la Auxiliadora...
Todo comenzó con la llegada a la ciudad colombiana de Barranquilla del padre Juan del Rizzo, un misionero salesiano italiano, en 1914.
Un día su superior le encomienda a él y a otros compañeros salir a pedir limosnas para apoyar la construcción de un templo. Pero como el padre Juan era muy tímido no pudo pedir nada y al parecer fue reprendido.
Entonces se fue a rezar a los pies de una imagen de María Auxiliadora, que tiene al Niño en sus brazos. Y en un momento sintió que el pequeño Jesús le decía que no se preocupara y que Él le acompañaría al día siguiente a pedir la limosna.
Es entonces cuando el padre Juan se confía al Niño y hace el propósito de propagar la devoción al Divino Niño Jesús. Y lo hace con la devoción que él ya conocía, que era la del Niño Jesús de Praga.
En 1934 el padre Juan es trasladado a Bogotá, al colegio León XIII, y le encomiendan la animación del oratorio del Campo San José, en el barrio 20 de Julio, pero le piden que no promueva allí la devoción al Niño de Praga pues esa tarea ya la realizaban los carmelitas en esa ciudad.
Entonces el padre Del Rizzo va a una tienda de artículos religiosos del centro de Bogotá y compra allí una imagen del Niño Jesús. Pide que le quiten una cruz que llevaba en la espalda y que le retoquen un poco el rostro.
La figura, un Niño de brazos abiertos dispuesto a recibir a todos, fue colocada en el oratorio. Pronto la devoción ganó gran popularidad. Y el amor al Niño despertó en muchos corazones el deseo de ayudar a los chicos más pobres del oratorio.
Hoy el Divino Niño tiene un santuario en este sitio, que es visitado por miles de fieles cada semana. Su fiesta principal se celebra el primer domingo de septiembre.


Oración de la confianza al Divino Niño

Niño amable de mi vida,
conduelo de los cristianos,
la gracia que necesito
pongo en tus benditas manos.
Tú, que sabes mis pesares
pues todos te los confío,
da la paz al angustiado
y alivio al corazón mío.
Y aunque tu amor no merezco
no recurriré a Ti en vano
pues eres Hijo de Dios
y auxilio de los cristianos.
Acuérdate, oh Niño Santo,
que jamás se oyó decir
que alguno te haya implorado
sin tu auxilio recibir.
Por eso, con fe y confianza,
humilde y arrepentido,
lleno de amor y esperanza
este favor yo te pido.
Divino Niño Jesús,
bendícenos con amor.



sábado, 14 de mayo de 2016

#193 Ven a visitar tu viña




Este Niño me lo regalaron mamá y papá en abril de 2016. Lo compraron en una tienda de Mercedes (Argentina), pero -y quién sabe cómo llegó hasta aquí- es originario de Puerto Rico. Lo sé porque venía con una tarjeta adosada, indicando que es creación de la artesana Mercedes Buenaga, de Río Piedras.
Es una única pieza de barro, con el pequeño Niño envuelto, que descansa sobre una enorme hoja de vid.
Esta imagen me hizo recordar algo que el pueblo de Israel pedía a Dios: "Ven a visitar tu viña" (salmo 79). Y Dios no ignoró estas oraciones. Realmente vino a visitar su viña, encarnándose.
No solo vino a nuestra viña, a nuestra humanidad, sino que se hizo Él mismo vid. "Yo soy la vid verdadera". Y nos asumió como sarmientos... para dar frutos en Él.
El punto de partida para esta "visita" de Dios a nuestra viña no es otro que su Amor misericordioso. Él nos plantó, nos dio una tierra donde crecer... y cuando fuimos invadidos -o nos hemos dejado invadir- por la maleza, no desoyó la súplica: "Ven a visitar tu viña".
En ese Amor misericordioso debemos confiar cada vez que sintamos que nuestra viña es asaltada, pisoteada, saqueada... Es el Amor de quien se hizo vid por nosotros.


"Tú sacaste de Egipto una vid,
expulsaste a los paganos y la plantaste;
le preparaste el terreno, echó raíces
y llenó toda la región.
Las montañas se cubrieron con su sombra,
y los cedros más altos con sus ramas;
extendió sus sarmientos hasta el mar
y sus retoños hasta el Gran Río.
¿Por qué has derribado sus cercos
para que puedan saquearla
todos los que pasan?
Los jabalíes del bosque la devastan
y se la comen los animales del campo.
Vuélvete, Señor de los ejércitos,
observa desde el cielo y mira:
ven a visitar tu viña,
la cepa que plantó tu mano,
el retoño que tú hiciste vigoroso.
¡Que perezcan ante el furor de tu mirada
los que le prendieron fuego y la talaron!
Que tu mano sostenga al que está a tu derecha,
al hombre que tú fortaleciste,
y nunca nos apartaremos de ti:
devuélvenos la vida e invocaremos tu Nombre.
¡Restáuranos, Señor de los ejércitos,
que brille tu rostro y seremos salvados!"
Salmo 79
"Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo".
Lucas 1, 68



viernes, 29 de abril de 2016

#192 Pino


Este pesebre me lo regaló en diciembre de 2015 mi amiga Daniela Vulcano.
Es una única pieza, de resina, y dentro tiene luces de colores que funcionan a pila. Es un pino nevado, con una estrella dorada en la punta. Pero lo mejor es que el árbol no se roba el protagonismo, sino que en primer plano está el pesebre.
La tradición de colocar un pino dentro de la casa y decorarlo con luces para la Navidad tiene ya unos siglos y es originaria de Alemania.
Lamentablemente en muchos lugares el árbol queda como único signo de la Navidad y la representación del nacimiento de Jesús, lo verdaderamente central, queda marginada o ausente.
No se trata de eliminar al árbol sino de poner las cosas en su justo lugar: que el pesebre recupere su sitio destacado y que el árbol de Navidad adquiera un sentido más profundo y no meramente decorativo.
Buscando por allí, encontré un escrito, de autor desconocido, una verdadera oración que comparto más abajo y que, me parece, es válida no solo para los días de Adviento en los que se arma el árbol sino para cualquier momento del año, porque de lo que se trata, finalmente, como el pino decorado en los días de Navidad, es ser signo, testimonio, del amor de Dios encarnado. ¡Nosotros también podemos ser pino!

"Esta Navidad quiero ser tu pino, Señor. Un pino sencillo, de los que nacen en las sierras, pero con unas ramas verdes y frescas, alimentado por la savia de tu Vida divina.
Como un reflejo tuyo, mi forma será triangular, signo de la Santísima Trinidad, y si una rama sobresale demasiado, hazme sensible para cortarla antes de que me deforme demasiado.
Empezaré a limpiar mi tronco y mis ramas de todo musgo que tenga.
Y así, poco a poco, quitaré todo lo que me estorba: mi egoismo, mis envidias, mis incomprensiones, mi orgullo, mi soberbia, que como 'plagas' crecen sin que yo me de cuenta.
Como un recuerdo de todas las estrellas que brillaron esa noche bendita en que Tú naciste, me llenaré de foquitos de colores para reflejar a los demás la alegría de tu venida al mundo.
Escogeré unas esferas doradas, las más brillantes, para que representen todas mis alabanzas por el sol que sale cada día, por las estrellas, por los atardeceres tan hermosos y por todas las maravillas del mundo que Tú creaste para nosotros, por ser nuestro Ser Supremo.
Continuaré con muchas esferas rojas, que representan mis peticiones. Te pido que hagas de mi un instrumento de tu Amor. Te pido por mi familia, mis amigos, mi comunidad, mi parroquia. Por mi patria, para que sea un país donde Tú siempre reines. Que jamás el desaliento entre en mi corazón. Te pido tu Santo Espíritu y, con Él, la verdadera sabiduría que viene de ti.
Dame, Señor, lo que Tú sabes que me conviene y yo no sé pedir. Dame mucha paciencia y humildad. Dame prudencia para nunca herir a nadie y dame caridad para tener un corazón grande que sepa amar.
Pondré también unas esferas azules, para pedirte con ellas perdón porque yo no siempre he sido fiel, porque no he sabido dar ni perdonar, porque viendo la luz he preferido la oscuridad, porque conociendo el bien he optado por el mal.
Por último, me llenaré de esferas plateadas, muy grandes, que serán para darte gracias por todo lo que he recibido de ti. Gracias porque me has otorgado salud, bienestar, alegría y satisfacciones.
Gracias también por la enfermedad, las penas y los sufrimientos, aunque me cuesta trabajo decírtelo y aceptar tu voluntad. Tú sabes lo que hiciste.
Gracias, Señor, por todo aquello que me acercó íntimamente a ti. Es tanto lo que tengo que agradecerte...
Y en la punta, con una luz muy intensa, pondré una estrella enorme, que me ilumine siempre, ésa será mi fe. Una fe madura e inquebrantable, siempre en aumento, que se alimentará de tu Sagrada Eucaristía y de tu Palabra.
Por eso, esa luz brillará para todo aquel que se acerque a mi, porque Tú brillas en mi.
Yo quiero ser tu pino, Señor.
Lléname de alegría para participar a todos mis hermanos el gozo de poseerte, Señor".

domingo, 27 de marzo de 2016

Niño invitado #34: La mirada del Resucitado




Este Niño está en uno de los altares laterales de la Basílica de Santo Domingo, de Buenos Aires.
Lo elegí para este Domingo de Pascua porque su figura inocente, revestida de blancura y con el cayado de la Cruz victoriosa, me habla de Jesús Resucitado.
Pero más me dicen de su resurrección esos sus ojos, llenos de vida, de ternura, de paz, de misericordia... Pupilas de brillo delicado en las que se dibuja la Vida verdadera por Él conquistada y por Él dada...
¡Qué en esta Pascua nos descubramos vivos en la mirada del Resucitado!


"La muerte ha madurado de ternura
tu rostro, luz de Dios, semblante humano;
el paso por la Cruz ha embellecido
tus ojos, tus mejillas y tus labios.

Y ahí estás, Jesús, para mirarte,
del Padre y del Amor icono exacto;
mirarte es comunión y paraíso,
perdidos en tu faz, por ti mirados.

Tu imagen es presencia y sacramento,
el don total de Dios en ti donado;
tu frente es el reflejo del Espíritu,
tus ojos son el Padre remansado.

Con cuerpo de una Virgen tú naciste,
y en ese cuerpo Dios está entrañado,
mas luego de tu muerte eres más cuerpo,
de Dios perdón, purísimo regalo.

Tus ojos y los nuestros se han fundido,
oh Dios a quien miramos y adoramos,
oh dulce rostro, pasto del amor,
en esa tu mirada, Amado, báñanos.

¡Exhausto manantial manante siempre,
oh rostro del secreto revelado,
deleite de pupilas, oh Jesús,
a ti el amor hermoso en nuestro canto! Amén".

Himno pascual, de Rufino María Grández, capuchino.






viernes, 25 de marzo de 2016

Niño invitado #33: Voluntariamente aceptada




Esta imagen está en mi parroquia, San Carlos y Basílica de María Auxiliadora, de Buenos Aires. Y cada vez que la contemplo me vienen siempre las mismas dos palabras: "voluntariamente aceptada".
El Niño Jesús, muy pequeñito, abre sus brazos en cruz y se apoya sobre el madero. Libremente... No está clavado, ni atado. Hasta me da la impresión de que está en puntas de pie, como queriendo alcanzar la Cruz... Nada parece obligarle... Y su rostro... inocente, sereno, manso... revela su íntima comunicación con el Padre.
Unas de las palabras que más me estremecen de la consagración eucarística son, precisamente, las que se refieren a la "pasión voluntariamente aceptada": la libertad para amar al Padre y amarnos a nosotros hasta el "extremo", el extremo de darse a sí mismo, dar su vida entera, hasta la muerte y muerte de Cruz, por nuestra salvación.
"Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente" (Juan 10, 18). ¡Estas palabras son impactantes! Porque las pronuncia en el contexto de presentarse a sí mismo como el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, para que éstas tengan vida en abundancia. Y en sus palabras se denota que lo hace con libertad, porque ama -nos ama-, porque así lo quiere el Padre -"éste es el encargo que he recibido del Padre"- y porque se sabe Hijo de Dios y confía plenamente en su Padre, que le ha dado poder para dar su vida y "después recobrarla".
Me pregunto cuándo descubrió Jesús cómo habría de salvarnos... es un misterio, pero intuyo que en su Corazón, desde el momento mismo de la Encarnación, ardió el celo por las cosas de su Padre, latió la urgencia del Reino, el deseo de nuestra salvación y su ansías de amarnos dándose hasta el extremo...
Esta imagen está junto al altar de santa Teresa del Niño Jesús. De ella tomo estas palabras finales. El anhelo de darse, de una entrega voluntariamente aceptada por amor, esa libertad de Jesús, siempre se encarna en sus santos...

"Acuérdate, Jesús, Verbo de vida, de que tanto me amaste, que moriste por mí. También yo quiero amarte con locura, también por ti vivir y morir quiero yo. Bien sabes ¡oh, Dios mío! que lo que yo deseo es hacer que te amen y ser mártir un día. Quiero morir de amor. Señor, de mi deseo ¡acuérdate!".
Santa Teresa del Niño Jesús, "Jesús, Amado mío, acuérdate", 21 de octubre de 1895



domingo, 20 de marzo de 2016

#191 Tú eres Rey




Este señalador imantado me lo regaló en diciembre de 2015 mamá, quien lo compró en una librería de Buenos Aires.
En la imagen se puede ver a los magos -sabios- de Oriente, arrodillados, ofreciendo sus dones y adorando al rey que buscaban...
Bien podrían ser ellos los que dicen la frase impresa abajo de la imagen: "Niño Jesús, Tú eres el rey de la paz". Pero, ¿qué es lo que les permite reconocer como rey a este niño, débil, pobre, nacido en un contexto despojado de todo signo de realeza?
Para tomar la foto del señalador, elegí la página del Evangelio según san Juan en la que Jesús es llevado en su Pasión al pretorio para ser interrogado por Pilato sobre su condición de rey:
"Entró de nuevo Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó:
—¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús respondió:
—¿Eso lo preguntas por tu cuenta o porque te lo han dicho otros de mí?
Pilato respondió:
—¡Ni que yo fuera judío! Tu nación y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?
Contestó Jesús:
—Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis soldados habrían peleado para que no me entregaran a los judíos. Pero mi reino no es de aquí.
Le dijo Pilato:
—Entonces, ¿tú eres rey?
Jesús contestó:
—Tú lo dices. Yo soy rey: para eso he nacido, para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Quien está de parte de la verdad, escucha mi voz.
Le dice Pilato: —¿Qué es la verdad?" (Juan 18, 33-38).
¿Qué es lo que le impide a Pilato reconocer a Jesús como rey? Dice Jesús: "Quien está de parte de la verdad, escucha mi voz". Solo el que es de la Verdad, el que es de Dios, puede reconocer al Hijo, aceptarlo como Rey, seguir su voz... Pero Pilato no sabe qué es la verdad... no puede reconocer a Jesús como Rey. Y sus sentidos le dicen que un hombre preso, humillado, abandonado, traicionado, indefenso, pobre... no puede ser un rey... un rey como lo entiende el mundo.
Cristo Rey: el nacido entre pajas, el de la vida escondida del trabajo y la oración, el que toca a los enfermos, el que come con pecadores, el que no tiene donde recostar su cabeza, el cordero manso, el coronado de espinas, el de la Cruz... el que prefiere trato de amigo, el que se nos ofrece como pan. ¡Rey!


martes, 9 de febrero de 2016

#190 Hemos visto su estrella y venimos a adorarle




Este pesebre me lo regaló mi mamá en diciembre de 2015. Es muy sencillo, pequeño, hecho de cartón y con un imán. La imagen es también muy simple: José, María y el Niño en el pesebre. Y una gran estrella, la que condujo a los magos de Oriente hasta la gruta de Belén.
La luz de aquella estrella tenía un propósito: señalar el sitio exacto en donde encontrar a Jesús, guiar hasta ese punto a los adoradores. "Hemos visto su estrella y venimos a adorarle" (Mateo 2, 2).
La luz de la estrella de Belén me recuerda la luz que hoy también guía a los adoradores hasta el sitio donde está Jesús: es la luz de la lámpara que siempre se encuentra junto al sagrario.
Jesús está igual de presente hoy en el sagrario que hace veintiún siglos en el pesebre de Belén. Es el mismo: su mismo Cuerpo, su misma Sangre, su misma Alma y su Divinidad. Y con un abajamiento muy similar, entonces como un débil niño, hoy como una simple hostia.
Llama la atención del relato de los magos que, siguiendo la estrella y llegados al destino, la pobreza de aquella escena no les hizo dudar de que aquel niño era el Rey que buscaban con el solo fin de adorarle.
Simplemente se dejaron guiar por esa luz, avanzaron, hallaron a Quien buscaban y lo adoraron.
Hoy también una luz brilla junto a cada sagrario para señalar que allí está presente Jesús e invitar a adorarle.
Es una luz que nunca deja de brillar... que nunca deja de dar testimonio... que nunca deja de invitar a la oración. Y así se vuelve también imagen del verdadero orante, del adorador que, tan solo con su presencia junto al sagrario, es lampara viviente que señala que allí está su Señor e invita a otros a adorar a Dios...
San Luis Orione (1872-1940) contemplaba la lámpara junto al sagrario como una privilegiada que consumía su vida junto a Jesús.
Traduzco y comparto aquí unas líneas que brotaron en el corazón de Don Orione como fruto de una experiencia que tuvo siendo un joven seminarista, cuando lo emplearon como cuidador en la catedral de Tortona (Italia). Su humilde habitación, en lo alto del templo, tenía una pequeña ventana desde la que divisaba la luz de la lámpara junto al sagrario. De noche, en soledad, oraba con aquella tenue y apacible luz... Y entonces esa lámpara deseaba ser:

"Oh, tú, afortunada, humilde lámpara que siempre velas, consumiéndote delante de mi Jesús.
Habitante de este sitio, pleno de amor, que rodea el Corazón de mi Dios, dime, ¿conoces tú sus latidos ardientes, su inefable dulzura?
Ven, bendita luz, penetra en mi corazón, hasta lo profundo, hasta sus secretas hendiduras... Háblame del Buen Jesús, de su amor.
Tu calor suave y delicado reavivará dulcemente mi espíritu y hará brotar las semillas de las virtudes y el sacrificio.
¡Oh, dulce Jesús, si en mi corazón una llama perenne de amor emulase la vigilante lampara en su arder para Vos, intensamente, hoy, mañana... siempre!
Te veo desde aquí, lámpara querida, resplandecer como una estrella.
¡Cuántas cosas nos da tu antorcha bella que al alma sedienta siempre enseña!
Consumes tu vida junto al altar: tu luz es del amor dulce testimonio.
¡Oh, quién puede imaginar vida más hermosa, quién puede desear vida más querida...!
Delante de Él, que "hiere y consuela", cédeme tu lugar solo por un día o, mejor aún, por una sola noche.
Déjame probar qué delicia es consumir por Él mi vida en el dulce permanecer con Jesús".

jueves, 28 de enero de 2016

#189 Amigo invisible



En diciembre de 2015 con mis compañeros de trabajo jugamos al "amigo invisible" para Navidad. Por sorteo, cada uno debía hacer un regalo, de manera anónima, a uno de sus compañeros.El regalo que me hicieron fue un pesebre, hecho con vellón, traído de la ciudad argentina de Córdoba. Me encantó y, sin saber quién me lo había regalado, fui agradeciendo uno por uno... hasta que descubrí la identidad de mi "amigo invisible", Aitor Iturria, a quien agradezco el gesto delicado de alegrarme el corazón regalándome algo que sabe que me gusta y valoro tanto...
Esto del "amigo invisible" me hizo pensar en cuántos bienes -materiales y espirituales- recibimos a lo largo de nuestra vida sin enterarnos nunca de qué manos provienen.
De cuántas cosas que recibimos en nuestros primeros años de vida no somos conscientes... no podemos recordar quién nos acunó con paciencia aquella noche que éramos llanto vivo...
Sabemos que nuestros padres o abuelos habrán hecho muchos de estos actos buenos por nosotros, pero en lo concreto permanecen invisibles a nuestra memoria.
Hay otros bienes que hemos recibido de los que sí somos conscientes, pero ignoramos la identidad de nuestro benefactor. Quizás un mensaje anónimo de consuelo o un desconocido que nos ayudó en la calle...
Otras veces incluso ignoramos el bien que se nos hace... Alguien que nos perdonó en lo secreto de su corazón, alguien que intercedió a nuestro favor sin que lo sepamos, que rezó por nosotros...
Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) ha planteado una idea que me parece fascinante. Aunque en apariencia podemos ponerle nombre y apellido a los protagonistas de los grandes acontecimientos de nuestra historia personal y de la historia de la humanidad, esta santa afirma que "no cabe ninguna duda de que los giros decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales poco o nada dicen los libros de historia".
Quiénes son estas personas, dice, "a las que hemos de agradecer las transformaciones decisivas de nuestra vida personal" solo lo sabremos "el día en que todo lo oculto sea revelado".
Son personas que viven "íntimamente unidas a Dios" y cuyos frutos pueden permanecen ocultos a los otros hombres e incluso a sí mismas. De allí, sostiene Edith Stein, brotan fuentes misteriosas de vida...
Resulta medio increíble que haya personas así, que nos hagan el bien en lo secreto, sin esperar ni un gracias a cambio e incluso sin conocernos, cuando lo que prima en el mundo es la búsqueda de reconocimiento, de prestigio, de fama y casi todo se hace con algún interés personal.
¿Quién de verdad actúa como "amigo invisible"? Creo que la única respuesta posible la da la propia Edith Stein al decir que son personas que viven "íntimamente unidas a Dios". Porque actuar así, hacer el bien en lo secreto, en el silencio, en lo oculto, es muy propio del estilo de Dios...
Jesús, de hecho, dice san Pedro, "pasó haciendo el bien" (Hechos 10, 38), pero la mayor parte de su vida terrenal fue vida oculta. Y ese hacer el bien en lo secreto de la vida ordinaria de Nazaret nos lo dejó como enseñanza: "tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos"; "cuando des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha para que tu limosna quede en secreto"; "cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto"; "cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto" (Mateo 6).
Ésta es la "escuela" del "Amigo invisible". A todos los que desde ella, en lo secreto, en el anonimato, en lo oculto, en el silencio, me regalan el bien, ¡gracias!



jueves, 21 de enero de 2016

#188 Tilincho




Este pesebre me lo regaló en diciembre de 2015 mi amiga Gina Baldivieso de Arze, de La Paz, Bolivia.
"Es un nacimiento tiilincho", me dijo. "¿Un qué?"... Aunque sí había visto ya pesebres de este estilo, nunca antes había escuchado esa palabra...
El “tilincho” es una figura en miniatura, hecha de barro, cocida y pintada, con características de hombres o mujeres andinos: tez cobriza, vestimenta tradicional y costumbres indígenas y mestizas.
Los pequeños muñecos siempre tienen una expresión alegre, ojos grandes y un sonrisa amplia.
Normalmente representan escenas de la vida cotidiana o de oficios típicos de la cultura boliviana. Pero también está muy difundido el uso de estas pequeñas figuras en la confección de pesebres.
Por lo que pude rastrear, la invención de los "tilinchos" es un asunto disputado: se la atribuyen al historiador y artista plástico Ronald Roa Balderrama, del grupo Pukara; al arquitecto Jimmy Ledezma, que integró ese mismo colectivo de artistas; y al ceramista Wálter Meléndrez, quien hizo de estas miniaturas un producto boliviano de exportación, incluyendo varios modelos de nacimientos.
Y a todo esto, ¿de dónde viene la palabra "tilincho"? Deriva de "tili" o "t'ili", que en aymara significa "el más pequeño", una expresión que viene como anillo al dedo si hablamos de pesebres.
A los "pequeños" y al "más pequeño" ha hecho referencia Jesús en los Evangelios. Es una figura que encierra un modelo de vida espiritual marcado como senda por el propio Jesús. Él mismo se hizo "el más pequeño", un auténtico "tilincho", para enseñarnos quién es verdaderamente grande en el Reino de los Cielos...



jueves, 14 de enero de 2016

#187 Nacimiento characato



Este pesebre me lo regaló en diciembre de 2015 mi amiga Annie Calzia.
Es un pequeño pesebre, de nueve piezas en miniatura, con la representación del nacimiento en estilo characato.
Characato es uno de los distritos de la provincia de Arequipa, en Perú. Está rodeado de cerros y tiene un manantial llamado Ojo del Milagro o Agua del Milagro. El nombre Characato podría ser una derivación de la voz quechua chakra y, de hecho, se utiliza como sinónimo de chacarero en Arequipa.
El pesebre characato nació hace casi tres décadas de las manos del ceramista peruano Eduardo Gonza Aragón, quien quiso crear un nacimiento de arcilla con elementos propios de la cultura arequipeña.
En este nacimiento José es un loncco -como se denomina en Arequipa al campesino que vive en una chacra- de gruesos bigotes negros, camisa arremangada, pantalón y pies descalzos; María es una lechera vestida con falda negra, blusa blanca y delantal rojo; y el Niño Jesús está desnudo y boca abajo, sobre su cunita.
Tanto María como José llevan sombrero de paja de ala ancha, típico de Arequipa.
Completan el pesebre un burro, una vaca y una oveja.
Cada vez que veo representaciones del nacimiento de Jesús al estilo de una cultura particular pienso en la voluntad del Padre de que todos y cada uno de los pueblos reconozcan a su Hijo como Salvador. Y es bella la idea de que cada pueblo, al acoger a Jesús como "su" Salvador, manifieste esta "apropiación" con un pesebre que represente al Señor como uno de los suyos...
En Arequipa, Jesús se hace characato entre los chacareros... y, como canta un villancico compuesto por Raúl García Salazar cuya letra comparto a continuación, el Niño loncco no nace en una gruta sino en un corral del cerro... pero es igual de lindo y es nuestro mismo Redentor.


"En un camino a mi chacra,
junto a la acequia y el boquero,
un niño loncco gritaba:
"¡Allí en el cerro ha nacido Dios!".
Dejé la yunta y mirando hacia el cielo
fui hasta el manantial,
atravesé un alfalfal,
subí al cerro y allí había un corral.
Ha nacido el Redentor,
qué lindo está el Niño Dios.
Lonccos y ccalas miraban
la belleza de mi Señor.
En un corral en el cerro
una estrella alumbró
y entre el burrito y la vaca,
José, María, está el Señor.
Qué viva el Niño Dios,
Él es nuestro Redentor.
Lonccos y ccalas saltaban
de alegría por nuestro Señor.
Desde toítos los rincones
ccalas y lonccos han venido
a mirar qué linda guagua
que en el corral del cerro ha nacido.
Venite pronto, chacarero,
por la pacha han de subir.
Entre la mula y el buey
ha nacido nuestro Rey".



viernes, 8 de enero de 2016

#186 Mejillas

Este pesebre me lo regalaron en diciembre de 2015 mamá y papá. Lo compraron en Buenos Aires, pero fue hecho en China.
Es una única pieza, de resina, con las figuras de José, María y el Niño "rellenitos". Los rostros redondeados, las mejillas sonrojadas, le dan una expresión muy tierna, en particular a la Virgen.
Como los ojos, "espejo del alma", las mejillas también tienen ese poder de revelar exteriormente, en el rostro, lo que pasa por el corazón de una persona.
Sentimientos como la alegría, la timidez, incluso la ira, se traslucen en las mejillas...
¿Qué revelan las mejillas de María? "Tienes tan castas y hermosas las mejillas, Virgen pura, que en fragancia y hermosura son azucenas y rosas", dice fray Luis María Llop en su poema "Lo mejor de la Virgen".
El Dios enamorado que habla en el Cantar de los Cantares le lanza este elogio a su Amada para exaltar su belleza: "Como cortes de granada son tus mejillas, detrás de tu velo". Y se lo dice, no una, sino dos veces.
Es una imagen preciosa: dos mitades de granada, una fruta que en su interior cobija cientos de granos color rojo sangre, semillas que, una vez salidas y ofrecidas, darán nueva vida y se multiplicarán en más frutos. ¡Cuán bien se aplica esta bella imagen a la Virgen que en su seno llevó el fruto bendito que nos dio Vida!

jueves, 31 de diciembre de 2015

#185 Bajo las alas de Dios


Este pesebre, de una sola pieza, lo compré en Buenos Aires en diciembre de 2015.
Un par de alas cobija el nacimiento de Jesús, signo del amor de Dios Padre.
En los salmos aparece varias veces esta figura, la de las alas de Dios, para expresar la protección, el refugio, el amparo que prodiga Dios.
"Guárdame como a la niña de los ojos, a la sombra de tus alas escóndeme de los malvados que me asaltan, del enemigo mortal que me acorrala" (Salmo 17).
"Piedad de mí, oh Dios, piedad, que me refugio en ti; me refugio a la sombra de tus alas, hasta que pasa la calamidad" (Salmo 57).
"Te cubrirá con sus plumas, y bajo sus alas te refugiarás" (Salmo 91).
Esas alas no solo son un escondite en el que refugiarse, una barrera de protección ante el mal. Son también casa, "tienda de Dios", calor de hogar que nos hace pedir: "Quiero hospedarme siempre en tu tienda, refugiado al amparo de tus alas" (Salmo 61).
Y en ese hogar de las alas de Dios que nos cobija hay un bien que se nos ofrece, la fuente misma de la Vida y la Luz verdadera: "¡Qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios! Los humanos se refugian a la sombra de tus alas, se sacian con la abundancia de tu casa, les das a beber en el río de tus delicias; porque en ti está la fuente de la vida y con tu luz vemos la luz" (Salmo 36).
Quizá llegamos a refugiarnos bajo esas alas huyendo de una tempestad o de un enemigo, con miedo, desesperación. Pero hechas hogar, esas alas se vuelven espacio de unión con Dios y, por tanto, de felicidad: "Tú has sido mi ayuda y a la sombra de tus alas salto de gozo. Mi vida está unida a ti y tu mano me sostiene" (Salmo 63).
Jesús nació bajo estas alas del Padre y a su sombra vivió. Conocía tan bien los tesoros de gracia escindidos bajo estas alas que deseó Él mismo poder reunir a los suyos bajo ese plumaje, como una gallina lo hace con sus pollitos (Mateo 23, Lucas 13). Lo dijo queriéndolo para Jerusalén y lamentando su rechazo. Y Jesús derramó lágrimas por Jerusalén...
Unos meses antes de morir, el 7 de junio de 1897, santa Teresa del Niño Jesús también lloró al ver esta escena en un rincón de su Carmelo de Lisieux.
En las "Últimas conversaciones", recogidas por su hermana Paulina -la Madre Inés de Jesús-, se cuenta cómo aquel día, Teresita, “al bajar las escaleras, vio, a la derecha, bajo el níspero, a la gallinita blanca que tenía a todos sus polluelos recogidos bajo las alas".
"Se paró muy pensativa a contemplarlos. Al cabo de un rato, le hice señas de que era hora de volver a entrar. Tenía los ojos arrasados en lágrimas. Le dije: '¿Estáis llorando?'. Entonces se cubrió los ojos con la mano, llorando más, y me respondió: 'No puedo deciros en este momento por qué lloro; me siento demasiado emocionada...'".
Por la noche, ya en su celda, Teresa le confió a Paulina el por qué de sus lágrimas: "He llorado al pensar que Dios escogió esa comparación para hacernos creer en su ternura. Eso es lo que ha hecho Él durante toda mi vida. ¡Me ha escondido enteramente bajo sus alas!”.

domingo, 27 de diciembre de 2015

#184 El sueño del Niño Jesús



Este Niño, uno de los más preciosos que he visto, me lo regaló en diciembre de 2015 Eduardo Molinari, un hermano de la parroquia.
Contemplar esta figura da mucha serenidad: Jesús descansa plácidamente, nada parece turbarlo. Todo en su rostro habla de reposo.
En esta época de tanta agitación y ajetreo... ¡¿quién pudiera dormir así?!
Sin embargo, en este sueño de Jesús hay algo misterioso... tan misterioso como su condición de verdadero Dios y verdadero Hombre: ¿Cómo, siendo Dios, duerme? ¿Cómo, siendo Hombre, vela?
"Tu guardián no duerme, no duerme ni reposa", dice el salmista sobre Dios (Salmo 120, 3-4). Dios no nos saca los ojos de encima, ni para dormir. Nos cuida siempre.
¿Qué hace entonces Jesús durmiendo?
Meditando sobre el sueño de Jesús en el pesebre, san Alfonso María de Ligorio dice que el descanso del Niño fue muchas veces interrumpido por la dureza de aquella "camita excesivamente dura y molesta" y por el rigor del frío que reinaba en la gruta de Belén.
"De vez en cuando, sin embargo, la naturaleza sucumbía a la necesidad y el Niño querido adormecía. Pero el sueño de Jesús fue muy diferente del de los otros niños", asegura san Alfonso María de Ligorio.
Según explica el santo, cuando Jesús dormía, el cuerpo reposaba, pero su alma velaba. Velaba orando, ofreciendo, intercediendo por nosotros...
"Dormía, pues, el Santo Niño, pero mientras dormía, pensaba en todos los padecimientos que tendría que sufrir por nuestro amor, en el transcurso de toda su vida y en la hora de su muerte. Pensaba en los trabajos por los cuales había de pasar en Egipto y en Nazaret, llevando una vida extremamente pobre y despreciada. Pensaba particularmente en los azotes, en las espinas, en las injurias, en la agonía y en la muerte desolada que al final debía padecer sobre la Cruz. Todo eso Jesús ofrecía al Padre Eterno mientras estaba durmiendo, a fin de obtener para nosotros el perdón y la salvación. Así nuestro Salvador, durante el sueño, estaba mereciendo por nosotros, reconciliaba con nosotros a su Padre y nos alcanzaba gracias", explica.
Es así cómo, en su sueño, Jesús duerme y vela a la vez. Porque es verdaderamente Hombre y verdaderamente Dios.
Y este sueño de Jesús se convierte entonces para nosotros en fuente de confianza y escuela de abandono.
Si mi Dios no duerme ni reposa porque es mi guardián, entonces yo puedo descansar en Él.
Es admirable cómo Jesús, en la confianza, es nuestro Maestro desde la cuna de Belén: se entrega al sueño, aún en un ambiente no muy propicio para un niño recién nacido, porque se fía totalmente de su Padre.
Puedo cerrar los ojos, dar reposo a mi mente y a mi cuerpo. Sosegar el corazón. Dios está conmigo, siempre despierto, como una madre que vigila el sueño de su hijo recién nacido. Incluso el Espíritu ora en mí cuando duermo...
No es solo la seguridad de saber Quién nos cuida. Es además el amor que nos da Dios en ese cuidado, la caricia, el mimo, el arrullo, la calidez de su cercanía... 


"Pues os venero, mi dueño,
con la muerte y cruz dormidos,
socorred todo afligido, 
dulce Jesús del Buen Sueño. 
Descansando, tierno Niño, 
os advierte mi cuidado, 
admirando en vuestro agrado 
todo el primor del aliño, 
y el más perfecto cariño 
en vuestro rostro risueño, 
socorred todo afligido. 
Sobre una cruz reclinado, 
dulcemente estáis dormido, 
mostrándonos advertido 
este sosiego sagrado 
que el error más obstinado 
os dio por descanso un leño; 
socorred todo afligido. 
La muerte como rendida, 
Niño, os sirve de almohada, 
y es justo que esté postrada 
cuando fue por Vos vencida. 
Vuestra imagen perseguida, 
compendio de la hermosura, 
toda respira ternura, 
si de cerca se examina. 
Un ascenso misterioso 
nos dio tan bello portento, 
por favor de asiento 
vuestro afecto generoso, 
al que devoto y piadoso 
os adorare por Dueño. 
Por que con fiel alegría 
os sirva nuestra fineza, 
dispuso vuestra grandeza 
estar cerca de María, 
cuya amante melodía 
promete amparos sin ceño. 
Com esmero prodigioso 
al que gime desvelado 
concede vuestro cuidado 
sueño, descanso y reposo, 
siendo amparo tan precioso 
de vuestra piedad empeño, 
socorred todo afligido. 
Pues os venero, mi dueño, 
con la muerte y cruz dormidos, 
socorred todo afligido, 
dulce Jesús del Buen Sueño". 

(Gozos al Niño Jesús del Buen Sueño)




martes, 22 de diciembre de 2015

Pesebre invitado #32: El "taxi-pesebre"



Como la estrella guió a los magos hasta la gruta de Belén, así un cartel luminoso con la leyenda "libre" deja ver con su resplandor dónde está el pesebre "con más calle" de Buenos Aires.
Desde hace unos veinte años Héctor Coquibus arma cada 8 de diciembre un nacimiento sobre la luneta delantera de su taxi. Y así sale a trabajar, unas doce horas diarias detrás del volante, que, pese al cansancio, asegura que le reportan felicidad.
Hasta el 8 de enero, cuando desarma el pesebre con algo de pena, Héctor recorre las calles de Buenos Aires -unos 200 kilómetros diarios- junto a Jesús, María y José. También lleva a la vista figuras clásicas de los reyes magos, los pastores y algunos animales. Y no le faltan los árboles de Navidad, uno dentro del coche y otro afuera, sobre el techo.
"Algunos, muy fantáticos, me retan porque no le tapo la cara al Niño antes del 25 de diciembre. Me dicen: 'todavía no nació el Niño Dios'. Yo soy un adelantado, para mí ya nació hace rato. Lo miro y una dulzura tiene...", me cuenta Héctor, embelesado con el Niño que viaja a su derecha, una mañana de diciembre de 2015.
Los pasajeros al subir se sorprenden con lo que ven y más con la alegría que contagia este conductor, de 72 años.
"La experiencia es hermosa y la vivo y la siento a través de los pasajeros. Ellos me hacen recordar constantemente que estamos en fiestas navideñas. Se asombran, se alegran, se emocionan. Recibo apretones de mano, elogios, besos", dice Héctor, que suma cuatro décadas como taxista.
Cada tanto, sobre ruedas, lo visita la "musa inspiradora", detiene la marcha y compone poemas de lo cotidiano. "El taxista es psicólogo y confesor, servidor en las urgencias del humano pormenor", recita.
"Me siento feliz por mí y por la gente. Me apasiona la gente y su reacción. Estamos tan ávidos de que nos traten bien que, cuando vemos algo así, distinto, nos emociona. Esa reacción es la que me pone bien: verlos felices. Y lo que yo pretendo es eso: que el pasajero disfrute del viaje", asegura.
Héctor dice que nunca un pasajero reaccionó mal al ver el pesebre y que aquel que no cree o es de otra religión siempre se muestra respetuoso ante el clima navideño que se respira en su coche.
Cuenta que fueron sus padres los que le enseñaron "primero a creer en Dios". Y asegura que cree en los reyes magos.
"Cuando era pequeño dejaba las ventanas abiertas para que los camellos entraran, dejaba el pasto y el agua. Era toda una ceremonia: me acostaba con mucho nervio y me despertaba con mucha ansiedad por ver lo que me traían los reyes. Es algo imborrable y lo sigo predicando y practicando", cuenta.
Fueron los magos de Oriente, de hecho, quienes a sus 8 años le trajeron un triciclo con el que jugaba a ser taxista. Su padre hacía de pasajero y le pagaba con caramelos.
Así nació lo que él define como verdadera "vocación", pero cuando Héctor creció, su padre se negó a que fuera taxista porque la consideraba una "profesión de vagos".
"Mi papá no quería que fuera taxista. Y yo soy de la época del 'sí, papa'. Tuve que acatar su decisión. Entonces aprendí un oficio, peluquero, y me fue muy bien. Pero yo quería ser taxista", recuerda.
Una semana antes de morir su padre, le pidió perdón por haber "frustrado" sus ideales. Héctor lo perdonó y luego se compró su primer taxi.
La afabilidad de Héctor no se limita a la época navideña: para el día de las madres llena su taxi de claveles y se los regala a las mamás que se suben y para el día del niño hace lo mismo pero con golosinas.
Además, entretiene a sus pasajeros cada día con ocurrencias: por ejemplo, lleva consigo una tarjeta roja y otra amarilla y, cual arbitro, se asoma por la ventanilla y se las muestra con una sonrisa y mucho humor al transeúnte que no cruce por la senda peatonal.
"Los mimo, me miman... Es un ida y vuelta. Los pasajeros se bajan, te agradecen y para mí esa es la mejor paga", asegura.
Héctor se define "creyente", pero no ahonda en contarme sobre su espiritualidad. No hace falta: está a la vista. Cuando Jesús nace, alegra el corazón. Y esa alegría se comparte. Eso es lo que sucede dentro del "taxi-pesebre".



domingo, 20 de diciembre de 2015

Pesebre invitado #31: A la sombra del arbolito

Analía trabaja en el colegio María Auxiliadora de la ciudad argentina de Puerto Santa Cruz, en el sur del país.
Al finalizar el año escolar, la directora del nivel primario le regaló un pesebre a los integrantes de la comunidad educativa y Analía lo colocó en un lugar especial.
"Recibirlo fue un detalle de alegría y gozo. Lo coloqué a la sombra del arbolito de Navidad, regalo de mi hermano Daniel y que elaboró artesanalmente en la escuela especial. Desde allí me acompañan durante las horas de trabajo que cubro en la portería del colegio", cuenta Analía.
Para ella, tanto el pesebre como el arbolito "condensan afectos, recuerdos, sentimientos... y multiplican las fuerzas en la tarea cotidiana".
¡Gracias por compartirlo, Analía!



sábado, 12 de diciembre de 2015

#183 Un belén de Belén




Este pesebre me lo regaló en noviembre de 2015 mi amiga y colega Aldana Vales. Es una campana con las figuras de la Sagrada Familia hecha con madera de olivo. La compró en Nueva York, en la catedral de San Patricio, pero su etiqueta revela su verdadero origen, uno muy significativo: Belén, Ribera Occidental, Palestina.
Esto lo convierte en mi primer belén de Belén.
En esta pequeña aldea, situada a unos pocos kilómetros de Jerusalén, nació Jesús. También es la tierra natal del rey David y el sitio donde Jacob enterró a Raquel.
Pero es en el libro de Rut donde se llama a Belén "casa de pan", una historia bellísima, breve -apenas cuatro capítulos cortos- pero que ofrece mucho de sí para quien en esta vida se resuelva a peregrinar espiritualmente adonde Dios nace.
Rut desconocía Belén. De hecho, no era judía, sino que habitaba en la tierra de Moab. Hasta allí habían llegado, huyendo de la sequía y el hambre en Belén, Elimélec, su esposa, Noemí, y sus dos hijos, Majlón y Quilión. Majlón se casó con Rut y Quilión con otra moabita, Orpá. Pero los tres hombres de la familia murieron y Noemí resolvió volverse a Belén, junto a sus nueras.
De camino a Belén, una tierra extraña para las jóvenes moabitas, Orpá se regresó a su pueblo, pero Rut se mantuvo firme en la decisión de acompañar a Noemí: "Iré adonde tú vayas y viviré donde tú vivas. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios" (Rut 1,16).
Rut toma el riesgo. La situación de ambas mujeres es difícil: ser viudas y sin hijos equivale a ser pobres. Además ella es una extranjera.
Llegan a Belén. La sequía ha pasado y los campos florecen. Rut se pone a trabajar, juntando las espigas que se caen como sobras de las manos de los cosechadores.
Booz, el dueño del campo, la observa, se compadece. La ayuda, la protege, la trata con respeto y dignidad. Se enamora y finalmente se casa con ella. Tienen un hijo, Obed, y éste será padre de Jesé y abuelo del rey David, con una descendencia que recoge el Evangelio de Mateo y llega hasta Jesús (Mateo 1).
Es así como el camino incierto de Rut a Belén conduce hasta el propio Jesús, un periplo en la pura fe, en la confianza en un Dios que no era el de sus padres pero a Quien le abrió el corazón para dejarse abrazar enteramente por su Misericordia.
Cosas que la moabita Rut halló en Belén:
Alimento, hasta saciarse.
Agua, para su sed.
Un trabajo, para convertirse en servidora.
Y servidores, para aprender cómo servir.
Un esposo.
Un hogar.
Calor de familia.
Un pueblo.
El Dios verdadero.
Bendición.
Fecundidad.
Una descendencia que dio frutos de salvación.
Todo esto en la pequeña Belén... La cuna de Jesús... Donde Dios nace... ¡Sí que vale la pena ir!



sábado, 5 de diciembre de 2015

#182 De la montaña al llano




Este pesebre me lo regaló en noviembre de 2015 Eduardo Molinari, un hermano de la parroquia, y es originario la provincia de Jujuy, en el noroeste de Argentina.
Es una pequeña vasija de barro que tiene dentro las figuras de José, María y Jesús, de estilo andino.
Al fondo se recortan sobre el cielo azul unos altos picos nevados: los majestuosos Andes, que también atraviesan Jujuy.
Montes, cumbres, cimas... en lo más alto está Dios.
"Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio?", se pregunta el peregrino, buscando una respuesta en las alturas (Salmo 121).
Pero, "¿quién puede subir al monte del Señor?", se pregunta el rey David (Samo 24).
Dios parece estar demasiado alto para nuestra pequeñez... El camino de subida desafía nuestras fuerzas limitadas, nuestras capacidades insuficientes... y llenos de agobio clamamos con el mismo David: "¡Señor, inclina tus cielos y desciende!" (Salmo 144).
Pero te pido ahora que vuelvas a observar con atención este pesebre. El Señor no es un punto lejano allá en la cima de las montañas. Él está en el valle, en el llano. Ha venido a nacer en tu propia llanura, la de tu humanidad.
El Altísimo se hizo Hombre, se hizo Dios-con-nosotros, viene a nuestro encuentro, baja y se abaja.
Me parece fascinante el matiz que introduce el Evangelio de Lucas al desarrollar el pasaje de las bienaventuranzas, que en el Evangelio de Mateo forman parte del "sermón de la montaña" (Mateo 5, 1-12): según el relato de Lucas, Jesús sube a una montaña a orar y elige y llama allí a sus apóstoles, pero luego baja con ellos y se detiene "en un llano" (Lucas 6,17). Allí se encuentra con una multitud. Gente con enfermedades, atormentada, necesitada de su palabra y de su salvación. Probablemente gente incapaz de subir adonde Él estaba minutos antes. Pero el Señor desciende, sale a su encuentro y, cara a cara, desde el llano, los llama "felices".



sábado, 28 de noviembre de 2015

#181 Fanal





Este pesebre lo compré en octubre de 2015 en una tienda de productos decorativos de madera para pintar, en Buenos Aires.
Es un fanal de madera y la figura del nacimiento está calada por los cuatro lados. Con una vela encendida dentro, la luz se proyecta a través del pesebre.
Es una pieza sencillísima, pero el efecto que produce me parece una de las mejores metáforas para resumir el misterio de la Encarnación.
Dios es Luz. "Señor Dios mío ¡qué grande eres! Te revistes de belleza y esplendor. Te vistes de luz como de un manto", canta poéticamente el salmo 104.
Impacta las muchas veces que en el Antiguo Testamento se habla de la luz divina, del resplandor de Dios que atrae y orienta. Y, al mismo tiempo, impone un reverente temor, el de morir por ver la luz de Dios. Hay escenas de Moisés y Elías cubriéndose el rostro ante la presencia de Dios...
Impacta más que Dios, siendo esta Luz de gloria a la que nadie se atrevía a mirar de frente, haya querido venir a nosotros, no para darnos muerte por tan solo verla, sino a darnos Vida verdadera.
Dice Juan en el inicio de su Evangelio que, en Jesús, la "luz verdadera que ilumina a todo hombre" vino al mundo, un mundo en tinieblas.
Pero no todos recibieron esta luz.
Sin embargo, a quienes acogieron esta luz y creyeron en ella "los hizo capaces de ser hijos de Dios" y ser ellos mismos "luz del mundo".
No se trata de un simple juego de palabras.
Ya no tenemos que taparnos el rostro ante Dios. Podemos mirar de frente a Jesús: Él nos descubre la Luz del Padre.
Con toda verdad, podemos decirle al Niño del pesebre: "tu luz nos hace ver la luz" (salmo 35).
Dios quiso ser Dios-con-nosotros, quiso que lo experimentáramos hombre como nosotros, hermano, cercano, con una luz que no mata sino que da vida.
Es como si desde el pesebre nos gritara: ¡Eh, mírenme, déjense iluminar por mi que no les voy a hacer daño... soy un Niño!
Toda una invitación a no taparnos el rostro, a no escondernos de su luz... A acercarnos a Él con confianza, para que ilumine cada rincón de nuestra vida, cada gesto, cada anhelo, cada decisión...
¿Puede algo tan sencillo como un pesebre dejarnos ver la Luz de Dios?
Puede. Ve y verás...
¡Qué su luz nos haga ver la luz!



jueves, 19 de noviembre de 2015

#180 Pupilas dilatadas


Este pesebre me lo regaló en octubre de 2015 Eduardo Molinari, un hermano de la parroquia, y es originario la provincia de Jujuy, en el noroeste de Argentina.
Tiene doce pequeñas piezas, muy coloridas, y lo primero que llama la atención son los ojos de las figuras.Dicen que en la noche las pupilas se dilatan para así absorber al máximo la poca luz disponible que permita ver algo en las sombras...
Y en aquella noche de Belén hubo muchas pupilas dilatadas de tanto buscar en la oscuridad a ver si despuntaba el Alba... como buscando rastrear el primer rayito de ese Sol nacido de lo alto.
Y así llegó el Niño y se encontró con tantos ojos de aspecto asombrado.
Pupilas dilatadas hasta no poder más para recibir por doquier la Luz del mundo.
¡Qué miradas las de María y José, las de los pastores y los Magos, habitadas por el Sol!
Dicen que los ojos son el reflejo del alma... y hay miradas que dejan ver cuán hondo se ha impreso la Luz de Dios... ¿Qué dicen tus ojos?




"Cuando tú me mirabas,
su gracia en mí tus ojos imprimían;
por eso me adamabas,
y en eso merecían
los míos adorar lo que veían".

"Cántico espiritual", san Juan de la Cruz





sábado, 7 de noviembre de 2015

Pesebre invitado #30: Bendición




Este Niño está en la iglesia Nuestra Señora de Itatí, de Buenos Aires.
La foto la tomé en septiembre de 2015.
El Niño está dentro de una caja de vidrio, que sobresale de una de las paredes laterales, ingresando, a la derecha. No está muy alta, de modo que uno hasta se puede inclinar para mirar un poco más de cerca la figura del pequeño Jesús, que está acostado y, con su mano derecha, hace un gesto de bendición.
Algunos podrán recordarse a sí mismos, niños, recibiendo la bendición por parte de padres o abuelos. O harán experiencia de ser bendecidos por el sacerdote desde el altar, estando con la cabeza inclinada o incluso de rodillas... En todas estas ocasiones, casi siempre, la mano que nos bendice está por sobre nosotros; las menos, a nuestra misma altura; y casi nunca, más abajo que nuestra cabeza.
Y sin embargo aquí el Niño nos bendice desde su cuna, de "abajo para arriba".
Estamos acostumbrados a pensar que lo bueno se nos da en la dirección inversa, de arriba para abajo. A Dios lo "ubicamos" en el cielo, en las alturas. Él está "arriba" y nosotros, inferiores, estamos "abajo". Y ya el alzar los ojos al cielo es una forma de orar, de implorar que "desciendan" las gracias de Dios sobre nosotros.
Y en verdad Dios está por sobre todo, en todo sentido y en todo orden.
Pero Dios quiso encarnarse, quiso abajarse, tanto que hasta un niño pequeño fue. E hizo experiencia de mirar hacia arriba y, desde allí, no solo alzar sus ojos al Padre, como uno de nosotros, sino de ofrecernos del modo más humilde su bendición, que es Él mismo, el Sumo Bien.
A mi esta imagen me invita a cambiar de perspectiva, a abrir el corazón y el entendimiento para poder descubrir que la bendición de Dios tal vez no viene del modo o la forma cómo quizás la imaginamos o la pedimos. Como quien, con sed, desea agua y fija sus ojos en las nubes esperando la lluvia. Y así se pierde de ver que el buen Dios ha suscitado por lo bajo el rocío. O está tan atento a la espera del trueno que no escucha el murmullo de un arroyo cercano. Ni tampoco ve al hermano que, inspirado por Dios, le hace el gesto de ofrecerle un vaso de agua...
Inclinarse y mirar a Dios... que quiso abajarse tanto o más que nosotros. Y descubrir las gracias que nos ofrece desde la humildad de su Hijo encarnado.
¡Qué Dios te bendiga... desde dónde Él quiera!