jueves, 19 de octubre de 2017

#226 Sedes Sapientiae

Este pesebre me lo regalaron mis padres en agosto de 2017. Lo compraron en la santería de Nuestra Señora del Carmelo, en Buenos Aires, pero fue hecho en China y es de la marca Montefiori. Es una única pieza, en resina, con las figuras de la Sagrada Familia: san José sostiene un farol y abraza a María, que sobre su falda tiene sentado al Niño Jesús.
La imagen de María que en su regazo tiene sentado al Niño fue en el arte religioso medieval una representación muy popular de la Virgen como "sedes Sapientiae", o "trono de la Sabiduría". Con el correr de los siglos, el arte siguió representando esta figura, aunque dándole mayor movimiento, con gestos de ternura maternal, como en este pesebre, en el que la Virgen sostiene la mano del Niño y le mira con suma dulzura.
Jesús es la Sabiduría encarnada y María, su trono.
Dice san Luis María Grignion de Montfort, en "El amor de la Sabiduría eterna", que un deseo ardiente, oración continua y mortificación son tres medios para adquirir la sabiduría divina, pero, afirma, el gran medio y mejor secreto para adquirirla y consrrvarla es una "tierna y verdadera" devoción a la Santísima Virgen, que es "la madre, la señora y el trono de la divina Sabiduría".

María es la Señora de la divina Sabiduría, explica san Luis María Grignion de Montfort, no porque sea superior ni igual a Dios "sino porque Dios Hijo, la Sabiduría eterna, con haberse sometido en todo a María, como a su Madre, le ha otorgado sobre sí mismo un poder maternal y natural del todo incomprensible, no sólo durante su vida mortal, sino incluso en el cielo, ya que la gloria no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona" en virtud de lo cual "Jesús en el cielo es, más que nunca, Hijo de María, y María, Madre de Jesús".
En este sentido, destaca el santo francés, "María tiene autoridad sobre Él, y Él, en cierto modo, le está sumiso, porque así lo ha querido; es decir, que María, por su poderosa oración y gracias a su divina maternidad, obtiene de Jesús todo cuanto quiere, lo da a quien quiere y le engendra todos los días en las almas que ella quiere".
"¡Oh cuán dichosa es el alma que ha logrado el favor de María! Puede tener la seguridad de poseer muy pronto la Sabiduría, pues como ésta ama a los que la aman, les comunica a manos llenas sus dones, especialmente el bien infinito que encierra todos los demás, Jesús, fruto de su vientre", explica el santo.
En María, "trono real de la Sabiduría eterna", muestra la misma Sabiduría sus grandezas, exhibe sus tesoros y pone sus delicias. "No existe otro lugar en el cielo ni en la tierra donde la Sabiduría eterna derroche tanta magnificencia y se complazca tanto como en la incomparable María", afirma san Luis María Grignion de Montfort.




viernes, 6 de octubre de 2017

#225 Nuestro barro


Este pesebre me lo regaló en agosto de 2017 mi amigo Claudio Rodríguez, que lo compró en una feria de la parroquia Buen Pastor, de Buenos Aires.
Las figuras de María, José y el Niño son de yeso y están dentro de una vasija de barro.
Arcilla. Barro. Agua y tierra. Algo tan simple, tan a la mano. Frágil, maleable. Algo que, a priori, no tiene valor y, encima, ensucia. Hasta que alguien decide tomarlo entre sus palmas, modelarlo con sus dedos, darle la forma concebida en su mente y, si es un artista verdadero, transformarlo en algo bello y valioso.
De barro somos nosotros. Es una imagen que aparee en la creación del hombre en el Génesis. ¡Y vio Dios que su creación era muy buena!
"Como la arcilla en la mano del alfarero, así están ustedes en mi mano", le dice Dios al profeta Jeremías.
Dios, como buen alfarero, nos quiere dar su forma, la forma más bella, más perfecta. Eso requiere de nuestra docilidad, de ser arcilla blanda entre sus manos. Y no siempre es fácil vencer nuestras rebeldías, nuestras resistencias a cambiar de forma... a veces nos agrietamos, nos resecamos...
Lo bueno es que Dios es un artista paciente, un alfarero experto, que no abandona la obra de sus manos.
Dios no tiene asco de nuestro barro. Conoce de sobra de qué estamos hechos. No se escandaliza de nuestra fragilidad. A tal punto que eligió asumir nuestro barro -toda nuestra condición humana, menos la del pecado- encarnándose Él mismo.
Para nuestro barro reseco, su Agua Viva, que nos devuelve blandura, docilidad, apertura al querer de Dios, a la forma bella que Él nos quiere dar.
La "saliva" de Jesús, el Nuevo Alfarero, se mezcla con nuestra tierra agostada para regalarnos el milagro de una vida nueva.
Nos ha hecho vasijas de barro, capaces de contener el tesoro de su Espíritu. Llevamos lo más grande en medio de nuestra fragilidad. Dios lo ha querido así. ¡A tal punto ama nuestro barro!


"Yo sí que te conozco:
Tu vida está en mis manos...
Sos el barro que formo,
vos sos el barro que amo. 

Déjame que te sople mi Aliento...
Déjame modelarte a mi imagen...
Déjame darte una forma nueva...
Deja a tu Alfarero que trabaje...

Un barro dócil que confía en su Artesano,
barro que se funde y nace un nuevo vaso,
donde lleves el tesoro de mi vida y de mi abrazo...

Volver al barro para sentir mi presencia,
embarrarse para ganar transparencia,
Barro abierto al Soplo nuevo, que hace nueva la existencia.

Déjame que te sople mi Aliento...
Déjame modelarte a mi imagen...
Déjame darte una forma nueva...
Deja a tu Alfarero que trabaje...

Yo sí que te conozco...

Y tenele paciencia a tu barro...
Y tenele confianza a mis tiempos...
Y mirá cómo ejerzo este oficio...
Y volvete también alfarero...

El "día a día", es taller simple y fraterno,
donde imaginar lo valioso y lo bueno,
donde modelar, pacientes, el diseño de lo nuevo.

Volver al barro es consagrar lo cotidiano,
es involucrarse quedando embarrados,
es cuidar y amar el rostro bello y frágil de lo humano.

Y tenele paciencia a tu barro...
Y tenele confianza a mis tiempos...
Y mirá cómo ejerzo este oficio...
Y volvete también alfarero...

Yo sí que te conozco..."

"El barro que amo", canción de Eduardo Meana, sdb.

viernes, 22 de septiembre de 2017

#224 Samuel en el pesebre


Este pesebre me lo regaló mi amigo y compañero de trabajo Claudio Rodríguez en agosto de 2017.
Lo vio en una feria a beneficio de Cáritas en la parroquia El Buen Pastor, de Buenos Aires, y me lo trajo.
Es realmente muy hermoso el diseño estilizado de las piezas, hechas en metal. Destaca la figura de la estrella, por la forma, pero a mi, de entrada, la que más me llamó la atención es la de ese niño que sostiene una vela en su mano derecha.
No puedo dar razón de esto, pero lo primero que se me vino a la cabeza al observarlo es Samuel, el profeta.
Luego observé con lupa la figura: no es un ángel, no es un pastor. Es un niño. Y otra vez esta idea: es Samuel.
Pensé que el profeta Samuel, que vivió como once siglos antes que Jesús, bien hubiera querido estar en el pesebre. Y recordé esas palabras que diría el propio Jesús: "Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron" (Mateo 13,17).
Intuyo que Samuel hubiera ido al pesebre sin demoras, tal como lo hicieron los pastores apenas fueron llamados a acudir por la invitación del ángel. Lo intuyo así por la historia del propio Samuel, que siendo apenas un niño -y me lo imagino como el niño de este pesebre- fue llamado por Dios y él, sin conocer de Quién se trataba, se levantaba presuroso e iba a presentarse ante el sacerdote Elí.
"El joven Samuel servía al Señor en la presencia de Elí. La palabra del Señor era rara en aquellos días, y la visión no era frecuente.
Un día, Elí estaba acostado en su habitación. Sus ojos comenzaban a debilitarse y no podía ver.
La lámpara de Dios aún no se había apagado y Samuel estaba acostado en el Templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios.
El Señor llamó a Samuel, y él respondió: "Aquí estoy".
Samuel fue corriendo adonde estaba Elí y le dijo: "Aquí estoy, porque me has llamado". Pero Elí le dijo: "Yo no te llamé; vuelve a acostarte". Y él se fue a acostar.
El Señor llamó a Samuel una vez más. Él se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: "Aquí estoy, porque me has llamado". Elí le respondió: "Yo no te llamé, hijo mío; vuelve a acostarte".
Samuel aún no conocía al Señor y la palabra del Señor todavía no le había sido revelaa.
El Señor llamó a Samuel por tercera vez. Él se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: "Aquí estoy, porque me has llamado". Entonces Elí comprendió que era el Señor el que llamaba al joven y dijo a Samuel: "Ve a acostarte y si alguien te llama, tú dirás: Habla, Señor, porque tu servidor escucha". Y Samuel fue a acostarse en su sitio.
Entonces vino el Señor, se detuvo y llamó como las otras veces: "¡Samuel, Samuel!". Él respondió: "Habla, porque tu servidor escucha" (1 Samuel 3, 1-10).

Es de noche, la noche que precede a un día que parece ser como cualquier otro. Cuando los ojos de muchos parecen debilitarse y no ven, hay un pequeño, Samuel que está en vela, con la lámpara encendida, haciendo su tarea cotidiana en el templo.
Nadie, o muy pocos, esperaban escuchar a Dios porque su palabra era "rara" en aquellos días... De hecho, Samuel no conocía aún la voz de Dios... y, sin embargo, algo le impulsa a responder, corriendo, a esa voz que le llama a su Presencia...
"En esa región acampaban unos pastores, que vigilaban por turno sus rebaños durante la noche.
De pronto, se les apareció el Ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Ellos sintieron un gran temor, pero el Ángel les dijo: "No teman, porque les traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Y esto les servirá de señal: encontrarán a un niño recién nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre".
Y junto con el Ángel, apareció de pronto una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: "¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por él!"
Después que los ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros: "Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado".
Fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre.
Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores.
Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.
Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido" (Lucas 2, 8-20).

Es de noche, la noche que precede a un día que parece ser como cualquier otro. Cuando los ojos de muchos parecen dormir y no ven el "Sol que nace desde lo alto" que está a punto de iluminar al mundo, hay un grupo de "pequeños", los pastores, que está en vela, haciendo su tarea cotidiana de cuidar los rebaños.
Nadie o muy pocos -ese pequeño resto fiel- esperaban escuchar la Palabra definitiva de Dios. Pero estos pastores son elegidos como los primeros en recibir el gran anuncio del nacimiento del Mesías. Y, sin dudar, van rápidamente a su encuentro.
Imagino a Samuel como un pastor más de los alrededores de Belén que, velando, llamado a la Presencia del Dios hecho Hombre, corre a verle. "Aquí estoy, porque me has llamado", le va diciendo cada uno de los pastores al llegar a los pies del Niño Jesús. Como Samuel, aquellos pastores tampoco conocían hasta entonces al Dios-con-nosotros. Escucharon, en aquella noche santa, por primera vez, la voz de Dios... hecha llanto de recién nacido, hecha gorjeo... Lenguaje de Dios que solo otro niño o quien se hace como un niño puede descifrar.
Velar, escuchar, correr, ponerse a tiro de lo que Dios tiene para decirnos.... es lo que Samuel y los pastores nos enseñan...
Algo más de Samuel: ¡Sí estuvo en Belén! Dios lo llamó para que fuera allí. Samuel fue enviado a esas tierras para ungir rey al joven David... de cuyo linaje emergería Jesús, el verdadero Rey, el verdadero Ungido.
David parecía demasiado pequeño para dar la talla de un rey.
Entonces, Dios dijo a Samuel: "No te fijes en el aspecto ni en la estatura.... Dios no mira como mira el hombre; porque el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón" (1 Samuel 16,7).
Dios pronunció esas palabras en Belén... y es como si hubieran permanecido allí, hasta resonar aquella noche en el corazón de los pastores, que, sin reparar en la apariencia de aquel recién nacido acostado entre pajas, fueron capaces de reconocer al Mesías, al Salvador.



sábado, 9 de septiembre de 2017

#223 A Ti levanto mis ojos


Este pesebre me lo regaló mi papá en junio de 2017. Fue comprado en una tienda de la localidad bonaerense de Tigre, pero fue hecho en Salta, en el noroeste de Argentina.
Es una única pieza de cerámica, con las figuras de Josë, María y el Niño en estilo andino, montados sobre un burro.
La imagen representa el momento de la partida de Belén hacia Egipto, huída forzada por la desquicia homicida de Herodes.
Relata san Mateo en su evangelio: "Después de la partida de los magos, el Angel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto" (Mateo 2, 13-14).
La obediencia, la premura y el silencio de san José sobrecogen. También la actitud de María. No hay palabras de cuestionamiento, ni expresión de dudas o temores.
Eso no quiere decir que la situación no fuera compleja. Era cuestión de vida o muerte: Herodes quería matar al Niño. Pero Egipto supone marchar hacia lo desconocido, a tierra extranjera, no exenta de hostilidades, a la incertidumbre de cómo subsistir, dónde encontrar un lugar para establecerse, por cuánto tiempo será...
Todos estos interrogantes seguramente acompañaron a José y a María en aquella hora de la pronta obediencia a la orden de Dios, expresada por el Ángel.
Pero en medio de aquella incertidumbre, confiaron, se abandonaron a la voluntad de Dios, a la mano providente del Padre.
Esta actitud de José y María es sobrecogedora. Cuando a su alrededor las sombras de muerte parecen que van a alcanzarlos y en el horizonte, en dirección a Egipto, no se ve mas que desierto, María y José no se quejan, no ponen excusas, no se paralizan por sus limitaciones humanas. Simplemente alzan la mirada. Ojos al cielo. Pupilas fijas en su Señor. Y echarse a andar a Egipto sabiéndose bajo la mirada del Todopoderoso.
¡Estremece una fe tan grande como la de José y María!
Cuando los enemigo nos acechan -incluyendo nuestro orgullo, nuestro egoísmo, la arrogancia de la voluntad propia que también amenazan de muerte a nuestra vida-, Dios nos urge a levantarnos, sin perder tiempo, y ponernos en camino a Egipto. Habrá que atravesar las arenas de la incertidumbre. Pero quien alza la mirada a Dios nunca se pierde.


Oraciones para el "camino a Egipto":

"Levanto mis ojos a las montañas:
¿de dónde me vendrá la ayuda?
La ayuda me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El no dejará que resbale tu pie:
¡tu guardián no duerme!
No, no duerme ni dormita
el guardián de Israel.
El Señor es tu guardián,
es la sombra protectora a tu derecha:
de día, no te dañará el sol,
ni la luna de noche.
El Señor te protegerá de todo mal
y cuidará tu vida.
El te protegerá en la partida y el regreso,
ahora y para siempre".
Salmo 121

"Levanto mis ojos hacia ti,
que habitas en el cielo.
Como los ojos de los servidores
están fijos en las manos de su señor,
y los ojos de la servidora
en las manos de su dueña:
así miran nuestros ojos al Señor, nuestro Dios,
hasta que se apiade de nosotros.
¡Ten piedad, Señor,
ten piedad de nosotros,
porque estamos hartos de desprecios!
Nuestra alma está saturada
de la burla de los arrogantes,
del desprecio de los orgullosos".
Salmo 123

miércoles, 30 de agosto de 2017

Niño invitado #52: Rosa de su Corazón


Estas fotos las tomé el 30 de agosto de 2016 en la Basílica Santa Rosa de Lima, de Buenos Aires.
Santa Rosa, patrona de América, es, más que devota, íntima amiga del Niño Jesús y se la suele representar con el pequeño Jesús en brazos, tal como la imagen que hay en la basílica. En esta iglesia hay también una preciosa imagen del Niño sentado, que puede verse en uno de los altares laterales, y un pesebre muy bello, exhibido durante todo el año.
Santa Rosa nació el 30 de abril de 1586 en Lima. Su nombre era Isabel Flores y Olivia. Pero era tan hermosa que, siendo muy pequeña, su madre, considerándola bella como una flor, comenzó a llamarla Rosa.
Según relata su primer biógrafo, fray Leonardo Hansen, siendo adolescente Rosa sufrió de escrúpulos a causa de su nuevo nombre y un día fue a la iglesia de Santo Domingo y se postró ante la imagen de la Virgen del Rosario, de la que era muy devota, para suplicarle un medio que la librase de un nombre que consideraba que había sido inspirado a sus padres por la vanidad. Entonces la Virgen se le apareció con el Niño en brazos y le dijo: "Este divino Niño que tengo aquí aprueba el nombre que llevas, pero desea que añadas también el de su Madre. Y así, de hoy en adelante, te llamarás Rosa de Santa María".
En 1606, con 20 años de edad, recibió el hábito de la Tercera Orden de Santo Domingo. Como dominica seglar, continuó viviendo en la casa de sus padres, dedicada completamente a una vida de oración intensa, penitencia, trabajo y caridad con los enfermos y pobres.
Murió el 24 de agosto de 1617, a los 31 años, en Lima.
Tuvo un inmenso amor a la Eucaristía y a la Virgen del Rosario.
Cuenta el padre Hansen que, siendo Rosa "tan pobre y despegada de las cosas de la tierra", todo su tesoro consistía en un rosario de coral. Y un día fue a la iglesia de Santo Domingo y le pidió al sacristán que colgara su rosario del cuello de la imagen de la Virgen. Algunos días después, entrando Rosa en la capilla de la Virgen del Rosario, vio su rosario, pero no en el cuello de María, sino en las manos del Niño Jesús. "Esto es un milagro, ¿pero qué es lo que significa? No lo sé", dijo el sacristán muy sorprendido. Pero Rosa sí sabía: esperaba una señal de Jesús.
Rosa vivía en la Presencia de Dios y tenía un trato familiar con el Niño que, a veces, otros llegaban a vislumbrar.
Según relata el padre Hansen, mientras Rosa se ocupaba de sus labores de costura, el Niño se le aparecía, se sentaba sobre una mesa, le hablaba en silencio a su corazón, le sonreía y tendía hacia ella sus bracitos con ternura. Otras veces el Niño se posaba sobre un libro, se paseaba entre las líneas del texto y, mirando a Rosa con dulzura, le decía interiormente: "Léeme, porque Yo soy el Verbo o la Palabra: leeme con toda la atención de que soy digno porque, tan pequeño como me ves, encierro en mí todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia de Dios".
Un día, estando de visita en la casa de una señora, se retiró a un cuarto para orar. Una niña, hija de una criada de la casa, la sorprendió en el cuarto junto al Niño Jesús, vestido con una túnica en la que la púrpura se mezclaba con el azul del cielo. El Niño tenía el rostro brillante, con un resplandor celestial. Una cosa parecida pasó en la casa de Isabel de Mejía. La nieta de esta señora, oyendo que Rosa se paseaba en una galería retirada, fue a buscarla y la encontró caminando de la mano con el Niño, conversando en voz baja, con ios ojos fijos el uno en el otro.
Rosa tenía una talla del Dulce Nombre de Jesús y su Sacratísimo Corazón, una imagen del Niño al que llamaba dulcemente su "Doctorcito".
Según señala el padre Ángel Peña, en un libro sobre la santa limeña, este Niño  presidía la sala de la casa de Rosa donde atendía a los enfermos que llevaban a curar. Con él, como médico divino, obtenía curaciones milagrosas cuando no había remedio humano.
Rosa tuvo una vida mística intensa que, en parte, dejó entrever en unos pliegos de papel, con corazones de tela pegados y anotaciones de su puño y letra.
En uno de ellos representó las "mercedes hechas todas a un enamorado corazón tiernamente de Dios a una esclava de Cristo, indigna de ser contada entre los hijos de Dios, estampadas aquí con particular luz del cielo".
En esta composición, Rosa representó la segunda "herida de amor" con un corazón con una cruz en su parte superior y el Niño Jesús adentro. Y escribió: "Aquí descansó Jesús abrasándome el corazón".
Según Hansen, en algunos de sus éxtasis Rosa encontraba al "Amado de su corazón, a su dulce y adorado Jesús", como un recién nacido, en las pajas del pesebre, y lo adoraba "devotamente sonriendo en los brazos de su Madre y tendiéndole a ella sus divinas y pequeñas manecitas".
Pasando por los distintos estadios de la vida espiritual, Rosa, pocos meses antes de morir, recibió la gracia del desposorio místico.
Era el Domingo de Ramos de 1617. Para la procesión con los ramos, los sacristanes de la iglesia de Santo Domingo solían repartir palmas a todos los asistentes. Pero esta vez a Rosa no le tocó. Apenada, pensó que tal vez esto era consecuencia de alguna falta propia que no llegaba descubrir.
Al terminar la procesión, Rosa entró a la iglesia, fue a la capilla de Nuestra Señora del Rosario y se puso a llorar ante la Virgen.
Cuando alzó el rostro, vio que la Virgen la miraba con "un semblante más gracioso que el de costumbre". Entonces, cambió su ánimo, se alegró de no haber recibo la palma y le dijo a la Virgen: "Dios no quiera, Madre mía, que yo esté estrañando por más tiempo una palma que me habría dado una mano mortal. ¿No sois vos la magnífica palmera que adorna el desierto de Cades? Pues vos me daréis uno de vuestros ramos, y jamás se marchitará".
Vio entonces que la Virgen posó su mirada en el Niño Jesús que llevaba en brazos y luego volvió a mirarla con una dulce sonrisa. Entonces el Niño también la miró y le dijo: "Rosa de mi corazón, sé para siempre mi fiel esposa".
Rosa asintió. Mandó a hacerse un anillo con estas palabras grabadas en él: "Rosa de mi corazón, sé tú mi esposa". Al concluir la misa del Domingo de Pascua, se colocó el anillo, símbolo del amor que no tiene fin, de la verdadera palma que no se marchita.
"Rosa de mi corazón"...


domingo, 20 de agosto de 2017

#222 Los caminos de Dios


Los planes de Dios... Los tiempos de Dios... Los caminos de Dios...
Este pesebre me lo regaló en junio de 2017 mi compañera de trabajo Nerea González Pascual y las vueltas que dio hasta llegar a mis manos son un mensaje en sí mismo...
Nerea hace tiempo que tenía la idea de regalarme un pesebre. Para la Navidad de 2016 le encargó a Mercedes, su mamá, que le comprara uno en su tierra, Salamanca (Castilla y León, España). El plan era enviarlo con el primer conocido que viajara a Argentina.
La hermana de Alberto, otro compañero de trabajo, iba a viajar a Buenos Aires en marzo, así que, pocos días antes de carnaval, la madre de Nerea envió el pesebre por correo a la casa de la familia de Alberto en Madrid.
Pero el paquete nunca llegó a destino. La encomienda pasó literalmente perdida toda la Cuaresma. Hasta que, para Pascua, la madre de Nerea recibió un mensaje de la oficina de correos avisando que el paquete había regresado de Madrid a Salamanca...
Nuevo intento: en mayo otro compañero de trabajo, Aitor, viajaría a Cataluña y luego regresaría a Buenos Aires, así que Mercedes envió esta vez el pesebre por correo a la casa de la madre de Aitor en Seva, provincia de Barcelona.
Finalmente el 5 de junio, un día después de la fiesta de Pentecostés, me encontré con este hermoso pesebre sobre mi escritorio de la oficina, con dos cartelitos: "lost & found, pesebre charro", "con 'reyes' porque viene de Castilla"...
Les confieso que, cuando el pesebre se perdió para el tiempo de Cuaresma y me lo contaron, un poco me desilusioné, pero enseguida le encomendé el asunto al arcángel Gabriel, patrono de los correos, y me consolé con la idea de que, si alguien se quedaba con el pesebre, sería un bien para su vida. Pero en el fondo, confié en que aparecería y me dije: "Si finalmente llega a mi, voy a escribir sobre Dios y sus tiempos y caminos, que no siempre coinciden con los nuestros".
Y es así. El pesebre llegó a destino cuando Dios quiso, ni antes ni después.
Tal como dice san Pablo en la carta a los Gálatas, Dios envió a su Hijo "cuando llegó la plenitud del tiempo", cuando se cumplió el tiempo establecido por Él. Ni antes ni después.
Esto, por supuesto, escapa a nuestro entendimiento. Queda en el misterio insondable de Dios, en su infinita sabiduría.
Los tiempos de Dios, por tanto, nos invitan, desde lo que no comprendemos ni llegamos a ver, a la humildad y a la paciencia."Pues la visión se realizará en el tiempo señalado; marcha hacia su cumplimiento, y no dejará de cumplirse. Aunque parezca tardar, espérala; porque sin falta vendrá" (Habacuc 2, 3).
También los caminos de Dios, el modo en que dispone las cosas, pueden desconcertarnos, pueden resultarnos incomprensibles. A veces sus senderos no son tan "lineales" ni tan "llanos" ni tan "anchos" como pretendemos o como nuestro limitado criterio nos dice que deberían ser. Pero Dios sabe por qué obra como obra... y todo lo hace bien.
"¡Qué magníficas son tus obras, Señor, qué profundos tus designios! El ignorante no los entiende ni el necio se da cuenta" (Salmo 91, 6-7).
Este pesebre dio tantas vueltas, recorrió tantos kilómetros... nuestro criterio humano podría decir que eso fue innecesario, que podría haber llegado de un modo más directo y en menos tiempo a destino... que algo salió mal en el plan original...
Pero, como dice el Señor: "Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos" (Isaías 55, 8-9).
Dios lo quiso así e intuyo que no fue un error, sino algo bien planificado para que el "misterio" de su Hijo recorriera tantos sitios y para que muchas personas, a sabiendas o no, portaran este tesoro y lo llevasen hasta este confín del mundo.
"¡Qué profunda y llena de riqueza es la sabiduría y la ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus designios y qué incomprensibles sus caminos!" (Romanos 11, 33).
Creo que es una pequeña parábola de lo que es nuestra vida en las manos de Dios, de los caminos misteriosos que nos hace recorrer y de tantas y tantas personas que, convertidas en sus instrumentos, lo sepan o no, pone en nuestro caminar...
El hombre propone, pero Dios dispone. "El hombre planea su camino, el Señor le dirige los pasos" (Proverbios 16, 9). Y lo mejor de todo, lo único que nos permite caminar cuando no vemos lo que hay detrás de la curva del sendero, aquello que alimenta nuestra confianza, es saber que "Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman" (Romanos 8, 28).



miércoles, 26 de julio de 2017

#221 Xixá




Este pesebre lo compré en mayo de 2017 en Porto de Galinhas (Pernambuco, en el norte de Brasil), en la tienda Luz e Arte.
Las figuras son muy alegres y coloridas y están a la sombra de una cáscara de xixá, fruto de un árbol del mismo nombre que crece particularmente en el Cerrado, una amplia ecorregión de sabana tropical de Brasil.
Este fruto también recibe otros nombres, como araxixão, chichá, mandoví, amémdoa do cerrado, castanha de macaco, amendoim de bugre, pau vidro y pau de bóia.
El vocablo "xixá" viene de la lengua aborigen tupí y significa "fruto semejante a una mano o puño cerrado", una buena descripción de la forma de este fruto, que esta formado por unas cuatro o cinco cápsulas que en su interior guardan de cinco a ocho semillas ovaladas, semejantes a almendras en su forma y cuyo sabor es una mezcla entre maní y coco.
Este fruto, exteriormente, va cambiando de color. De verde pasa a amarillo. Y cuando madura es de un rojo intenso, muy llamativo. Entonces se abre por un lateral y quedan a la vista las semillas. Cuando se abre completamente, el fruto adquiere una forma de corazón. Por eso también se le llama coloquialmente “coraçãozinho do Cerrado” ("corazoncito del Cerrado").
Sabiendo estos poquitos datos, la cascara abierta de xixá como parte de este pesebre se vuelve rica en significados...
Esa mano, ese puño cerrado que guarda lo nutritivo, lo sustancioso, lo sabroso, se abre para dar... ¿Cómo no ver en esta figura la mano de Dios Padre que se abre ante nosotros para darnos lo mejor, que es su propio Hijo?
Hijo que, además, se nos ofrece como Alimento diario...
¿Y cómo no ver en este "corazoncito" maduro, rojizo, que se desgarra para dar lo atesorado en su interior, al Corazón Sagrado del propio Jesús, su costado abierto del que brota la Vida verdadera?



viernes, 14 de julio de 2017

#220 Coronada de estrellas


Este pesebre me lo regaló mi papá en mayo de 2017. Fue comprado en la librería Nuestra Señora del Carmelo, en Buenos Aires, pero es original de Filipinas.
Está hecho con materiales diversos, como madera, tela, fibra vegetal y metal, y las imágenes son de estilo clásico.
De este conjunto -delicado, sencillo, armonioso-, me cautiva la figura de la Virgen. Aparece realzada por una aureola de piedras resplandecientes, una corona de estrellas... mientras Ella, humildísima, se postra, se abaja, se inclina sobre su Jesús, el Hijo de Dios.
La coronada de estrellas es la Virgen del pesebre. Es María, quien en tantísimas de sus advocaciones es representada rodeada por estrellas.
Es una imagen que recuerda a la "mujer vestida de sol" de Apocalipsis, un pasaje que se lee en la liturgia de la Palabra correspondiente a la solemnidad de la Asunción de la Virgen María: "Se abrió en el cielo el santuario de Dios y en su santuario apareció el arca de su alianza. Después apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas. Apareció otra señal en el cielo: Un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas. Con la cola barrió del cielo un tercio de las estrellas, arrojándolas a la tierra. El dragón estaba enfrente de la mujer que iba a dar a luz, dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera. Dio a luz un varón, destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos. Arrebataron al niño y lo llevaron junto al trono de Dios. La mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar reservado por Dios. Se oyó una gran voz en el cielo: «Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo»" (Apocalipsis 11,19a;12,1.3-6a.10ab).
Es cierto que muchos ven en las doce estrellas de la corona de la "mujer vestida de sol" una imagen de los doce apóstoles.
Pero hay otras interpretaciones, como la de san Bernardo de Claraval, que entiende estas doce estrellas como las doce "prerrogativas" o gracias con las que la Virgen ha sido distinguida en modo singular.
Para el santo abad, las doce estrellas con que la real diadema de María resplandece sobre todos pueden agruparse en prerrogativas del cielo, prerrogativas del cuerpo y prerrogativas del corazón.
Las enumera así san Bernardo: "Para mí brilla un singular resplandor, primero, en la generación de María; segundo en la salutación del ángel; tercero, en la venida del Espíritu Santo sobre ella; cuarto, en la indecible concepción del Hijo de Dios. Así, en estas mismas cosas también resplandece un soberano honor, por haber sido ella la primiceria de la virginidad , por haber sido fecunda sin corrupción, por haber estado encinta sin opresión, por haber dado a luz sin dolor. No menos también con un especial resplandor brillan en María la mansedumbre del pudor, la devoción de la humildad, de magnanimidad de la fe, el martirio del corazón".
Son todas "estrellas" que, como los misterios del Rosario, nos invitan a meditar, una a una, en estas gracias de la Virgen, Reina del Cielo, y, particularmente, a aprender de su mansedumbre y humildad... ¡Cuánto más brilla y resplandece su corona en la sencillez y la pobreza del pesebre!



sábado, 1 de julio de 2017

#219 Piedrita

Este pesebre me lo regaló en abril de 2017 mi compañero de trabajo Alberto Ortiz, que lo trajo de Cuzco, Perú. Está tallado en una piedra de Huamanga muy pequeñita, lo cual habla de la destreza del artesano y... de cómo algo tan diminuto puede encerrar un mensaje tan grande.
A mi me hace acordar a ese gesto de arrojar piedritas que equivale a declaración de amor. Quizás esté en desuso, pero siglos atrás cuando un hombre quería hacer saber a una dama de su pretensión amorosa le tiraba una piedrecita a los pies o a la falda. Era una forma sutil de llamar su atención. O le arrojaba piedritas a la ventana o a la puerta de su casa, para que saliera o le dejara entrar...
Y Dios nos arroja también piedritas para ver si nos damos vuelta, le vemos a los ojos y nos avivamos de cuán enamorado está.
Nos arroja piedritas a la ventana en nuestras noches para ver si nos despertamos, nos levantamos y nos asomamos a su misterio de Amor.
Nos tira piedritas a la puerta de nuestras vidas, a ver si le abrimos de una buena vez y le dejamos entrar... "Estoy a la puerta y llamo" (Apocalipsis 3,20). "¡Abreme, hermana mía, mi amada, paloma mía, mi preciosa!" (Cantar 5,2).
Dios, enamorado, nos manda uno tras otro sus mensajes de amor. Pero no siempre le sabemos interpretar... a veces estamos muy dormidos, o demasiado distraídos o simplemente aun no aprendimos a descodificar su bello lenguaje: nos dice "te amo" en cosas tan pequeñas, cotidianas y sencillas como una piedrita.




domingo, 18 de junio de 2017

Niño invitado #51: Esto es mi Cuerpo


Esta foto la tomé en julio de 2016 en la Basílica del Santísimo Sacramento, de Buenos Aires.
No hay más que contemplar ese rostro inocente y dulce del Niño Jesús y escuchar en el corazón lo que nos dice: "Esto es mi Cuerpo".
Muchas veces he pensado que, si bien el Niño recién nacido no podía hablar, su sola disposición en el pesebre, acostado sobre pajas, pobre, pequeño, vulnerable, expuesto a la adoración de los humildes pastores, quizás con los brazos extendidos como todo bebé que quiere ser alzado, abrazado por otro, era ya un mensaje anticipado de su Eucaristía: "Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes".
Porque Jesús se nos ofrece en la Eucaristía así, mas pequeño que el más pequeño de los niños, humildísimo, puro, inocente, frágil...
Con sus brazos extendidos, siempre invitando, siempre pidiendo que lo recibamos en libertad y por amor, nunca imponiéndose... arriesgándose a nuestro rechazo, nuestra indiferencia...
No hay palabras para un misterio tan grande como la grandeza del Hijo, verdadero Dios y verdadero Hombre, que se entrega y se nos entrega, que nos da Vida y es presencia y compañía, hecho Eucaristía.



"Acuérdate de que, subiendo al Padre,
no podías dejarnos aquí huérfanos,
y haciéndote en la tierra prisionero
supiste velar bien tu resplandor divino.
Pero es pura y radiante la sombra de tu velo,
Pan vivo de la fe, alimento celeste.
¡Oh misterio de amor!
¡Mi pan de cada día,
Jesús, eso eres tú!"

Santa Teresa del Niño Jesús, 



domingo, 4 de junio de 2017

Pesebre invitado #50: De una sola pieza




Esta foto la tomé en diciembre de 2016 en el bautisterio de la Basílica de María Auxiliadora y parroquia San Carlos, de Buenos Aires.
Se trata de un pesebre hecho en un único bloque de madera tallado, una escultura bellísima, muy delicada, que nos acompañó en las misas diarias en el bautisterio durante parte del Adviento de 2016 y el tiempo de Navidad.
Ya había visto esta imagen una vez en la parroquia unos años atrás y, a primera vista, me atrapó su belleza. Recuerdo que un hermano de la parroquia comentó entonces, también admirando este pesebre: "Es una verdadera obra de arte. Ya no las hacen así... es de una sola pieza".
Y ese "de una sola pieza" resonó en mi corazón y me recordó automáticamente a la túnica de Jesús, que era "de una sola pieza". Nunca había reparado en el significado de la túnica de una sola pieza de Jesús y me dije en ese entonces que, si alguna vez tuviera la oportunidad de volver a ver este pesebre y sacarle una foto, escribiría sobre ello en este blog... ¡Y se dio!
La túnica "inconsturil" -sin costuras-, como la llaman, aparece mencionada en el relato de la Pasión y Muerte del Señor en el evangelio de san Juan:
"Después que los soldados crucificaron a Jesús, tomaron sus vestiduras y las dividieron en cuatro partes, una para cada uno. Tomaron también la túnica, y como no tenía costura, porque estaba hecha de una sola pieza de arriba abajo, se dijeron entre sí: «No la rompamos. Vamos a sortearla, para ver a quién le toca.» Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mis vestiduras y sortearon mi túnica. Esto fue lo que hicieron los soldados" (Juan 19, 23-24).
La exégesis tradicional considera que la túnica inconsútil simboliza la unidad de la Iglesia, Iglesia que es el cuerpo místico de Cristo.
Según san Agustín, el reparto de las vestiduras en cuatro lotes figuraba la Iglesia extendida por las cuatro partes del mundo, mientras que la túnica es la figura de "la unidad de la cuatro partes por el vínculo de la caridad".
Para el "doctor de la gracia", la túnica era sin costuras "para que nunca se desuna" y, hecha de una única pieza, "tiende a la unidad porque a todos reúne en un centro".Los soldados dividieron en cuatro partes los vestidos, o sea la indumentaria "exterior" de Jesús, pero no la túnica, que era una especie de ropa interior, que se llevaba en contacto directo con el cuerpo.
Para el padre Raniero Cantalamessa, franciscano y predicador pontificio, esto es también un símbolo: "Los hombres podemos dividir a la Iglesia en su elemento humano y visible, pero no su unidad profunda que se identifica con el Espíritu Santo. La túnica de Cristo no fue ni jamás podrá ser dividida".
Otra característica de la túnica era, según el evangelio de san Juan, que estaba tejida de "arriba abajo". En esta particularidad leyó san Cipriano que la unidad que trae Cristo procede de lo Alto, del Padre, y, por tanto, es un don que se nos da, que debemos acoger y custodiar.
San Bernardo de Claraval, en su "Apología al abad Guillermo", señala que Jesús deja su túnica a su Esposa, la Iglesia, como "prenda de su herencia definitiva".
El "reformador del Císter" observa que esta túnica está tejida "de hilos muy distintos por su color", en alusión a la pluralidad de carismas diversos en la Iglesia, una "preciosa variedad" que "la hace inconfundible".
Esta túnica viene además "teñida de sangre, no de cabrito, que simboliza el pecado, sino de cordero, que representa la inocencia". Es la sangre del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.
San Bernardo hace en medio de su escrito una oración: le pide al Padre que nos mire, como Iglesia, como Cuerpo de Cristo, y le pregunta si puede reconocer en nosotros la túnica de su Hijo predilecto.
"Reconoce, Padre todopoderoso, la túnica de tantos colores que tejiste para tu Cristo, haciendo a unos apóstoles. a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, con otras muchas riquezas que acumulaste en sus preciosos atavíos para perfección consumada de los santos, hasta llegar a la edad adulta, a la medida de madurez de la plenitud de Cristo. Dígnate también, Dios mío, reconocer la púrpura que salpicó su preciosísima sangre con la que fue empapada, y admira en esta púrpura la noble señal y la impronta más victoriosa de la obediencia".
Hoy, que celebramos la fiesta de Pentecostés, el inicio de la vida de la Iglesia bajo el impulso del Espíritu Santo, en buena parte del mundo también comienza la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. ¡La Trinidad nos conceda el don de la unidad... para que el mundo crea!


"Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.
Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno –yo en ellos y tú en mí– para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que tú me has enviado, y que yo los amé cómo tú me amaste".
Juan 17, 21-23

viernes, 2 de junio de 2017

#218 San José perdido... ¡y encontrado!



Este pesebre tiene su historia.
Me lo regaló en febrero de 2017 mi sobrino Juan Cruz y lo hizo él mismo, con papel, en el colegio.
Antes de llegar a mis manos, una de las piezas de este pesebre, la de san José, se dio unos buenos paseos...
Primero la mamá de un compañero de Juachi descubrió que en el pesebre de su hijo había dos san José: el José hecho por Jua, no se sabe cómo, fue a parar a la casa de su compañero...
De allí volvió a la escuela para reencontrarse con el resto de los integrantes del pesebre para luego ir a la casa de mi sobrino. Pero grande fue la sorpresa cuando, al armar el pesebre en la casa, faltaba otra vez san José.
Después de una intensa búsqueda -¿habrán dado intervención a san Antonio de Padua?-, san José apareció finalmente en el baúl del auto de los padres de Jua.
¿Por qué se desaparecía san José? ¿Qué se iba a hacer sin decir una palabra? Esbozamos varias teorías, pero ninguna nos terminaba de convencer...
Se me ocurrió entonces que para encontrar a san José hay que buscar sus rastros en el Evangelio...
A san José se lo encuentra en la vida ordinaria de Nazaret, en el trabajo cotidiano, en el calor del hogar...
En la escucha de la Palabra, en la oración, en el discernimiento, en los "sueños" de Dios... Allí está José, también en la honestidad, en su ser "hombre justo", en su amor a María...
José está en la obediencia a Dios, en la docilidad a los planes del Padre, planes que muchas veces no se entienden o causan perplejidad...
San José está en la acogida a Jesús, en la protección de la Vida...
Está en lo cotidiano de Nazaret, pero también en la excepcional, milagrosa y fecunda precariedad de Belén... en los éxodos que se presentan en la vida... en la piedad que conduce a Jerusalén... y en todos los caminos que conectan estos puntos.
A san José se lo encuentra en los ojos de la Virgen y en los de Jesús... ellos contemplaron muy de cerca la santidad oculta y silenciosa de este hombre de Dios.
"¿Dónde estabas, san José?", le pregunto mirando este pesebre. Me responde con una sonrisa silenciosa...
Entonces mito al pequeño Jesús, que también una vez se "perdió" y fue encontrado. "¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?".
Me gusta pensar que en esta respuesta de Jesús hay un poquito de José... que muchas veces Jesús lo habrá buscado y siempre lo encontraba ocupándose de las cosas del Padre, sea lo que fuere que estuviese haciendo. ¡A José se lo encuentra en los asuntos de Dios!
Si observaron con detenimiento, habrán notado que en el pesebre que me regaló mi sobrino hay una figura que falta. El que se perdió ahora es un rey mago, pero esa... ¡esa es otra historia!

jueves, 11 de mayo de 2017

#217 Trenzar coronas




Este pesebre me lo regalaron en febrero de 2017 Teresa y Susana Gargiulo, dueñas de "la casa del pesebre".
Es una pieza con la imagen del nacimiento, en colores navideños, rodeada de una corona de paja, para colgar en una puerta.
Es una corona muy sencilla, apenas con un moño, algo de verde y unos hilos de brillo sutil... Una corona muy simple que rodea a Jesús, a María...
Me parece una linda imagen de lo que representa rezar una coronilla, una oración basada en las cuentas del santo Rosario, que es en sí mismo una corona de "rosas" para la Virgen.
Hay muchas variantes de coronas o coronillas y las más antiguas se remontan al siglo XIII, poco tiempo después de que se iniciara la devoción al santo Rosario.
Quizás la coronilla más conocida en nuestros días sea la de la Divina Misericordia, que el propio Señor le enseñó en septiembre de 1935 a santa Faustina Kowaslka, a quien cuatro años antes se le había aparecido por primera vez Jesús Misericordioso. El rezo de esta coronilla está ligado a una promesa de salvación de las almas.
Hay una oración en el Diario de santa Faustina me ha cautivado últimamente:
"Oh, Jesús mío, por la confianza en Ti, trenzo miles de coronas y sé que todas florecerán. Y sé que florecerán cuando las Ilumine el Sol Divino".
Podría imaginarse que este "trenzar coronas" hace referencia a la coronilla que Jesús Misericordioso le había enseñado. Peto no es así, ya que Faustina escribió esta oración, incluida entre las primeras páginas de su Diario, en julio de 1934.
En ese tiempo, Faustina vive en el convento de Vilna. Hace poco se ha ofrecido por los pecadores y especialmente por aquellas almas que han perdido su confianza en la Misericordia de Dios. Ofrece por ellos todo lo que puede: comuniones, penitencias, sacrificios y también oraciones. Es, creo yo, su modo de "trenzar coronas", miles de ellas...
Nadie puede hacer cosa semejante sin que lo mueva el amor a Dios y a las amas... almas de las que el Señor tiene sed.
Y nadie puede hacer cosa semejante sin esa confianza de la que habla Faustina en su oración, una confianza que implica una certeza, la de saber que todo ello dará su fruto en las manos de Dios: "sé que todas florecerán".
¿Con qué están trenzadas esas coronas para que de ellas nazcan flores?
Uno puede ver en esas fibras sencillas, sin brillo, incluso secas, como las de mi pesebre, todas esas oraciones que se elevan día a día, que a veces parecen repetitivas, que a veces se hacen con esfuerzo, aridez, pero con gran confianza en que Dios las recoge para derramar Misericordia. Los frutos quizás no se ven, pero la corona, que parece ser apenas un poco de paja trenzada, un día florecerá.
Pero también podemos ver en estos hilos de la corona las almas mismas por las que se ofrecen oraciones y sacrificios. Son como cuentas de un Rosario que, una a una, son puestas por quien intercede por ellas ante el Corazón Misericordioso de Jesús, para que los dos rayos que salen de Él las iluminen, les den calor y las transformen. Entonces florecen porque les da de lleno el Sol Divino. Y esa es la certeza que Faustina expresa en su oración.
Una curiosidad: al tiempo que Faustina trenzaba estas coronas espirituales esperando su floración, en el convento desarrollaba en esa época el oficio de jardinera.
En verdad, no tenía la menor idea de jardinería. Pero se hizo aconsejar por quienes sí sabían. "El Señor me bendecirá aunque no sepa nada", decía Faustina.
Cuentan que, pese a su salud debilitada, se entregó a este oficio temporal "con todo su corazón".
Las condiciones no eran buenas: no contaba con mucha ayuda, los inviernos eran crudos y una temporada llovió a mares y los yuyos terminaron ahogando los brotes del jardín.
Sin embargo, los testimonios coinciden en que Faustina siempre trabajó con dedicación, paciencia y alegría...
Su empeño, más allá del oficio encomendado por la obediencia, era "poder ofrecer flores al Señor Jesús". Le gustaba llenar de flores la capilla, sobre todo en invierno, cuando la nieve lo cubría todo y quedaban pocos rastros de verdor. Ella misma instaló un invernadero y su "orgullo" eran los jacintos, rosas y tulipanes que lograban florecer gracias a la perseverante labor de sus manos. "Toso esto es para el Señor Jesús", explicaba al mostrar sus flores.
Pues así, tal cual y en simultáneo, Faustna cultivaba otras "flores" para trenzar miles de coronas para su Sol Divino.


Oh, Jesús mío, por la confianza en Ti,
trenzo miles de coronas
y sé que todas florecerán.
Y sé que florecerán cuando
las Ilumine el Sol Divino".

Sor María Faustina
del Santísimo Sacramento
Vilna, 28 de julio de1934.
(Diario, 4).


jueves, 27 de abril de 2017

#216 Campana de cristal


Este pesebre me lo regalaron en febrero de 2017 las encantadoras Teresa y Susana Gargiulo, dueñas de "la casa del pesebre".
Es una campanita de cristal que dentro tiene las figuras en peltre de María, José y el Niño en el pesebre.
Dice santa Teresa de Jesús, en "Las Moradas", que el alma es un castillo interior de muy claro cristal.
Lo expresa de ese modo, con esa imagen, para invitarnos a entrar en nuestra interioridad, nuestro más profundo ser, e iniciar así un itinerario que conduce al encuentro de amistad, de intimidad, con Dios, que nos habita.
La puerta de entrada a este castillo es la oración. Ése es el primer paso, franquear nuestra propia exterioridad y adentrarnos en una aventura inimaginable.
Seguramente hay muchos que tienen temor de entrar en su propio castillo interior, miedo a alzar la mirada y encontrarse con viejas heridas, dolores profundos, equivocaciones, debilidades, faltas...
El itinerario que propone Teresa no esquiva este encuentro con parte de la propia verdad -la dolorosa y amarga- de cada uno, pero lo sitúa dentro de un proceso que, antes, hace a la persona descubrir que también es parte de su verdad más profunda la dignidad y la belleza de ser hijo de Dios.
Por eso, una vez atravesado el umbral de la propia interioridad, el paso siguiente que propone Teresa es "considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas", pues "no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso" adonde Dios "tiene sus deleites".
"No hallo yo cosa con qué comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad; y verdaderamente apenas deben llegar nuestros entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla, así como no pueden llegar a considerar a Dios, pues él mismo dice que nos creó a su imagen y semejanza", afirma la santa.
Esta belleza interior, esta luminosidad cristalina, procede de Dios, que nos habita. La luz de Dios traspasa todo nuestro cristal interior, ilumina cada uno de nuestros rincones... Y ciertamente tanta luz deja en evidencia nuestras oscuridades, nuestras imperfecciones, así como se notan las manchas en un vidrio cuando le da el sol de lleno... Esto puede resultar doloroso, amargo... pero hay que dejarse sanar, limpiar y restaurar por Aquel que nos habita, que ya está allí dentro, dándonos su calor y su luz.
Esto es también parte de la oración, parte del trato de amistad con Dios, de estar íntimamente con Aquel que sabemos nos ama... de permitir que su Palabra reverbere misteriosamente en nuestro cristal, que en esta campana resuene su música callada...


"El alma es de cristal,
castillo luminoso,
perla oriental.
Palacio real,
con inmensas moradas,
donde morar,
centro y mitad,
está en medio del alma
la principal.

En ella pasan
las cosas más secretas
de Dios y el alma.

Es de cristal,
castillo luminoso,
perla oriental.

Siempre obligada
la oración es la puerta
de las moradas.

El alma es de cristal,
castillo luminoso,
perla oriental.
Palacio real,
con inmensas moradas,
donde morar,
centro y mitad,
está en medio del alma
la principal.

En ella habita
el Rey que da a la esposa
vida infinita.

Es de cristal,
castillo luminoso,
perla oriental.

Hay una fuente,
y el árbol de la vida
y Dios viviente.

Es de cristal,
castillo luminoso,
perla oriental.

En ella pasan
las cosas más secretas
de Dios y el alma".



"El castillo de cristal", canción de Rafael María León, ocd.

jueves, 20 de abril de 2017

#215 Casita de fósforos




Este pesebre, dentro de una cajita de fósforos, me lo regaló mi amiga Sofía Terrile en diciembre de 2016. Fue hecho en Perú, pero comprado en Niza, en el sur de Francia.
Cuando buscaba una relación entre los fósforos y Dios encontré que a veces, a modo de recurso para la catequesis, se ha utilizado la figura de tres fósforos encendidos como analogía para hablar de la Santísima Trinidad.
Si tomamos tres fósforos, los juntamos y los encendemos, arderán en una sola y misma llama, aunque distingamos tres cerillas. Es una imagen que puede ayudar a acercarnos un poco al misterio de la Trinidad: un solo Dios en tres personas.
El trinitario es un misterio de fe muy grande, insondable... ¡Cuánto más sobrepasa nuestro entendimiento la idea de estar habitados por la Trinidad!
¿Puede realmente la Trinidad infinita habitar en nuestro pobre y limitado corazón? Este pesebre, a su modo, me susurra que sí: en una cajita frágil, pequeña, de pobre cartón, se esconde Dios...
Hay alguien que intuyó este misterio y se lanzó a la aventura de vivirlo. Se llama santa Isabel de la Trinidad, una carmelita francesa que hizo vida lo que marca su "nombre nuevo". Cuando hizo su Primera Comunión, una carmelita le escribió en una estampa que Isabel quería decir "casa de Dios": "En tu bendito nombre se encierra todo un misterio que hoy se cumplió. Tu pecho, niña, es en esta tierra  «Casa de Dios», del Dios del amor". Descubre entonces que su nombre encierra su verdadera vocación, lo que está llamada a ser.
Isabel llegó a tener tal certeza de estar habitada por la Trinidad y un trato tan familiar e íntimo con las tres Divinas Personas que las llamaba amorosamente  "mis Tres".
En silencio, en recogimiento interior, Isabel se metía en su "casita" para adorar a sus Tres: "Todo mi ejercicio es entrar adentro y perderme en Los que están allí. ¡Lo siento tan vivo en mi alma! No tengo más que recogerme para encontrarlo dentro de mí. Eso es lo que constituye toda mi felicidad".
"¡Qué buena es esta presencia de Dios dentro de nosotros, en este santuario íntimo de nuestras almas! Allí lo encontramos siempre, aunque por el sentimiento no sintamos más Su presencia. Pero, con todo, está allí. Allí es donde me gusta buscarlo. Procuremos no dejarlo nunca solitario. Que nuestras vidas sean una oración continua", recomendaba.
Isabel buscó en el interior de su "casita" y se descubrió habitada por el fuego de Amor de la Trinidad, por una llama de Amor viva que tiernamente la hería en su más profundo centro.
"Me parece que he encontrado mi cielo en la tierra, puesto que el cielo es Dios y Dios está en mi alma".



Elevación a la Santísima Trinidad

"¡Oh, Dios mío, Trinidad a quien adoro! Ayúdame a olvidarme enteramente de mí para establecerme en Ti, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de Ti, ¡oh mi Inmutable!, sino que cada minuto me sumerja más en la hondura de tu Misterio.
Inunda mi alma de paz; haz de ella tu cielo, la morada de tu amor y el lugar de tu reposo. Que nunca te deje allí solo, sino que te acompañe con todo mi ser, toda despierta en fe, toda adorante, entregada por entero a tu acción creadora.
¡Oh, mi Cristo amado, crucificado por amor, quisiera ser una esposa para tu Corazón; quisiera cubrirte de gloria, amarte… hasta morir de amor! Pero siento mi impotencia y te pido «ser revestida de Ti mismo»; identificar mi alma con todos los movimientos de la tuya, sumergirme en Ti, ser invadida por Ti, ser sustituida por Ti, a fin de que mi vida no sea sino un destello de tu Vida. Ven a mí como Adorador, como Reparador y como Salvador.
¡Oh, Verbo eterno, Palabra de mi Dios!, quiero pasar mi vida escuchándote, quiero hacerme dócil a tus enseñanzas, para aprenderlo todo de Ti Y luego, a través de todas las noches, de todos los vacíos, de todas las impotencias, quiero fijar siempre la mirada en Ti y morar en tu inmensa luz. ¡Oh, Astro mío querido!, fascíname para que no pueda ya salir de tu esplendor.
¡Oh, Fuego abrasador, Espíritu de Amor, «desciende sobre mí» para que en mi alma se realice como una encarnación del Verbo. Que yo sea para El una humanidad suplementaria en la que renueve todo su Misterio.
Y Tú, ¡oh Padre Eterno!, inclínate sobre esta pequeña criatura tuya, «cúbrela con tu sombra», no veas en ella sino a tu Hijo Predilecto en quien has puesto todas tus complacencias.
¡Oh, mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza, Soledad infinita, Inmensidad donde me pierdo!, yo me entrego a Ti como una presa. Sumergíos en mí para que yo me sumerja en Vos, mientras espero ir a contemplar en vuestra luz el abismo de vuestras grandezas".

Santa Isabel de la Trinidad





jueves, 6 de abril de 2017

#214 Una almohada para el Niño mendigo


Este pesebre me lo regaló mi papá para la Navidad de 2016. Fue comprado en la librería de Nuestra Señora del Carmelo, en Buenos Aires, elaborado por el taller MSF y es como un pequeño almohadón de tela, para colgar, que tiene estampada la escena del Nacimiento.
El pequeño Jesús, que nació pobre en un pesebre, que no tuvo donde recostar su cabeza, el mismo que, agotado del trajín de la misión, se quedó dormido sobre el cabezal de una barca en plena tormenta, pide... ¡una almohada!
Para la Navidad de 1895, a santa Teresa del Niño Jesús se le ocurre crear una "dinámica" para el momento de recreación en el Carmelo de Lisieux. La titula "El Pequeño Divino Mendigo de Navidad" y la representación se inicia con un ángel que trae al Niño Jesús en brazos. El pequeño se ha hecho pobre y necesitado, pero en el mundo no ha encontrado más que indiferencia. Anda mendigando amor, pero como es tan pequeño para poder hablar, el ángel hace de portavoz: "!Oh conmovedor misterio! ¡Viene a pedirles limosna el que es Dios, el Verbo eterno!”.
El ángel les da entonces a las monjas una canasta con papelitos. Cada una va sacando uno y, al leerlo, descubre lo que el Niño ha venido a pedirle... y lo que le pide es, básicamente, el regalo del propio ser, pero expresado con la genial creatividad de Teresa.
Así, el pequeño Jesús pide -les pide que sean para Él- una hostia blanca, un espejito, una estrella, un racimo de uvas, una flor, un cordero, miel... una almohada.
Esto es lo que dice el papelito:
«En el pesebre donde Jesús descansa
a menudo lo veo desvelado.
¿Quieres saber por qué?
¡No encuentra almohada alguna allí!
Sé que tu alma solo anhela
confortarlo noche y día.
¡Ah, bien! La almohada que Él desea
es tu corazón ardiendo de amor.
¡Ah! Sé siempre humilde y suave
para que el Divino Tesoro pueda decirte:
"¡Oh, mi esposa! En ti plácidamente me quedo dormido...".
"Mi esposa -repite-, en ti plácidamente me quedo dormido"».

El tema de la búsqueda de descanso por parte de Jesús aparece varias veces en los escritos de Teresita, en sus poemas y sus cartas. Y siempre el sitio de descanso es el corazón de las almas amigas.
En una carta a su tía, en noviembre de 1894, Teresa presenta a Jesús como el "divino Mendigo de amor" que anda pidiendo una "posada" para descansar... ¿pero descansar de qué?
En julio de 1893, en una carta a su hermana Celina, Teresa le señala que Jesús está muy cansado -escribe la palabra "cansado" toda en mayúsculas...-. Y añade: "Sus pies divinos están cansados de buscar a los pecadores".
Esta idea me transporta directamente al pasaje evangélico de la samaritana (Juan 4). Jesús está "fatigado del camino" y pide... pide de beber... tiene sed... sed de almas... sed de dar su Agua Viva a esas almas que anda buscando por los caminos.
A esta fatiga encuentra su descanso yendo a aquellas otras almas que se han dejado encontrar por Él. Son corazones por los que no tiene que luchar a brazo partido para entrar porque, más bien, le están esperando...
"El señor abate nos ha dicho que preparemos una buena morada para Jesús y que le hagamos un lugar hermoso en nuestro corazón donde pueda descansar. Que lo primero que teníamos que hacer era barrerlo, es decir, retirar de él todo lo que desagradase al Niño Jesús; y luego, recoger todas las flores que pudiéramos, es decir, las buenas acciones, para adornar con ellas nuestro corazón y prepararle así un lugar para descansar. Y que cuantas más flores hubiese, mejor sería", escribe Teresa en sus anotaciones de un retiro en mayo de 1885.
Son corazones en los que Jesús ya ha trabajado, ya ha acomodado unas cuantas cosas y ahora le pueden servir de descanso. Corazones purificados en su amor: "Si tu corazón está completamente desnudo y purificado, le servirá de lecho al santo Niño Jesús, que descansará santamente en él" (Teresa de Lisieux, "Testamento de san José", 1892).
Son aquellas almas que no le agobian con pedidos, reclamos, demandas, exigencias... En esos corazones Jesús descansa y, con libertad y confianza de amigo, incluso se duerme.
Cuando Teresa le escribió a Celina de cuán cansado andaba Jesús lo hizo en respuesta a una carta en la que su hermana le confiaba el estado de "aridez" de su alma, se sentía sumida en la nada aplastante, en la noche... esa "noche oscura" tan bien delineada por san Juan de la Cruz en la que el alma cree estar ausente de Dios...
Pero, le responde Teresa a su hermana, "Jesús está allí, dormido, como antaño en la barca de los pescadores", solo que "Celina no lo ve porque la noche ha caído sobre la navecilla".
Ciertamente Celina podría despertarlo -demandar su atención, reclamarle su Presencia sensible- y Jesús le consolaría, pero entonces el Señor ya no dormiría, no descansaría...
Teresa habla así por experiencia. Ella misma vivió esa "aridez", esa "noche", previo a su profesión religiosa y en otros momentos de su breve vida en este mundo. Pero ello no le aflige: "Esos ejercicios no sólo no me proporcionaron ningún consuelo, sino que en ellos la aridez más absoluta y casi casi el abandono fueron mis compañeros. Jesús dormía, como siempre, en mi navecilla. ¡Qué pena! Tengo la impresión de que las almas pocas veces le dejan dormir tranquilamente dentro de ellas. Jesús está ya tan cansado de ser Él quien corra con los gastos y de pagar por adelantado, que se apresura a aprovecharse del descanso que yo le ofrezco. No se despertará, seguramente, hasta mi gran retiro de la eternidad; pero esto, en lugar de afligirme, me produce una enorme alegría" (Manuscrito A).
Es la alegría del alma que, en fe, sabe que la ofenda de su corazón, de su almohadita, ha sido aceptada con todo gusto por su Señor, quien le ama con toda libertad y confianza.


"Acuérdate de haber vivido errante, 

extranjero en la tierra, ¡oh, Verbo eterno! 
Ni una piedra tuviste ni un abrigo, 
ni tan siquiera el nido que los pájaros tienen... 
Ven, ¡oh, Jesús!, a mí, 
reclina tu cabeza, ven... 
para recibirte tengo dispuesta el alma. 
Sobre mi corazón descansa, Amado mío, 
¡mi corazón es tuyo!"
(Teresa del Niño Jesús, "Jesús, Amado mío, acuérdate", poema, 1895)


"Vivir de amor es, mientras Jesús duerme,
permanecer en calma
en medio de la mar aborrascada.
No temas, ¡oh, Señor!, que te despierte,
espero en paz la orilla de los cielos...".

(Teresa del Niño Jesús, "Vivir de amor", poema, 1895)


jueves, 30 de marzo de 2017

#213 De rodillas



Este pesebre me lo regaló mi papá para la Navidad 2016. Está hecho en resina, tiene diez piezas, es de la marca Domine y fue comprado en la librería Nuestra Señora del Carmelo, de Buenos Aires.
La escena que recrea este pesebre es la de la adoración, en la que, según el relato evangélico, los magos de Oriente se "postraron" ante el Niño Jesús.
Si observan con detenimiento, verán que todas las figuras, salvo la del Niño, están inclinadas hacia adelante. Algunos están arrodillados, otros en genuflexión, otros solo con el torso inclinado...
Si se fijan, las posiciones son similares, pero cada una tiene su peculiaridad, no hay dos idénticas. Y es que al orar, y en particular en la adoración a Jesús, nuestro ser, alma y cuerpo, adopta actitudes y posiciones, interiores y exteriores, que buscan expresar algo ante Dios desde nuestra singularidad y desde nuestras circunstancias.
Santo Domingo Guzmán adoptaba diferentes posiciones al orar. De pie, hacía una inclinación profunda ante el altar o un crucifijo en señal de humildad, de reverencia, de veneración. Oraba también con frecuencia postrándose en tierra, apoyado sobre su cabeza, compungido en su corazón, para pedir perdón por los pecados. Oraba haciendo genuflexiones y arrodillado durante largo tiempo, sea intercediendo, sea en contemplación...
En la Biblia hay muchísimos ejemplos de personas que adoptan estas posturas ante Dios. Postrase con el rostro en tierra es propio de quien reconoce la presencia y el el poder sobrecogedor de Dios, como Abraham cuando el Señor hizo alianza con él. O como los apóstoles en la barca, después de ver a Jesús caminar sobre las aguas.
También hay muchos ejemplos de personas que se arrojaban a los pies de Jesús, un modo de pedir, también con el cuerpo, ser sanados, con plena confianza en Quien tiene poder para hacerlo.
Pero quizás el mayor ejemplo sea Jesús mismo, orando en el huerto de los Olivos. Lucas dice que Jesús se puso de rodillas, mientras que Mateo y Marcos apuntan que cayó y se postró con el rostro en tierra. Como sea, se abajó para orar así: "Padre mío, si es posible, que pase lejos de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya".
Dice Benedicto XVI que, con este gesto de arrodillarse o postrase, Jesús acepta "la caída del hombre, se deja caer en su caducidad, ruega al Padre desde la profundidad más absoluta de la soledad y la miseria humana", "pone su voluntad en la voluntad del Padre", "hace suya toda la negación de la voluntad del hombre y la sufre con su dolor" y "pone la voluntad humana en la voluntad divina".
Es un gesto sumamente profundo. Jesús arrodilla nuestra humanidad ante el Padre...
Hay quienes ven en el acto de doblar la rodilla una sumisión indigna o humillante. Sin embargo, desde la fe, arrodillarse ante Dios es reconocernos suyos, no como esclavos sino como hijos, y adorarlo.
Y muchas veces, lo que parece tan solo una postura "correcta" ante Dios, se vuelve una necesidad para aquella persona que se siente movida a expresar con todo su ser lo que quiere comunicarle al Señor.
Postrarnos, arrodillarnos, abajarnos... para ponernos ante los ojos del Señor, que Él pueda ver todas nuestras heridas y nos sane....
Agacharnos, hacernos pequeños ante Dios... para quedar totalmente escondidos bajo sus alas.
Inclinar nuestras cabezas ante Él... para que sus manos nos cubran con su bendición.
Sentarnos a los pies del Señor... para escuchar de cerca sus enseñanzas.
Arrodillarnos ante su pequeñez de Niño... para descubrir la puerta de entrad al Reino de los Cielos.
Arrojarnos a los pies de Jesús, como aquella pecadora, para bañarlos de lágrimas...
Inclinarnos ante un Jesús que se arrodilla frente a nosotros para lavarnos los pies, que se abaja a nuestra humanidad... Arrodillarnos porque nos ama de rodillas y deseamos amarlo, aunque sea un poco, como Él nos ama...
Leí una definición de orar, atribuida al teólogo alemán Karl Rahner, que me parece bellísima: "la oración es un amor que se pone de rodillas”.
Dios nos conceda la garcia de un corazón libre de orgullos y que, movido por el amor, no dude en arrodillarse ante Él, interior y exteriormente, para adorarle.


"¡Entren, inclinémonos para adorarlo!
¡Doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó!"
Salmo 95

"Pero yo, por tu gran bondad,
entraré en tu casa,
me postraré ante tu templo santo
con toda reverencia".
Salmo 5