jueves, 27 de abril de 2017

#216 Campana de cristal


Este pesebre me lo regalaron en febrero de 2017 las encantadoras Teresa y Susana Gargiulo, dueñas de "la casa del pesebre".
Es una campanita de cristal que dentro tiene las figuras en peltre de María, José y óíel Niño en el pesebre.
Dice santa Teresa de Jesús, en "Las Moradas", que el alma es un castillo interior de muy claro cristal.
Lo expresa de ese modo, con esa imagen, para invitarnos a entrar en nuestra interioridad, nuestro más profundo ser, e iniciar así un itinerario que conduce al encuentro de amistad, de intimidad, con Dios, que nos habita.
La puerta de entrada a este castillo es la oración. Ése es el primer paso, franquear nuestra propia exterioridad y adentrarnos en una aventura inimaginable.
Seguramente hay muchos que tienen temor de entrar en su propio castillo interior, miedo a alzar la mirada y encontrarse con viejas heridas, dolores profundos, equivocaciones, debilidades, faltas...
El itinerario que propone Teresa no esquiva este encuentro con parte de la propia verdad -la dolorosa y amarga- de cada uno, pero lo sitúa dentro de un proceso que, antes, hace a la persona descubrir que también es parte de su verdad más profunda la dignidad y la belleza de ser hijo de Dios.
Por eso, una vez atravesado el umbral de la propia interioridad, el paso siguiente que propone Teresa es "considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas", pues "no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso" adonde Dios "tiene sus deleites".
"No hallo yo cosa con qué comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad; y verdaderamente apenas deben llegar nuestros entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla, así como no pueden llegar a considerar a Dios, pues él mismo dice que nos creó a su imagen y semejanza", afirma la santa.
Esta belleza interior, esta luminosidad cristalina, procede de Dios, que nos habita. La luz de Dios traspasa todo nuestro cristal interior, ilumina cada uno de nuestros rincones... Y ciertamente tanta luz deja en evidencia nuestras oscuridades, nuestras imperfecciones, así como se notan las manchas en un vidrio cuando le da el sol de lleno... Esto puede resultar doloroso, amargo... pero hay que dejarse sanar, limpiar y restaurar por Aquel que nos habita, que ya está allí dentro, dándonos su calor y su luz.
Esto es también parte de la oración, parte del trato de amistad con Dios, de estar íntimamente con Aquel que sabemos nos ama... de permitir que su Palabra reverbere misteriosamente en nuestro cristal, que en esta campana resuene su música callada...


"El alma es de cristal,
castillo luminoso,
perla oriental.
Palacio real,
con inmensas moradas,
donde morar,
centro y mitad,
está en medio del alma
la principal.

En ella pasan
las cosas más secretas
de Dios y el alma.

Es de cristal,
castillo luminoso,
perla oriental.

Siempre obligada
la oración es la puerta
de las moradas.

El alma es de cristal,
castillo luminoso,
perla oriental.
Palacio real,
con inmensas moradas,
donde morar,
centro y mitad,
está en medio del alma
la principal.

En ella habita
el Rey que da a la esposa
vida infinita.

Es de cristal,
castillo luminoso,
perla oriental.

Hay una fuente,
y el árbol de la vida
y Dios viviente.

Es de cristal,
castillo luminoso,
perla oriental.

En ella pasan
las cosas más secretas
de Dios y el alma".



"El castillo de cristal", canción de Rafael María León, ocd.

jueves, 20 de abril de 2017

#215 Casita de fósforos




Este pesebre, dentro de una cajita de fósforos, me lo regaló mi amiga Sofía Terrile en diciembre de 2016. Fue hecho en Perú, pero comprado en Niza, en el sur de Francia.
Cuando buscaba una relación entre los fósforos y Dios encontré que a veces, a modo de recurso para la catequesis, se ha utilizado la figura de tres fósforos encendidos como analogía para hablar de la Santísima Trinidad.
Si tomamos tres fósforos, los juntamos y los encendemos, arderán en una sola y misma llama, aunque distingamos tres cerillas. Es una imagen que puede ayudar a acercarnos un poco al misterio de la Trinidad: un solo Dios en tres personas.
El trinitario es un misterio de fe muy grande, insondable... ¡Cuánto más sobrepasa nuestro entendimiento la idea de estar habitados por la Trinidad!
¿Puede realmente la Trinidad infinita habitar en nuestro pobre y limitado corazón? Este pesebre, a su modo, me susurra que sí: en una cajita frágil, pequeña, de pobre cartón, se esconde Dios...
Hay alguien que intuyó este misterio y se lanzó a la aventura de vivirlo. Se llama santa Isabel de la Trinidad, una carmelita francesa que hizo vida lo que marca su "nombre nuevo". Cuando hizo su Primera Comunión, una carmelita le escribió en una estampa que Isabel quería decir "casa de Dios": "En tu bendito nombre se encierra todo un misterio que hoy se cumplió. Tu pecho, niña, es en esta tierra  «Casa de Dios», del Dios del amor". Descubre entonces que su nombre encierra su verdadera vocación, lo que está llamada a ser.
Isabel llegó a tener tal certeza de estar habitada por la Trinidad y un trato tan familiar e íntimo con las tres Divinas Personas que las llamaba amorosamente  "mis Tres".
En silencio, en recogimiento interior, Isabel se metía en su "casita" para adorar a sus Tres: "Todo mi ejercicio es entrar adentro y perderme en Los que están allí. ¡Lo siento tan vivo en mi alma! No tengo más que recogerme para encontrarlo dentro de mí. Eso es lo que constituye toda mi felicidad".
"¡Qué buena es esta presencia de Dios dentro de nosotros, en este santuario íntimo de nuestras almas! Allí lo encontramos siempre, aunque por el sentimiento no sintamos más Su presencia. Pero, con todo, está allí. Allí es donde me gusta buscarlo. Procuremos no dejarlo nunca solitario. Que nuestras vidas sean una oración continua", recomendaba.
Isabel buscó en el interior de su "casita" y se descubrió habitada por el fuego de Amor de la Trinidad, por una llama de Amor viva que tiernamente la hería en su más profundo centro.
"Me parece que he encontrado mi cielo en la tierra, puesto que el cielo es Dios y Dios está en mi alma".



Elevación a la Santísima Trinidad

"¡Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme enteramente de mí para establecerme en Ti, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de Ti, ¡oh mi Inmutable!, sino que cada minuto me sumerja más en la hondura de tu Misterio.
Inunda mi alma de paz; haz de ella tu cielo, la morada de tu amor y el lugar de tu reposo. Que nunca te deje allí solo, sino que te acompañe con todo mi ser, toda despierta en fe, toda adorante, entregada por entero a tu acción creadora.
¡Oh, mi Cristo amado, crucificado por amor, quisiera ser una esposa para tu Corazón; quisiera cubrirte de gloria, amarte… hasta morir de amor! Pero siento mi impotencia y te pido «ser revestida de Ti mismo»; identificar mi alma con todos los movimientos de la tuya, sumergirme en Ti, ser invadida por Ti, ser sustituida por Ti, a fin de que mi vida no sea sino un destello de tu Vida. Ven a mí como Adorador, como Reparador y como Salvador.
¡Oh, Verbo eterno, Palabra de mi Dios!, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero hacerme dócil a tus enseñanzas, para aprenderlo todo de Ti Y luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas las impotencias, quiero fijar siempre la mirada en Ti y morar en tu inmensa luz. ¡Oh, Astro mío querido!, fascíname para que no pueda ya salir de tu esplendor.
¡Oh, Fuego abrasador, Espíritu de Amor, «desciende sobre mí» para que en mi alma se realice como una encarnación del Verbo. Que yo sea para El una humanidad suplementaria en la que renueve todo su Misterio.
Y Tú, ¡oh Padre Eterno!, inclínate sobre esta pequeña criatura tuya, «cúbrela con tu sombra», no veas en ella sino a tu Hijo Predilecto en quien has puesto todas tus complacencias.
¡Oh, mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad donde me pierdo!, yo me entrego a Ti como una presa. Sumergíos en mí para que yo me sumerja en Vos, mientras espero ir a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas".

Santa Isabel de la Trinidad





jueves, 6 de abril de 2017

#214 Una almohada para el Niño mendigo


Este pesebre me lo regaló mi papá para la Navidad de 2016. Fue comprado en la librería de Nuestra Señora del Carmelo, en Buenos Aires, y es como un pequeño almohadón de tela, para colgar, que tiene estampada la escena del Nacimiento.
El pequeño Jesús, que nació pobre en un pesebre, que no tuvo donde recostar su cabeza, el mismo que, agotado del trajín de la misión, se quedó dormido sobre el cabezal de una barca en plena tormenta, pide... ¡una almohada!
Para la Navidad de 1895, a santa Teresa del Niño Jesús se le ocurre crear una "dinámica" para el momento de recreación en el Carmelo de Lisieux. La titula "El Pequeño Divino Mendigo de Navidad" y la representación se inicia con un ángel que trae al Niño Jesús en brazos. El pequeño se ha hecho pobre y necesitado, pero en el mundo no ha encontrado más que indiferencia. Anda mendigando amor, pero como es tan pequeño para poder hablar, el ángel hace de portavoz: "!Oh conmovedor misterio! ¡Viene a pedirles limosna el que es Dios, el Verbo eterno!”.
El ángel les da entonces a las monjas una canasta con papelitos. Cada una va sacando uno y, al leerlo, descubre lo que el Niño ha venido a pedirle... y lo que le pide es, básicamente, el regalo del propio ser, pero expresado con la genial creatividad de Teresa.
Así, el pequeño Jesús pide -les pide que sean para Él- una hostia blanca, un espejito, una estrella, un racimo de uvas, una flor, un cordero, miel... una almohada.
Esto es lo que dice el papelito:
«En el pesebre donde Jesús descansa
a menudo lo veo desvelado.
¿Quieres saber por qué?
¡No encuentra almohada alguna allí!
Sé que tu alma solo anhela
confortarlo noche y día.
¡Ah, bien! La almohada que Él desea
es tu corazón ardiendo de amor.
¡Ah! Sé siempre humilde y suave
para que el Divino Tesoro pueda decirte:
"¡Oh, mi esposa! En ti plácidamente me quedo dormido...".
"Mi esposa -repite-, en ti plácidamente me quedo dormido"».

El tema de la búsqueda de descanso por parte de Jesús aparece varias veces en los escritos de Teresita, en sus poemas y sus cartas. Y siempre el sitio de descanso es el corazón de las almas amigas.
En una carta a su tía, en noviembre de 1894, Teresa presenta a Jesús como el "divino Mendigo de amor" que anda pidiendo una "posada" para descansar... ¿pero descansar de qué?
En julio de 1893, en una carta a su hermana Celina, Teresa le señala que Jesús está muy cansado -escribe la palabra "cansado" toda en mayúsculas...-. Y añade: "Sus pies divinos están cansados de buscar a los pecadores".
Esta idea me transporta directamente al pasaje evangélico de la samaritana (Juan 4). Jesús está "fatigado del camino" y pide... pide de beber... tiene sed... sed de almas... sed de dar su Agua Viva a esas almas que anda buscando por los caminos.
A esta fatiga encuentra su descanso yendo a aquellas otras almas que se han dejado encontrar por Él. Son corazones por los que no tiene que luchar a brazo partido para entrar porque, más bien, le están esperando...
"El señor abate nos ha dicho que preparemos una buena morada para Jesús y que le hagamos un lugar hermoso en nuestro corazón donde pueda descansar. Que lo primero que teníamos que hacer era barrerlo, es decir, retirar de él todo lo que desagradase al Niño Jesús; y luego, recoger todas las flores que pudiéramos, es decir, las buenas acciones, para adornar con ellas nuestro corazón y prepararle así un lugar para descansar. Y que cuantas más flores hubiese, mejor sería", escribe Teresa en sus anotaciones de un retiro en mayo de 1885.
Son corazones en los que Jesús ya ha trabajado, ya ha acomodado unas cuantas cosas y ahora le pueden servir de descanso. Corazones purificados en su amor: "Si tu corazón está completamente desnudo y purificado, le servirá de lecho al santo Niño Jesús, que descansará santamente en él" (Teresa de Lisieux, "Testamento de san José", 1892).
Son aquellas almas que no le agobian con pedidos, reclamos, demandas, exigencias... En esos corazones Jesús descansa y, con libertad y confianza de amigo, incluso se duerme.
Cuando Teresa le escribió a Celina de cuán cansado andaba Jesús lo hizo en respuesta a una carta en la que su hermana le confiaba el estado de "aridez" de su alma, se sentía sumida en la nada aplastante, en la noche... esa "noche oscura" tan bien delineada por san Juan de la Cruz en la que el alma cree estar ausente de Dios...
Pero, le responde Teresa a su hermana, "Jesús está allí, dormido, como antaño en la barca de los pescadores", solo que "Celina no lo ve porque la noche ha caído sobre la navecilla".
Ciertamente Celina podría despertarlo -demandar su atención, reclamarle su Presencia sensible- y Jesús le consolaría, pero entonces el Señor ya no dormiría, no descansaría...
Teresa habla así por experiencia. Ella misma vivió esa "aridez", esa "noche", previo a su profesión religiosa y en otros momentos de su breve vida en este mundo. Pero ello no le aflige: "Esos ejercicios no sólo no me proporcionaron ningún consuelo, sino que en ellos la aridez más absoluta y casi casi el abandono fueron mis compañeros. Jesús dormía, como siempre, en mi navecilla. ¡Qué pena! Tengo la impresión de que las almas pocas veces le dejan dormir tranquilamente dentro de ellas. Jesús está ya tan cansado de ser Él quien corra con los gastos y de pagar por adelantado, que se apresura a aprovecharse del descanso que yo le ofrezco. No se despertará, seguramente, hasta mi gran retiro de la eternidad; pero esto, en lugar de afligirme, me produce una enorme alegría" (Manuscrito A).
Es la alegría del alma que, en fe, sabe que la ofenda de su corazón, de su almohadita, ha sido aceptada con todo gusto por su Señor, quien le ama con toda libertad y confianza.


"Acuérdate de haber vivido errante, 
extranjero en la tierra, ¡oh, Verbo eterno! 
Ni una piedra tuviste ni un abrigo, 
ni tan siquiera el nido que los pájaros tienen... 
Ven, ¡oh, Jesús!, a mí, 
reclina tu cabeza, ven... 
para recibirte tengo dispuesta el alma. 
Sobre mi corazón descansa, Amado mío, 
¡mi corazón es tuyo!"
(Teresa del Niño Jesús, "Jesús, Amado mío, acuérdate", poema, 1895)


"Vivir de amor es, mientras Jesús duerme,
permanecer en calma
en medio de la mar aborrascada.
No temas, ¡oh, Señor!, que te despierte,
espero en paz la orilla de los cielos...".

(Teresa del Niño Jesús, "Vivir de amor", poema, 1895)



jueves, 30 de marzo de 2017

#213 De rodillas



Este pesebre me lo regaló mi papá para la Navidad 2016. Está hecho en resina, tiene diez piezas, es de la marca Domine y fue comprado en la librería Nuestra Señora del Carmelo, de Buenos Aires.
La escena que recrea este pesebre es la de la adoración, en la que, según el relato evangélico, los magos de Oriente se "postraron" ante el Niño Jesús.
Si observan con detenimiento, verán que todas las figuras, salvo la del Niño, están inclinadas hacia adelante. Algunos están arrodillados, otros en genuflexión, otros solo con el torso inclinado...
Si se fijan, las posiciones son similares, pero cada una tiene su peculiaridad, no hay dos idénticas. Y es que al orar, y en particular en la adoración a Jesús, nuestro ser, alma y cuerpo, adopta actitudes y posiciones, interiores y exteriores, que buscan expresar algo ante Dios desde nuestra singularidad y desde nuestras circunstancias.
Santo Domingo Guzmán adoptaba diferentes posiciones al orar. De pie, hacía una inclinación profunda ante el altar o un crucifijo en señal de humildad, de reverencia, de veneración. Oraba también con frecuencia postrándose en tierra, apoyado sobre su cabeza, compungido en su corazón, para pedir perdón por los pecados. Oraba haciendo genuflexiones y arrodillado durante largo tiempo, sea intercediendo, sea en contemplación...
En la Biblia hay muchísimos ejemplos de personas que adoptan estas posturas ante Dios. Postrase con el rostro en tierra es propio de quien reconoce la presencia y el el poder sobrecogedor de Dios, como Abraham cuando el Señor hizo alianza con él. O como los apóstoles en la barca, después de ver a Jesús caminar sobre las aguas.
También hay muchos ejemplos de personas que se arrojaban a los pies de Jesús, un modo de pedir, también con el cuerpo, ser sanados, con plena confianza en Quien tiene poder para hacerlo.
Pero quizás el mayor ejemplo sea Jesús mismo, orando en el huerto de los Olivos. Lucas dice que Jesús se puso de rodillas, mientras que Mateo y Marcos apuntan que cayó y se postró con el rostro en tierra. Como sea, se abajó para orar así: "Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya".
Dice Benedicto XVI que, con este gesto de arrodillarse o postrase, Jesús acepta "la caída del hombre, se deja caer en su caducidad, ruega al Padre desde la profundidad más absoluta de la soledad y la miseria humana", "pone su voluntad en la voluntad del Padre", "hace suya toda la negación de la voluntad del hombre y la sufre con su dolor" y "pone la voluntad humana en la voluntad divina".
Es un gesto sumamente profundo. Jesús arrodilla nuestra humanidad ante el Padre...
Hay quienes ven en el acto de doblar la rodilla una sumisión indigna o humillante. Sin embargo, desde la fe, arrodillarse ante Dios es reconocernos suyos, no como esclavos sino como hijos, y adorarlo.
Y muchas veces, lo que parece tan solo una postura "correcta" ante Dios, se vuelve una necesidad para aquella persona que se siente movida a expresar con todo su ser lo que quiere comunicarle al Señor.
Postrarnos, arrodillarnos, abajarnos... para ponernos ante los ojos del Señor, que Él pueda ver todas nuestras heridas y nos sane....
Agacharnos, hacernos pequeños ante Dios... para quedar totalmente escondidos bajo sus alas.
Inclinar nuestras cabezas ante Él... para que sus manos nos cubran con su bendición.
Sentarnos a los pies del Señor... para escuchar de cerca sus enseñanzas.
Arrodillarnos ante su pequeñez de Niño... para descubrir la puerta de entrad al Reino de los Cielos.
Arrojarnos a los pies de Jesús, como aquella pecadora, para bañarlos de lágrimas...
Inclinarnos ante un Jesús que se arrodilla frente a nosotros para lavarnos los pies, que se abaja a nuestra humanidad... Arrodillarnos porque nos ama de rodillas y deseamos amarlo, aunque sea un poco, como Él nos ama...
Leí una definición de orar, atribuida al teólogo alemán Karl Rahner, que me parece bellísima: "la oración es un amor que se pone de rodillas”.
Dios nos conceda la garcia de un corazón libre de orgullos y que, movido por el amor, no dude en arrodillarse ante Él, interior y exteriormente, para adorarle.


"¡Entren, inclinémonos para adorarlo!
¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!"
Salmo 95

"Pero yo, por tu gran bondad,
entraré en tu casa,
me postraré ante tu templo santo
con toda reverencia".
Salmo 5



viernes, 24 de marzo de 2017

#212 La oración de los pastores

Este pesebre me lo regaló mi papá para la Navidad de 2016. Fue comprado en la librería de Nuestra Señora del Carmelo, en Buenos Aires, y es una almohadita de tela, para colgar, que tiene estampada la escena de la adoración de los pastores en el pesebre, con los ángeles cantando y dando gloria a Dios.
Según relata el Evangelio de Lucas, en el capitulo 2, los pastores fueron los primeros en recibir el anuncio del nacimiento de Jesús.
Aunque el Ángel no les dice explícitamente que vayan a conocer al Niño, sus palabras son implícitamente una invitación al encuentro con el Señor.
Y, en tanto encuentro con Dios, son una llamada a la oración.
Me gusta ver este pasaje de los pastores así, como una escuela de oración para nosotros.
Estamos quizás acostumbrados a pensar que la oración surge de nosotros, de nuestras necesidades, de un acto de nuestra voluntad, y que debe hacerse en un momento y un espacio particulares.
Sin embargo, no les sucedió así a los pastores. Ellos son invitados al encuentro -oración- con Jesús. Son, de hecho, sorprendidos por este llamado, que ocurre, "de pronto", tal como lo dice el Evangelio de san Lucas.
Los pastores no estaban precisamente pensando en Dios. Estaban trabajando, "vigilando" las ovejas, o sea, metidos en sus asuntos más cotidianos, aquellos que muchas veces nos "secuestran" nuestra mente y nuestro corazón... Y para más datos, era de noche... estaban rodeados de oscuridad.
En esas circunstancias que pueden parecernos poco propicias para la oración, allí irrumpe el llamado al encuentro con Dios.
El Ángel les anuncia a los pastores, sin rodeos, que ha nacido el Mesías. Ése que por siglos ha esperado su pueblo... Pero además les dice que ha nacido cerca, en esa misma región, en Belén, en su propia tierra... ¡El Salvador... a la vuelta de la esquina!
No menos sorprendente es la "señal" que les da el Ángel para encontrarlo: "un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre". ¡El Salvador, el Mesías, el Señor... un bebé en un establo!
Los pastores no cuestionan nada... no se escandalizan... no desconfían... Experimentan la alegría y la paz -algo que siempre acompaña a lo que es de Dios- comunicadas por los ángeles... Y surge la moción interior: "Vayamos a Belén" -vayamos al encuentro de Dios-. Y sin demoras, rápidamente, salen a buscar a Jesús.
Lo encuentran tal cual les fue anunciado: cerca, pequeño, "envuelto", en un sitio sencillo... tal como Jesús nos espera a nosotros hoy.
El encuentro de los pastores con el Niño no pasa por lamentos, ni por peticiones, ni por discursos... Solo le dicen al Señor... ¡que Él es el Señor! Parece un poco raro, pero los pastores cuentan ante el Niño lo que habían oído decir sobre Él. Sin embargo, es una oración preciosa: es decirle a Dios que creemos que Él es nuestro Dios... es una profesión de fe. Fue decir ante aquel bebé que Él era el Mesías, su Mesías. Es decir hoy, ante Jesús Eucaristía, en el pedebre de nuestro pobre corazón, que Él es Dios, nuestro Salvador...
Es una manifestación de fe que causa admiración: "todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores"... esto es muy profundo: la oracion, incluso la oracion hecha en el mayor de los silencios, es testimonio. Y un testimonio que impacta.
El pasaje dice que los pastores se fueron de ese encuentro con el Señor "alabando y glorificando a Dios". Volvieron a lo suyo, a sus asuntos y trabajos, pero cambiados. Porque el encuentro con Dios siempre transforma. Volvieron... pero alabando. Volvieron de la oración... orando. Volvieron a lo cotidiano, pero con lo extraordinario de Dios. Volvieron a la noche, pero con la luz de Dios en su interior. Orar sin cesar, vivir en la presencia de Dios, es tan simple como esto.
Algo más que nos regala este pasaje: María, como testigo del encuentro de los pastores con el Niño. Todo lo que aquellos pastores expresaron -gestos y palabras- al encontrar a su Señor reverberó en el corazon de María... María es también testigo de nuestra oración, de nuestro encuentro con Dios. Todo lo que allí nos sucede, María lo guarda en su corazón y lo transforma en su propia oración... Ella ora con nosotros.


"En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche.
De pronto, se les apareció el Angel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor,
pero el Angel les dijo: «No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo:
Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor.
Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre».
Y junto con el Angel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:
¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él».
Después que los ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado».
Fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre.
Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño,
y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.
Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido".
Lucas 2, 8 -20



jueves, 9 de marzo de 2017

#211 Carta de Jesús


Este Niño me lo regaló una amiga en diciembre de 2016.
El regalo venía con una carta en la que Jesús desnuda la soledad que siente cuando se acerca la Navidad y mendiga -de brazos abiertos, como está este Niño- nuestra atención, nuestro amor y el cobijo de nuestro corazón.
Aunque el mensaje está escrito para tiempos de Adviento, creo que es válido para cualquier momento del año y de nuestra vida... pues ese llamado de Jesús a nuestra puerta es permanente.
Sea el momento que fuere, te invito a revisar el buzón de tu corazón... Estoy segura de que allí hay una carta de Jesús para vos... ¡Y sus cartas son siempre de amor!


"Querido amigo:
Hola, te amo mucho. Como sabrás, nos estamos acercando otra vez a la fecha en que festejan mi nacimiento.
El año pasado hicieron una gran fiesta en mi honor y me da la impresión de que este año ocurrirá lo mismo. A fin de cuentas, llevan meses haciendo compras para la ocasión y casi todos los días han salido anuncios y avisos sobre lo poco que falta para que llegue.
La verdad es que se pasan de la raya, pero es agradable saber que, por lo menos, un día del año piensan en mí. Ha transcurrido ya mucho tiempo desde cuando comprendían y agradecían de corazón lo mucho que hice por toda la humanidad.
Pero hoy en día, da la impresión de que la mayoría de la gente apenas sabe por qué motivo se celebra mi cumpleaños.
Por otra parte, me gusta que la gente se reúna y lo pase bien y me alegra sobre todo que los niños se diviertan tanto; pero aún así, creo que la mayor parte no sabe bien de qué se trata.
Como sucedió, por ejemplo, el año pasado: al llegar el día de mi cumpleaños, hicieron una gran fiesta pero, ¿puedes creer que ni siquiera me invitaron? ¡Se olvidaron por completo de mí!
Resulta que habían estado preparándose para las fiestas durante dos meses y cuando llegó el gran día me dejaron al margen. Ya me ha pasado tantísimas veces que no me sorprendió.
Aunque no me invitaron, se me ocurrió colarme sin hacer ruido. Entré y me quedé en mi rincón. ¿Te imaginas que nadie advirtió siquiera mi presencia? Ni se dieron cuenta de que yo estaba allí.
Estaban todos bebiendo, riendo y pasándolo bien, cuando de pronto se presentó un hombre gordo, vestido de rojo y barba blanca postiza, gritando "¡jo, jo, jo!".
Parecía que había bebido más de la cuenta, pero se las arregló para avanzar entre los presentes, mientras todos le felicitaban.
Cuando se sentó en un gran sillón, todos los niños, emocionadísimos, se le acercaron corriendo y diciendo “¡Papa Noel!”... como si él hubiese sido el homenajeado y toda la fiesta fuera en su honor.
Aguanté aquella "fiesta" hasta donde pude, pero al final tuve que irme. Caminando por la calle me sentí solitario y triste. Lo que más me asombra de cómo celebra la mayoría de la gente el día de mi cumpleaños es que en vez de hacerme regalos, se obsequian cosas unos a otros y, para colmo, casi siempre son objetos que ni siquiera les hacen falta.
Te voy a hacer una pregunta: ¿a ti no te parecería extraño que al llegar tu cumpleaños todos tus amigos decidieron celebrarlo haciéndose regalos unos a otros y no te dieran nada a ti? ¡Pues es lo que me pasa a mí cada año!
Una vez alguien me dijo: "Es que tú no eres como los demás, a ti no se te ve nunca... ¿cómo es que te vamos a hacer regalos?".
Yo siempre he dicho: "regala comida y ropa a los pobres, ayuda a quienes lo necesiten, ve a visitar a los huérfanos, a los enfermos y a los que estén en prisión. Todo lo que regales a tus semejantes para aliviar su necesidad, lo contaré como si me lo hubieras dado a mí personalmente" (cfr Mateo 25, 34-40).
Lamentablemente, cada año que pasa es peor. Llega mi cumpleaños y sólo piensan en las compras, en las fiestas y en las vacaciones y yo no pinto para nada en todo esto. Y pensar que yo nací en un pesebre, rodeado de animales porque no había más.
Me agradaría muchísimo más nacer todos los días en el corazón de mis amigos y que me permitieran morar ahí para ayudarles cada día en todas sus dificultades, para que puedan palpar el gran amor que siento por todos; porque hace más de 2.000 años entregué mi vida para salvarte de la muerte y mostrarte el gran amor que te tengo.
Por eso lo que pido es que me dejes entrar en tu corazón. Llevo años tratando de entrar, pero hasta hoy no me has dejado. "Mira yo estoy llamando a la puerta, si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos". Confía en mí, abandónate en mí. Este será el mejor regalo que me puedas dar".



lunes, 27 de febrero de 2017

#210 Cunero


Este pesebre me lo regaló en diciembre de 2016 mi amiga Annie, mi hermanita del alma. Es un cunero -un medallón para colgar de una cuna- de metal, con la imagen del pequeño Jesús que duerme bajo la mirada de María y José.
El cunero, que colgué en mi cama, vino con una tarjeta, donde mi amiga me explica el sentido de su regalo, unas palabras que se vuelven deseo y oración para mi y para quien quiera que lea esto...







"Querida amiga:
Cuando buscaba un regalo para vos en esta Navidad, me topé con esta imagen que me pareció muy dulce.
Al ver que era un cunero, al principio dudé, quizás no era lo más apropiado.
Después me di cuenta de que, en realidad, no hay nada más apropiado que un cunero porque, como dice nuestra amiga Teresita, "ser niño pequeño es reconocer la propia nada, esperar todo del buen Dios, como un niño pequeño lo espera todo de su padre, no inquietándose por nada" (carta a Celina, 23 de julio de 1893).
Por eso, amiga, te deseo que cada noche duermas en tu cuna, hamacada por el Buen Dios".






viernes, 17 de febrero de 2017

#209 ¡Buenas noches, Padre Dios!



Este Niño me lo regaló mi papá en diciembre de 2016. Fue comprado en la librería Nuestra Señora del Carmelo, de Buenos Aires.
Es un Niño pequeño, la cabecita de yeso pintado y el cuerpo todo envuelto en tela.
El pequeño Jesús tiene los ojos cerrados y parece dormir plácidamente.
"En tus manos encomiendo mi espíritu". Así dijo Jesús al Padre antes de morir en la Cruz. Pero seguramente no era la primera vez que le decía esto.
Estas palabras forman parte del Salmo 30 y la Liturgia de las Horas nos invita a hacerlas nuestras cada noche en la oración de Completas, la plegaria diaria antes de irnos a dormir.
Encomendarse en las manos de Dios Padre es oración de confianza, en especial en las horas de la noche, que representan la oscuridad, lo incierto y también la muerte.
Dormirnos sabiéndonos en las manos de Dios da paso a un descanso verdadero, de cuerpo, mente y alma.
En la oración de Completas se nos invita a repasar nuestro día, a pedir perdón por aquello en lo que hemos faltado a Dios y a nuestros hermanos, a perdonar si nos han herido, a ofrecer nuestras obras, a agradecer por la jornada que se nos ha concedido y por todas las gracias que en ella hemos recibido, a confiarnos en Dios y pedirle que nos conceda una noche tranquila y un buen descanso.
Es muy fácil encontrar en internet la oración de Completas de la Liturgia de las Horas para cada día del año.
Te invito a que esta noche, antes de apoyar la cabeza en la almohada, hagas esta oración y descanses así en las manos de Dios.


Antes de cerrar los ojos,
los labios y el corazón,
al final de la jornada,
¡buenas noches, Padre Dios!
Gracias por todas las gracias
que nos ha dado tu amor;
si muchas son nuestras deudas,
infinito es tu perdón.
Mañana te serviremos
en tu presencia, mejor.
A la sombra de tus alas,
Padre nuestro, abríganos.
Quédate junto a nosotros
y danos tu bendición.
Antes de cerrar los ojos,
los labios y el corazón,
al final de la jornada,
¡buenas noches, Padre Dios!

(Himno de Completas, Liturgia de las Horas)



jueves, 9 de febrero de 2017

#208 Velatio


Este pesebre me lo regaló mi papá en diciembre de 2016. Lo compró en la santería Nuestra Señora del Carmelo, de Buenos Aires. Es una única pieza, pequeña, con las figuras de Jesús, María y el Niño hechas en porcelana fría, montadas sobre una hoja.
Una de las cosas que más me llamó la atención de este pesebre es que María y José tienen sus cabezas cubiertas por un mismo velo blanco.
Investigando un poco, descubrí que en algunas partes del mundo aún se utiliza la tradición de "velar" a los novios, sea dentro de la liturgia del matrimonio o días después de recibir el sacramento, durante una misa de "velación", donde los esposos reciben una bendición especial.
El gesto de la denominada "velatio", o velación, se hace tomando parte del velo de la novia para cubrir los hombros del novio, o bien, lo que parece ser menos frecuente, cubriendo con un mismo velo la cabeza de ambos.
Este símbolo del velo que cubre a los dos representa la unidad del matrimonio bendecida por Dios y el blanco, la pureza.
Y me parece muy curioso ver este símbolo aplicado a María y José en este pesebre.
El de María y José fue un verdadero matrimonio. Singular, pero verdadero.
El papa san Juan Pablo II, en una catequesis durante la audiencia del 21 de agosto de 1996, afirmó que José y María recibieron la gracia de vivir juntos el carisma de la virginidad y el don del matrimonio.
"La comunión de amor virginal de María y José, aun constituyendo un caso especialísimo, vinculado a la realización concreta del misterio de la Encarnación, sin embargo fue un verdadero matrimonio", recalcó en aquella catequesis.
Juan Pablo II se aleja de la visión que muchas veces se tiene de José como un hombre de edad avanzada y un "custodio", más que como esposo de María. En cambio, propone mirar a José como un hombre cuya perfección interior, fruto de la gracia, lo llevó a vivir con afecto virginal la relación esponsal con María.
Y como testigo de ese amor tan especial creció Jesús... ¡el Esposo virgen!



jueves, 2 de febrero de 2017

Niño invitado #48: Dos palomitas

Estas fotos las tomé en enero de 2017 en la parroquia Nuestra Señora de Caacupé, de Buenos Aires.
Es una imagen en tamaño real de la Sagrada Familia colocada en una de las paredes exteriores de la iglesia, en medio de unas plantas.
María carga al Niño Jesús en sus brazos y al lado va José, que en su mano derecha lleva una especie de pequeño canasto con dos palomitas. Y es por este detalle que me di cuenta de que la imagen hace referencia a la presentación del Niño Jesús en el Templo, fiesta que celebramos cada 2 de febrero.
Esto ocurre al cumplirse cuarenta días del nacimiento de Jesús, tal como lo establecía la ley judía, que mandaba ofrecer un sacrificio como parte del rito de "purificación" de la madre y un "rescate" por el hijo primogénito.
Dice el Evangelio de Lucas: "Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: 'Todo varón primogénito será consagrado al Señor'" (Lucas 2, 22-23).
La consagración de los primogénitos a Dios era parte de la ley mosaica: "El Señor habló a Moisés en estos términos: 'Conságrame a todos los primogénitos. Porque las primicias del seno materno entre los israelitas, sean hombres o animales, me pertenecen'" (Éxodo 13, 1-2).
La ley establecía que el varón primogénito debía ser totalmente entregado al servicio de Dios. Si era de la tribu de Leví, era consagrado al servicio del Templo. Los primogénitos del resto de las tribus de Israel debían ser "rescatados" o "redimidos" de esa entrega mediante el pago a un sacerdote de cinco siclos o monedas de plata (Levítico 18, 15-16).
En su libro "La infancia de Jesús", Benedicto XVI hace notar que, en el pasaje de la presentación de Jesús al Templo, Lucas habla del deber de consagrar al primogénito pero luego no hace mención al "rescate".
"Obviamente, quiere decir: este niño no ha sido rescatado y no ha vuelto a pertenecer a sus padres, sino todo lo contrario: ha sido entregado personalmente a Dios en el templo, asignado totalmente como propiedad suya. La palabra paristánai, traducida aquí como «presentar», significa también «ofrecer», referido a lo que ocurre con los sacrificios en el templo. Suena aquí el elemento del sacrificio y el sacerdocio. Sobre el acto del rescate prescrito por la Ley, Lucas no dice nada. En su lugar se destaca lo contrario: la entrega del Niño a Dios, al que tendrá que pertenecer totalmente", observa Benedicto XVI.
Luego Lucas prosigue con el rito de "purificación" de la madre: "También debían ofrecer un sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor" (Lucas 2, 24).
María, por su singular condición de Virgen Inmaculada, no necesitaba ser purificada. Sin embargo, en comunión con José, no reclama para sí ningún privilegio y, tal como lo hará Jesús, obedece la ley de Dios.
Esa ley marcaba que la mujer, después del parto, era durante un tiempo considerada "impura" a los efectos de poder acudir al Templo y participar de las practicas litúrgicas.
Así, según el libro del Levítico, durante cuarenta días luego de dar a luz a un varón no podía tocar ningún objeto consagrado ni ir al Templo.
Al concluir ese período, la madre debía presentar ante un sacerdote como sacrificio un cordero y un pichón de paloma o una torcaza y, así, completar el rito para su purificación.
Pero, si la madre "no dispone de recursos suficientes para adquirir un cordero, tomará dos torcazas o dos pichones" (Levítico 12, 8).
Y esto era el sacrificio de los pobres, las dos palomitas.
A mi me conmueve mucho la humildad de María y José. Su vivencia de la obediencia y de la pobreza, que se vuelve testimonio, escuela de vida para nosotros.
Pienso que, ofreciendo estas dos palomitas, María nos enseña a presentar a Dios la "ofrenda de los pobres"... nos enseña a acudir a Dios tal como somos, porque Él no se escandaliza ante nuestras pobrezas y debilidades... Nos enseña a presentarle nuestra humildad. Porque humildad, como decía santa Teresa, es "andar en verdad", y nada más verdadero que reconocernos pobres... ya que todo lo bueno nos ha sido regalado por Dios.
La "ofrenda de los pobres" es la ofrenda de quien, aun con poco, ofrece eso poco pero que es todo lo que tiene. Como las dos monedas de cobre que la viuda pobre da de limosna en el Templo. Como los cinco panes y los dos peces de aquel niño dispuesto a ofrecerlos ante el hambre de tanta gente...
Dios parece que mira con particular atención la "ofrenda de los pobres"... Dios no desprecia nuestra pobreza ofrecida con humildad, con amor sincero...
Al contrario... Como canta María, nuestra Maestra en esto de ofrecer a Dios todo lo que somos -¡a nosotros mismos!-, el Señor "enaltece a los humildes".
Jesús se sentó en el Templo a observar cómo la gente depositaba su limosna y muchos ricos daban "en abundancia". Pero Él reparó en la viuda y sus dos moneditas y elogió esa "ofrenda de los pobres": "Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir" (Marcos 12, 43-44).
Y ante la multitud sin nada para comer, Jesús no despreció aquellos pocos panes y peces arrimados por el niño. En verdad podría haber hecho el milagro de dar de comer a los 5.000 sin recurrir a nadie, pero Jesús optó por tomar lo ofrecido por un niño, uno de los que no contaban para nada en aquella sociedad.
Es hermoso pensar con qué ojos mira el Padre nuestra pobre ofrenda, cuando la hacemos raramente con humildad y amor , como lo hicieron María y José, esa viuda y aquel niño... Es hermoso pensar que el Padre acepta lo que le presentamos, nuestra pobre vida, todo lo que somos y queremos poner en sus manos por entero, nuestras "dos palomitas", y eso lo une al verdadero sacrificio de su Hijo, al del Niño presentado en el Templo, consagrado totalmente a Él y que se ofreció a sí mismo, hasta la muerte en la Cruz, por nuestra redención.



jueves, 26 de enero de 2017

#207 Compañerismo



Este pesebre me lo regalaron en diciembre de 2016 Carlota y Eukene, dos compañeras de trabajo.
Es una única pieza, pequeña, de cerámica, con forma de vasija que, en su centro, presenta las figuras de Jesús, María y José en estilo andino y con vivos colores.
Para mi este pesebre representa el valor del compañerismo.
Eukene y Carlota me regalaron este pesebre para darme ánimo en un momento especial... Como compañeras, estuvieron no solo atentas a mi necesidad de recibir apoyo sino también a descubrir qué era aquello que podía darme alegría y esperanza en ese momento.
Y para mi ambas actitudes -el estar atento a las necesidades de los demás y el preocuparse por conocer la personalidad y los intereses de quienes nos rodean- resumen bien el valor del compañerismo.
Hay muchas definiciones de compañerismo. Algunos lo definen como actitud, otros como relación amistosa, de colaboración y solidaridad entre compañeros. Los matices de la definición cambian según a qué ámbito se aplique, sea el escolar, sea laboral, por ejemplo.
En la Biblia hay un versículo del libro del Eclesiastés que destaca el valor del apoyo de un compañero de tareas, como alguien capaz de levantar al otro, que no dudará en redoblar su esfuerzo para compensar a su compañero en la caída: "Valen más dos juntos que uno solo, porque es mayor la recompensa del esfuerzo. Si caen, uno levanta a su compañero; pero ¡pobre del que está solo y se cae, sin tener a nadie que lo levante!" (Eclsiastés 4,9-10).
Ser compañero, buen compañero, es, a mi entender, ser conscientes de que en la barca de esta vida no navegamos solos, que vamos con otros que son pares nuestros... que muchas veces tenemos que remar juntos, pescar juntos... y esto significa compartir objetivos y esfuerzos... pero también saber estar atentos a las necesidades de esos pares, quienes, como nosotros, muchas veces sentirán cansancio, sed, desánimo... quienes muchas veces querrán encontrar en nosotros un oído atento para compartir inquietudes y alegrías... y también un corazón abierto a compartir con ellos las propias riquezas..
Es, en buena medida, actitud propia de quien en esta vida no se guarda para sí sino que se abre a los demás, al compartir, a la generosidad, a la solidaridad, a un caminar en compañía de otros...


"Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás".
Filipenses 2, 4




sábado, 21 de enero de 2017

#206 Despertaré a la aurora


Esta figura de resina me la regaló mi mamá en noviembre de 2016 y fue comprada en la librería Don Bosco, de Buenos Aires.
El Niño Jesús duerme profundamente y un angelito toca con su violín unos acordes para despertarle...
Esta imagen me recuerda a dos salmos, el 57 y el 108, que coinciden en estas palabras:
"Mi corazón está firme.
Dios mío, mi corazón está firme.
Voy a cantar al son de instrumentos:
¡despierta, alma mía!
¡Despierten, arpa y cítara,
para que yo despierte a la aurora!
Te alabaré en medio de los pueblos, Señor,
te cantaré entre las naciones,
porque tu misericordia se eleva hasta el cielo,
y tu fidelidad hasta las nubes.
¡Levántate, Dios, por encima del cielo,
y que tu gloria cubra toda la tierra!".

El salmista despierta. Despierta él mismo. Despierta su voz y a sus instrumentos. Despierta a otros como él y despierta a la aurora.
Despierta para orar y entonar alabanzas al Señor, el Sol que nace desde lo alto, el Resucitado que se presenta al alba.
Despierta a la aurora para que pronto se aleje la noche y se alce este Sol.
Jesús es Luz y el que madruga para orar busca no perderse nada de estos divinos rayos, busca que el amanecer no lo sorprenda dormido...
Se adelanta a la aurora recibiendo al Dios que se eleva "por encima del cielo" con cantos de alabanza.
Y esa música, ejecutada "en medio de los pueblos", despierta a otros... para que sobre ellos también amanezca Dios.
No es casual que estos dos salmos formen parte en la Liturgia de las Horas de la oración de Laudes, la primera de la mañana. Son un medio para iniciar nuestro día con los ojos puestos en Dios, para que sea Él la Luz de nuestra jornada.


"Buenos días, Señor, a Ti el primero encuentra la mirada
del corazón, apenas nace el día:
tú eres la luz y el sol de mi jornada.
Buenos días, Señor, contigo quiero andar por la vereda:
Tú, mi camino, mi verdad, mi vida;
Tú, la esperanza firme que me queda.
Buenos días, Señor, a Ti te busco, levanto a Ti las manos
y el corazón, al despertar la aurora
quiero encontrarte siempre en mis hermanos.
Buenos días, Señor resucitado, que traes la alegría
al corazón que va por tus caminos,
¡vencedor de tu muerte y de la mía!
Gloria al Padre de todos, gloria al Hijo, y al Espíritu Santo;
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos te alabe nuestro canto. Amén".


Bernardo Velado y Antonio Alcalde, 

himno de Laudes para miércoles de la primera semana, 
Liturgia de las Horas


domingo, 15 de enero de 2017

#205 Sin otra luz ni guía


Este pesebre me lo regaló mi mamá en noviembre de 2016. Fue comprado en la librería Don Bosco, de Buenos Aires.
Es una única pieza, con las figuras de Jesús, María y José, hecha en polvo de mármol, con acabado blanco y decoración en color oro. Es de la marca italiana Koras, con sede en Torre di Mosto, un pueblo de la provincia de Venecia.
Según el fabricante, este modelo de pesebre se llama, en italiano, "Linterna", en referencia al farol que lleva José en su mano izquierda.
Es muy singular que sea José quien, de los tres, porte la luz cuando parece ser una figura signada por la noche. ¿Qué es esa luz que lleva?
José tuvo que abrirse paso en la oscuridad de la noche.
Dios lo llamó a acoger a María y a su Hijo en la noche del no entender, del no comprender, de la renuncia.
Dice la Palabra que José era un "hombre justo", es decir, santo. Y Dios lo llamó, lo invitó a acoger sus planes, resignando sus propios proyectos. Lo llamó a aceptar su Voluntad, una voluntad cuyo horizonte no siempre se nos presenta claro, definido.
Un plan divino que se le presenta en sueños. En la noche oscura.
Pero José, sin ver, acepta.
Acepta y se convierte en instrumento para que, en la noche del hombre, nazca la Luz.
La Luz del mundo es el Mesías, el Salvador. El Ángel se lo dijo sin rodeos: el hijo que dará a luz María "salvará a su Pueblo de todos sus pecados". Pero Jesús parece ser un niño como todos, o menos que todos, nace en condiciones de mucha precariedad, fragilidad, sin signos de privilegio o realeza...
Es de noche y José seguramente no ve con claridad cómo es que ese Niño, ése que yace entre pajas, va a salvar a su pueblo...
Es de noche y otra vez, en esa oscuridad, los desconcertante planes de Dios vuelven a interpelarlo. Dios le pide que se haga cargo de la vida de ese Niño y de María, que los proteja... Dios lo llama otra vez a ser instrumento clave en su plan de salvación, un plan al que José adhiere pero sin ver, sin comprender del todo.
Y José otra vez deja de lado sus propios proyectos. En vez de regresar a Nazaret, Dios le pide huir a Egipto, ser extranjero en tierra desconocida, caminar hacia la incertidumbre, hacia el no saber, hacia lo incierto...
"José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto", diec el relato de san Mateo.
Es impresionante que José, en los dos sueños, en la noche oscura, no pregunta, no pide explicaciones, no pone reparos. Solo despierta, se levanta y obedece... aún siendo de noche.
José, san José, anda en la noche, en la oscuridad del no entender los planes de Dios, en el no ver los alcances últimos del proyecto divino... camina hacia dónde Dios le pide, pero a ciegas, sin saber lo que hay a la vuelta de la esquina.
Como el alma que busca a Dios en la "Noche oscura" de san Juan de la Cruz, José anda "sin otra luz ni guía sino la que en el corazón ardía". Y es es la luz de la fe. Es la luz que nos permite confiar, abandonarnos en Dios, fiarnos de Él, cuando nuestra razón y nuestros sentidos no tienen nada claro y no nos dan certeza alguna del camino por dónde se nos pide ir.
Esa luz de la fe es la que nos permite ir adelante sin tenerlo todo asegurado, la que nos permite aceptar los designios de Dios y resignar los propios planes.
Es esa luz la que permitió a José vivir "en la pura fe", incluso muriendo sin ver la consumación del plan de Dios del que él fue instrumento clave. Es la fe la que permite sembrar sin ver los frutos, pero con la confianza de que toda semilla regada por Dios germinará a su tiempo.
Ésa es la luz de san José, la fe que en su corazón ardía, la guía de sus noches...



viernes, 6 de enero de 2017

Pesebre invitado #47: La casa del pesebre


El 5 de enero de 2017 tuve el regalo maravilloso de conocer a Teresa y Susana Gargiulo, dos mujeres entrañables que me abrieron las puertas de su casa, en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires, para conocer de cerca su tesoro familiar: un pesebre monumental, de 400 piezas, que se arma allí mismo, ininterrumpidamente, desde hace 73 años.
La tradición la inició Amalia, la madre de Teresa y Susana, cuando comenzó a armar un pesebre pequeño, con las figuras básicas, en la sala de la casa que da a la calle.
El nacimiento poco a poco se fue enriqueciendo con figuras, todas de estilo clásico, adquiridas por la propia familia y regaladas por amigos y parientes.
Con los años el pesebre se extendió hasta cubrir la totalidad de la sala, de 20 metros cuadrados, con una escenografía muy trabajada y diferentes cuadros dentro del entorno montañoso de Belén.
Es realmente impresionante, pero lo más impactante es lo que estas dos hermanas generan desde la que ya todo el mundo conoce en el barrio como "la casa del pesebre".
Al principio, al nacimiento solo lo veían quienes visitaban la casa de los Gargiulo para Navidad.
Pero un día Teresa le propuso a Amalia abrir las ventanas de la sala para compartir de algún modo con la gente del barrio este verdadero tesoro.
"Le dije que la familia y los amigos lo veían cada año y que había que compartirlo con la gente porque sino esto quedaba guardado en una casa. Y mamá aceptó", recuerda Teresa, de 71 años.
El gigantesco pesebre se arma y desarma cada año. Para finales de noviembre se abren los baúles que trajo su "nona" de Italia hace algo más de un siglo y comienzan a sacar una a una las piezas cuidadosamente guardadas.
Los muebles de la sala, incluido un piano, quedan tapados con cajas de cartón y papeles que, gracias a las dotes artísticas de Teresa y Susana, se convierten en rocas y montañas de la región de Judá.
Y montan cada escena, con detalles novedosos cada año, una tarea que les demanda mucho esfuerzo pero que, finalmente, cuando llega el 8 de diciembre y todo queda listo, se compensa con lo que sucede con la gente.
En el rato que estuve en "la casa del pesebre" perdí la cuenta de cuántos se pararon para asomarse por las ventanas a mirar el nacimiento. Vecinos, transeúntes ocasionales, gente que venía especialmente de otros barrios a ver el pesebre, turistas... Niños... y adultos con ojos de niños.
Y escuché, una y otra vez, cómo Teresa y Susana les explicaban qué es el pesebre, por qué lo arman cada año y cuál es el verdadero sentido de la Navidad.
"La gente tiene que darse cuenta de que Navidad es la llegada del Niño Jesús, no que viene Papá Noel", comenta Teresa.
Me contaron que hasta se han asomado jóvenes que no sabían siquiera qué es un pesebre...
"'¿Vos no sabés lo que es la Navidad?'. Qué cosa rara que no le cuentan ahora a los chicos... Pero bueno, ésta es una manera de que la gente que pasa por acá lo conozca", reflexiona.
Para Susana, de 66 años, ésta es también una manera de atajar "toda la locura que se vive en la calle" y ofrecer a la gente la posibilidad de al menos "tener un pensamiento y transportarse al misterio de la Navidad".
"Cada imagen, cada escena, te dice algo, te transporta a algo y, sin quererlo, se medita", señala Susana.
Me llevo de "la casa del pesebre" la certeza de que el nacimiento es casa de ventanas abiertas. Porque realmente el misterio que aconteció en Belén hace dos milenios no quedó encerrado en aquella gruta, guardado con exclusividad a la intimidad de María, José y Jesús. Fue, desde un principio, familia abierta a compartir el don del Dios-con-nosotros.
Si hubo epifanía, adoración, contemplación, fue porque aquel pesebre estuvo abierto a quien quisiera acercarse.
Y creo que así lo quiere Dios: que cada corazón sea pesebre donde nace Jesús, pero pesebre de ventanas abiertas, de tesoro compartido, desde donde el Niño se ofrece a tantos y tantos que quizás no le conocen o no saben cómo encontrarle. Eso es ser "casa del pesebre".



jueves, 5 de enero de 2017

Niño invitado #46: Besapiés




Esta imagen la tomé a finales de diciembre de 2016 en mi parroquia San Carlos y Basílica de María Auxiliadora, en Buenos Aires.
Allí, ante el altar principal, apareció en un catrecito este Niño precioso luego del día de Navidad... Ese mismo día, al finalizar la misa, esta misma imagen y otra similar del Niño protagonizaron el besapiés, un gesto por el que se invita a los fieles a saludar con un beso a Jesús recién nacido... ¡Y yo le besé el piecito derecho!
La tradición de besar los pies o las manos en señal de profundo respeto y sumisión proviene de pueblos de la antigüedad, donde con este gesto se debía saludar al emperador.
Luego pasó con el correr de la historia a otros ámbitos, incluida la Iglesia, y finalmente se extendió a ciertas imágenes religiosas que, en un acto de piedad, son besadas por los fieles.
A mi este gesto del besapiés al Niño Jesús me recuerda a la escena en la casa de Simón, el fariseo, que relata san Lucas en su Evangelio.
Jesús es invitado a cenar en la casa de Simón y, cuando está ya a la mesa, una mujer se presenta, se pone por detrás de Él y se echa a sus pies.
Los pies de Jesús seguramente estarían cansados y polvorientos del camino... El Señor había entrado en aquella casa pero su anfitrión no le había ofrecido lavar sus pies como se solía hacer cuando llegaba un invitado importante."Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies" (Lucas 7,44).
Simón tampoco besó a Jesús al entrar a su casa. "Tú no me besaste".
Pero llega esta mujer y, sin decir palabra, sin ni siquiera colocarse ante Jesús, sino por detrás de Él, comienza a llorar, le baña los pies con sus lágrimas, los seca con sus cabellos, los unge con perfume... y los cubre de besos.
No sabemos el nombre de esta mujer ni cómo es que logró colarse en esa cena donde, por lo que relata Lucas, no era bienvenida por Simón.
El fariseo la llama "la pecadora"... Y Jesús, "la que ha demostrado mucho amor".
No sabemos cuándo ni cómo el corazón de esta mujer fue impactado por Jesús... pero es evidente que eso había sucedido ya porque dice Lucas que, apenas se enteró de que Jesús estaba en esa cena, se dirigió hasta allí.
El corazón de esta mujer estaría lleno de gratitud, de estremecimiento ante la misericordia de Jesús... de saberse perdonada de sus muchos pecados y muy amada por Dios en ese perdón.
Y cuando estos sentimientos desbordan el corazón surge la necesidad de demostrar de algún modo gratitud y amor a Dios.
Y esa necesidad es tal que esta mujer se presenta allí superando sus miedos a ser observada, criticada, enjuiciada y hasta echada.
Solo tiene en el corazón la certeza de que el Dios que tanto le ha perdonado tanto amor le tiene que no rechazara su humilde gesto de besarle los pies.
Es impresionante que Jesús se deja besar los pies... un buen rato... porque en un momento le hace notar a Simón que la mujer, desde que Él entró en la casa, no paró de besar sus pies. Así que Jesús estuvo cenando y conversando y nunca se sintió molestado por la demostración de esta mujer. Comprendió su necesidad de hacer este gesto, la dejó y hasta la defendió.
Y todo esto lo hizo esta mujer sin decir una palabra. Su corazón habló con besos a los pies de Jesús.
Pienso que el Señor, que tanto nos perdona, comprende esa pobreza que a veces experimentamos en el corazón de no saber cómo agradecerle tanto amor misericordioso, cuando todo lo que podamos hacer nos parece tan poco al lado de tanto amor. Pero Él valora y acepta nuestros pequeños gestos, se deja besar los pies...
Él, que nos ve de un modo tan diferente a cómo nosotros nos vemos, dice que es "demostrar mucho amor" hacer un simple acto de piedad como besarle los pies... Claro, Él ve en los corazones y sabe cuando un gesto así es verdadero...
Él no solo se deja besar sino que nos anima a hacerlo, a liberarnos del juicio ajeno, de la mirada de los demás, de avergonzarnos, para ser capaces de demostrarle amor.
Besar el piecito del Niño, los pies clavados de Cristo en el crucifijo... Besarlo con el beso silencioso de la oración, con una mirada amorosa al Santísimo.
Besarlo con las lagrimas de nuestro arrepentimiento cuando nos abraza en la Reconciliación y con el amén de la Eucaristía cuando viene a cenar a nuestra casa.
Besarle los pies llagados en las llagas de cuantos padecen y son para nosotros otro Cristo que están esperando que les demostremos mucho amor. Porque mucho se nos ha perdonado...



"Conózcate, oh Cristo, en esta hora
de tu perdón; mi beso apasionado,
de ardientes labios en tu pie clavado,
sea flecha de amor y paz de aurora".

Himno de la Liturgia de las Horas





domingo, 1 de enero de 2017

#204 Revestidos



Este pesebre me lo regaló en noviembre de 2016 mi papá, quien lo compró en la santería Nuestra Señora del Carmelo, en Buenos Aires.
Es un pesebre artesanal, con base de madera y las figuras de María, José y el Niño vestidas iguales, con un tejido de telar.
Un modo de "leer" la imagen es pensar al Hijo plenamente revestido de nuestra humanidad, sometiéndose también por ello a nuestra necesidad humana de ser cubiertos, de ser vestidos.
Pero también podemos contemplar la imagen desde otro punto de vista: son María y José quienes se visten como el Hijo.
Hay un consejo y, más que eso, una exhortación, un llamado de san Pablo que va en esa dirección: "Revístanse del Señor Jesucristo" (Romanos, 13, 14).
Revestir es más que vestir. No es disfrazarse. Ni siquiera es un simple imitar.
Revestirse es cubrirse por entero, algo que implica todo el ser, no tan solo lo exterior. El revestimiento cubre, protege, da nueva identidad, redefine.
Revestirse de Jesús es algo más que imitarlo, lo cual ya sería algo muy bueno. Es configurase con Él, dejarse modelar por Dios hasta ser "otro Cristo", tener sus mismos sentimientos, sus mismas intenciones, sus mismos pensamientos... hasta al punto de poder decir, como san Pablo, que ya no somos nosotros sino que es Él el que vive en nosotros.
Revestirse de Jesús... Sin duda, así lo hicieron María y José. ¡Qué ellos intercedan para que nosotros también llevemos ese revestimiento de gracia!



viernes, 23 de diciembre de 2016

Niño invitado #45: Jesús en la plaza




Esta imagen del Niño Jesús la tomé el 23 de diciembre de 2016 en la plaza Miserere, de Buenos Aires.
Los porteños llamamos comúnmente a este sitio plaza Once y es un lugar donde, en la jerga del Papa Francisco, se junta más de una "periferia existencial".
Como está vecina a una de las principales estaciones ferroviarias de Buenos Aires, la plaza es un sitio de continuo paso para miles y miles de personas al día, cada una cargada con sus ocupaciones, preocupaciones y cruces...
Pero no hay solo gente de paso. También hay personas para quienes la plaza es su "casa", vendedores ambulantes, gente sin techo, niños que pasan el día aquí... y para quienes la inseguridad, la prostitución callejera y las drogas son parte de su paisaje cotidiano.
Es un sitio lleno de realidades muy duras y complejas, un lugar que normalmente la gente prefiere evitar por "peligroso" y "marginal". Pero aquí encontré a este Niño Jesús.
Lo llevaron desde la cercana parroquia de Nuestra Señora de Balvanera como parte de la misión de Navidad.
"Es muy lindo estar acá, dando testimonio de Jesús. Hay gente que nos recibe muy bien y otra que nos rechaza. Pero eso es vivir el Evangelio", me dijo una de las jóvenes que participaba de la misión, invitando a las personas a orar y a acercarse a los sacramentos.
Esa conciencia de estar "viviendo el Evangelio", ahí, en la plaza, me resultó impactante.
Faltando tan pocas horas para la Navidad, me pareció clarísimo que esos hermanos habían sido enviados, como Juan el Bautista, a "allanar el camino" para la venida del Señor, o como aquellos 72 a quienes Jesús eligió y envió a aquellas ciudades y lugares a los que debía ir Él.
Jesús los envió a esta plaza, a las duras "periferias existenciales" que aquí se cruzan, a cada persona que atraviesa o permanece en este sitio con su cruz a cuestas porque ahora es Él el que quiere venir en persona a sanar cada realidad, a abrazar con su Misericordia a cada uno...
Jesús es callejero, anda, va de una orilla a la otra, sale a la búsqueda, al encuentro, y nos pide ser como Él...
Como dijo el Papa Francisco: "Esto es lo que Jesús quiere hoy, discípulos misioneros, ¡callejeros de la fe!".


lunes, 19 de diciembre de 2016

Pesebre invitado #44: El pesebre de mi parroquia



Éste es el pesebre de mi parroquia San Carlos y Basílica de María Auxiliadora, en Buenos Aires.
Se preguntarán por qué coloco primero la foto del altar del Santísimo Sacramento y no la imagen de la representación del nacimiento de Jesús. Espero poder explicar bien mis razones...
Trato de ponerles en situación. Imaginen un fruto que lo cortan al medio y queda el interior de las dos mitades expuesto: lo que se ve en una y otra mitad no es igual, pero es muy similar, casi como en espejo.
Algo así pasa con el pesebre de mi parroquia. No se si se llega a apreciar en las fotos, pero el nacimiento en este 2016 está montado justo a un costado del altar del sagrario.
Es un pesebre de estilo clásico. dentro de la gruta, María en oración, José, en actitud de recogimiento, un poco más atrás, la ""cunita" de paja para el Niño entre ambos...
Afuera hay varios pastores, vestidos muy sencillamente, de diversas edades, algunos de pie, otros de rodillas, unos agachan la cabeza, otros miran hacia el interior de la gruta... Hay también algunos animales y un cielo azul profundo en el que, cuando es de noche, se pueden ver infinidad de luceros y la Estrella de Belén.





Ahora les propongo que, con la imaginación, unan la imagen de este pesebre con la del altar del Santísimo Sacramento, como si uniéramos las dos mitades de un fruto... ¡Las coincidencias son sorprendentes! A ver si logro explicarme...
El altar del sagrario es también el altar de la Sagrada Familia, de modo que aquí también están representados María y José.
En este altar hay, durante todo el año, flores y plantas, que me recuerdan la "creación expectante" de la que habla san Pablo. Es cierto que aquí no hay animales, como en la escenificación tradicional del nacimiento, pero las flores y las plantas son, como aquellos, seres vivos, obra de la mano del Creador.
En este altar hay siempre, a los costados, dos figuras de ángeles muy bellas, representaciones de los ángeles que día y noche adoran y custodian el Santísimo Sacramento.
Este altar es muy hermoso, verdaderamente delicado en sus formas, pero su belleza es muy simple. Es un sitio muy sencillo, de mucha intimidad, tal como imagino que fue la gruta de Belén. El altar tiene un piso de madera que me recuerda la rusticidad que seguramente tuvo aquel pesebre y es un espacio no muy grande -diría mas bien pequeño- pero suficiente para una madre con su niño... ¡A Dios Hijo, Rey del Universo, le bastó esta pequeñez para nacer!
Este altar nunca está desnudo. Siempre hay un mantel blanco, muy sencillo, pero muy cuidado, que lo cubre y me recuerda cómo María, con delicado amor maternal, cubrió con un lienzo la desnudez y la fragilidad del pequeño Jesús...
En este altar hay, no una, sino dos "estrellas de Belén". Una estrella está grabada sobre la puerta del sagrario. La otra no es en rigor una estrella, pero cumple con la función de irradiar luz: es la pequeña lámpara roja al costado del altar, luz que indica que allí está presente Jesús.
Y es esta presencia lo más importante de este altar. En la imagen de la Sagrada Familia está representado Jesús Niño, pero es solo una imagen. Pero en el sagrario... ¡en el sagrario está Jesús de verdad, vivo!
Y por eso les digo que éste es el pesebre de mi parroquia. Y lo que ven al costado una representación, muy hermosa, pero representación al fin...
Pasará el tiempo de Navidad y se desmontará la escena. Pero el pesebre real permanecerá...
Yo veo a diario a los "pastores" de los alrededores que vienen a postrarse ante el Jesús del sagrario, que es el mismo -¡el mismo!- que nació en Belén hace dos milenios.
Los veo así, como esos pastores, gente sencilla, humilde, que viene con unas flores, o con las manos vacías, pero con el corazón ofrecido a su Señor...
Los veo en adoración, contemplando... llorando, sonriendo... de rodillas o sentados en recogimiento...
Los veo a veces mirar a san José buscando su intercesión y muchas, muchas veces, desgranar rosarios con María...
Los veo, los escucho, musitar no sé qué cosas ante la "cunita" del sagrario... pero la mayoría simplemente hace silencio... y es que ante un Niño como éste o se susurra o se calla.
Éste es el "pesebre" de mi parroquia, donde es Belén todos los días...





miércoles, 14 de diciembre de 2016

Pesebre invitado #43: Vitral



Esta imagen la tomé en octubre de 2016 en la catedral católica de San Patricio, en Nueva York.
Es uno de los grandes vitrales del templo y éste recrea la escena de la adoración al Niño Jesús en Belén.
El padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, observa que "si alguien mira las vidrieras de una antigua catedral desde la calle, no verá más que trozos de vidrio oscuros unidos por tiras de plomo negro; pero si atraviesa el umbral y las mira desde dentro, a contraluz, entonces verá un espectáculo de colores y de figuras que lo dejan sin respiración".
Él aplica luego esta observación a la Iglesia, a cuán diferente se ve desde adentro que desde afuera. Pero me permito tomar su imagen para aplicarla al alma misma.
Y es que el alma es templo de Dios. Allí mora Dios y le imprime su propia belleza... Fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios... En nuestro interior se proyecta su hermosura... como esta imagen del Niño del vitral... Pero desde afuera difícilmente lo podemos ver, sea que se trate de nuestra alma o la de otras personas... hay que entrar, con sumo respeto porque es templo de Dios, y contemplar desde dentro lo que el mismo Dios que eligió morar allí ve...
Santa Teresa de Jesús dice que, como el sol resplandece en el cristal, así Dios da a la persona "resplandor y hermosura" en el "centro de su alma".
Teresa no habla de catedrales con vitrales pero sí de algo que en un punto se les parece: un castillo, hermoso por dentro, donde habita el Rey con una luz que ilumina cada rincón.
En el primer capítulo de "Las Moradas" o "El Castillo Interior", la santa de apÁvila nos invita a "considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas", y afirma que "no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice Él tiene sus deleites".
"Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita? No hallo yo cosa con qué comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad; y verdaderamente apenas deben llegar nuestros entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla, así como no pueden llegar a considerar a Dios, pues Él mismo dice que nos creó a su imagen y semejanza", escribe Teresa.
La santa apunta que, pese a esta "gran dignidad y hermosura" del alma, muchas veces no sabemos quiénes somos, ignoramos o pocas veces consideramos "qué bienes puede haber en esta alma o quién está dentro en esta alma o el gran valor de ella", y así tenemos poco cuidado en tratar de "conservar su hermosura".
Pues toda esa belleza está, pero dentro. Es como los vitrales de la catedral: no se los puede apreciar desde afuera. Hay que entrar... no solo asomarse un poco... sino bastante, hasta las habitaciones más reservadas del castillo, hasta el ábside de la catedral... y no unos minutos, como quien se da un paseo corto por el lugar, sino mucho tiempo.
Dice santa Teresa que hay muchos que se pierden de descubrir esta belleza y de conocer a Quien los habita porque viven "en la ronda del castillo", es decir, fuera de sí mismos, volcados a las cosas exteriores, tratando "con las sabandijas y bestias que están en el cerco del castillo" cuando podrían "tener su conversación no menos que con Dios" si entrasen en su propia alma.
¿Y cómo se entra allí? Responde Teresa: "A cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración". ¿Y qué es la oración? ¡Lean a santa Teresa!


"Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste. Entré, y vi con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable (...).
¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de tí aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera".
San Agustín, "Confesiones".