sábado, 23 de mayo de 2015

#165 Escalera




Este pesebre lo compré en diciembre de 2014 en la ciudad argentina de Santa Fe.
Es una sola pieza, de cerámica, de origen chino, con las figuras de José, María y el Niño Jesús, como formados en escalera.
Esta figura me recuerda a la misteriosa escalera de Jacob, aquella por la que los ángeles iban y venían entre el cielo y la tierra.
Según se relata en el libro del Génesis (28,10-22), Isaac envía a su hijo Jacob a la tierra de Padán Aram, a buscar mujer para casarse.
Se pone en camino pero se hace de noche y decide hacer un alto. Toma una piedra, la usa de almohada y se echa a dormir.
Entonces sueña con una escalera que une tierra y cielo. Mensajeros de Dios suben y bajan por ella. Y el Señor, sobre la escala, le habla. Le promete darle aquella tierra en la que duerme y una descendencia por la que todos los pueblos del mundo serán benditos.
"Yo estoy contigo, te acompañaré adonde vayas, te haré volver a este país y no te abandonaré hasta cumplirte cuanto te he prometido", le dijo Dios.
Entonces Jacob despertó y dijo: "Realmente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía". Jacob, como la mayoría de sus contemporáneos, pensaba que Yavéh era el "dios" de un lugar, de la tierra prometida. Fuera de ese territorio, no estaba presente y, por tanto, se perdía su protección.
Pero Dios se le revela, se comunica con él, allí, en medio de la nada, del desierto, de la oscuridad, en tierra extraña, en lo que podría calificarse como un lugar cualquiera.
Dios está presente allí, en coordenadas y circunstancias inesperadas. Allí por donde nosotros hemos de pasar, allí está Él. Y no como espectador, sino como compañero, con su palabra, con su protección, con su alimento, con su bendición.
En las noches de nuestra vida, en los desiertos de nuestra existencia, Dios se nos regala, como a Jacob, para descubrir que no estamos solos.
Dios siempre estuvo, pero no lo sabíamos.
Sobrecogido, Jacob exclamó: este sitio es "nada menos que casa de Dios y puerta del cielo".
¿Dónde vive Dios? ¿Dónde le buscamos?
"Tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba", dice san Agustín.
"Si alguien me ama cumplirá mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él", dice el Señor (Juan 14,23).
¿Y cuál es la "puerta del Cielo"?
"Nadie va al Padre si no es por mí" (Juan 14,6). "Yo soy la puerta: quien entra por mí se salvará" (Juan 10,9).
Jesús camino, puente, entre cielo y tierra... escalera. En Él y por Él, Dios desciende hasta nosotros, y a nosotros nos es dado subir hasta el Padre. En esta escalera humanidad y divinidad se unen.
Dios encarnado, hecho hombre, cercano, en diálogo, que sale a nuestro encuentro, que se vuelve compañero de camino, que promete no abandonarnos. Como en el sueño de Jacob.
La "casa de Dios" y la "puerta del cielo" es allí donde Dios se encuentra con el hombre. Y es en Jesús donde Dios se abraza a la humanidad.
Es curioso: aquel sitio donde Jacob soñó con la escalera se llamó Betel. Suena a Belén, ¿no?


"Tú eres, Jesús, mi escalera,
Dios y hombre verdadero,
pues has bajado a la tierra
para que yo suba al cielo".

("La escala de Jacob", oración para niños)

miércoles, 13 de mayo de 2015

#164 Jesús dulce, Jesús amor



Este Niñito, sumido en un dulce sueño en una cunita de tela, lo compré en diciembre de 2014 en la santería Asís, del convento de Santa Catalina de Siena, en Buenos Aires, monasterio que albergó una comunidad de monjas dominicas entre 1745 y 1974.
Santa Catalina de Siena (1347-1380), doctora de la Iglesia, la que decía que su naturaleza era "fuego", fuego del amor de Dios, tuvo entre sus visiones una del Niño Jesús.
En una noche de Navidad, mientras contemplaba en silencio el pesebre, la Virgen le entregó en Niño. Catalina lo acunó, lo besó y le susurró palabras de amor...
En una carta escrita en septiembre-octubre de 1379 y dirigida al pintor Andrés De Vanni, meditando sobre la humildad en preparación a la Navidad, Catalina apremiaba a sus hermanos en la fe a encontrarse en el pesebre con Jesús, "dulce y humilde Cordero", para descubrirle allí "con tanta reverencia y con extraña pobreza", "poseyendo la riqueza del Hijo del Dios, que no tiene pañal decente para que lo envuelvan ni fuego para calentarlo".
Contemplando esa escena, Catalina decía que "con razón deben avergonzares la soberbia, las comodidades y la riqueza del mundo viendo a Dios tan humillado".
Y daba esta recomendación: "Visiten este precioso lugar -el pesebre- para que puedan renacer a la gracia. A fin de que mejor lo puedan hacer y recibir a este Niño, confiésense, si es posible, pata la santa comunión. Permanezcan en el santo y dulce amor a Dios. Jesús dulce, Jesús amor".
"Jesús dulce, Jesús amor"... Con esta expresión solía concluir sus cartas Catalina.
Seguro que si hubiera visto a este Niñito, que dormía en una de las celdas de un convento con su nombre, le hubiera susurrado tiernamente al oído esas mismas palabras: Jesús dulce, Jesús amor...



miércoles, 6 de mayo de 2015

#163 La alegría de dar

El libro de los Hechos de los Apóstoles refiere una cita de Jesús en boca de san Pablo: "La felicidad está más en dar que en recibir" (Hechos 20,35).
Desde hace unos años tengo la gracia de compartir la misa de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María con mis sobrinos del alma, Tomás y Juan Cruz, y para esa ocasión a los chicos presentes les suelen regalar pequeñas figuras del Niño Jesús.
Como ellos reciben dos, ya varias veces Tommy ha tenido la generosidad de regalarme el suyo. Estoy completamente segura de que le hace feliz verme contenta recibiendo al pequeño Jesús, como una niña más...
Para el 8 de diciembre de 2014 el gesto se repitió. Tommy se acercó, abrió su mano y me ofreció su pequeño Niño...
Pero esta vez su hermano menor decidió imitarle.
"Yo también te doy mi Jesús", me dijo Jua, presentándome al Niñito en la palma de su mano.
Y pude ver en sus ojos la alegría de dar... la alegría de dar a Cristo.


miércoles, 29 de abril de 2015

#162 Ana



Esta medalla con la imagen de la Sagrada Familia me la regaló el 8 de diciembre -día de la Inmaculada Concepción- de 2014 mi amiga Ana, quien la compró en la santería Nuestra Señora del Carmelo, de Buenos Aires.
Me la regaló junto con una hermosa tarjeta, también con las imágenes de José, María y el Niño. En el reverso, escribió esta dedicatoria: "Para que cuando la uses, todo el mundo pueda ver el pesebre que llevas en el corazón".
¡Qué augurio más hermoso, de los más bellos que me han dicho!
A quien esté leyendo estas líneas, también le auguro lo mismo: quiera Dios que algún día, por su gracia, quien nos vea no nos vea a nosotros sino a Quien habita en nosotros. Que seamos pesebre y que de esa riqueza hable nuestro ser...
Hubo una tal Ana -sí, como la que me regaló la medalla- que así vivió.
Su vida, una larga vida, fue primero un camino de espera, de fidelidad en la fe, de oración continua, porque creía en la promesa de Dios a su pueblo.
Así, esta Ana, una viuda, "profetisa" -mujer consagrada a Dios e intérprete de sus designios-, "hija de Fanuel, de la tribu de Aser", que "no se apartaba del templo ni de día ni de noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones" (Lucas 2), se fue volviendo pesebre para acoger, a sus 84 años, la novedad de Dios.
Y un día, finalmente, Jesús llegó a su vida. Y dice el Evangelio que Ana, dando gracias a Dios, "hablaba a todos del Niño".
Fue tanto el gozo de ver cumplida la antigua promesa, de tener ante sus ojos al Salvador tan esperado, que esa alegría no pudo contenerla dentro de sí: a todos hablaba del Niño...
No sabemos más de Ana, pero el Evangelio nos deja su camino como invitación: que nuestra vida entera solo hable de Él.



martes, 21 de abril de 2015

Pesebres invitados #26: Pesebres de aeropuerto




En noviembre de 2014, cuando emprendía el regreso de un viaje a Perú, me encontré con estos pesebres en una sala de espera del aeropuerto de Lima.
Son nacimientos representativos de diferentes sitios de Perú -Iquitos, Puno, Chincha, Arequipa, Ayacucho, Cusco y Apurimac-, con las figuras de la Sagrada Familia con el atuendo típico de cada lugar, así como otros elementos del ambiente que hacen al paisaje y las tradiciones de cada sitio.
Cada pesebre hablaba, desde lo autóctono, de un mismo misterio, el de la encarnación y el nacimiento de Jesús, a las miles de personas que habrán pasado ante él, habitantes de otras regiones del Perú y visitantes de otros países, portadores cada uno de culturas muy diversas...
Todo el conjunto, la variedad de los pesebres y el sitio para exhibirlos, me pareció una preciosa metáfora de la fe inculturada, de cómo la fe echa raíces en contextos tan diversos y, a su vez, se ofrece como riqueza a todos, independientemente de su origen cultural.
Jesús se encarnó en una cultura y un tiempo particulares.
Sin embargo, su encarnación implica su unión con toda persona humana, su misión es universal y trasciende toda cultura.
Del mismo modo, hoy el Evangelio es anunciado en culturas particulares muy diversas. Una vez recibido, se vuelve "cultura local", pero sin perder su esencia de anuncio universal de salvación para todos los hombres.
En este proceso de encarnación del Evangelio hay una valoración de las riquezas propias de cada cultura pero, también y al mismo tiempo, una denuncia y un rechazo de los antivalores de cada contexto cultural particular, tal como Jesús lo hizo en la cultura donde se encarnó.
Así, tal como lo formula el cardenal Angelo Amato al reflexionar sobre el misterio de la encarnación de Cristo y la inculturación de la fe, "a la encarnación del Evangelio en una cultura corresponde una conversión de esa cultura al Evangelio y una profunda purificación".
Esto es verdadera inculturación, nueva creación en el Espíritu, que se vuelve propuesta evangélica renovada para los hombres de cualquier cultura.

viernes, 3 de abril de 2015

#161 Pesebre y cruz




Este pesebre lo compré en noviembre de 2014 en Miraflores, Lima, Perú.
Es una cruz para colgar de cerámica, azul, y en el centro está la Sagrada Familia, de rasgos indígenas.
¿Es un pesebre o es una cruz?
Lo que me gusta de esta pieza es que une los dos momentos centrales de la vida de Jesús y de nuestra fe: su nacimiento y su pasión, muerte y resurrección, la Navidad y la Pascua.
Contemplar esta pieza es asomarse a un doble misterio: lo que de cruz hubo en aquel pesebre de Belén y lo que de pesebre había escondido en la Cruz de Cristo.
Jesús nace y muere pobre, despojado, perseguido, a la intemperie del mundo.
Solo unos pocos le reconocen verdaderamente como Hijo de Dios y Rey, tanto en el pesebre como en la cruz.
Tuvo que nacer en un pesebre porque para sus padres no había lugar en la posada de Belén, un signo anticipado del rechazo que luego padecería Jesús.
Me estremece pensar que la entrega de Jesús no fue un acto único y aislado, el de morir en la Cruz. Verdaderamente su muerte fue la plenitud de su entrega, allí nos amó hasta el extremo. Pero Jesús vivió dándose desde aquel pesebre, en un ofrecimiento continuo, hasta la última gota de sangre, el último aliento.
Contemplo otra vez la cruz y veo que Jesús no está solo. María, sosteniendo su vida naciente en el pesebre, sosteniendo su cuerpo sin vida bajado de la cruz. María, ofreciéndonos a su Hijo, envuelto en pañales en Belén, envuelto en una sábana al pie de la Cruz. María, orando su propio misterio, cargando su propia cruz.
Y también lo contemplo a José, que en este pesebre abraza y custodia la vida de Jesús. José, siervo humilde de un Padre que no dejó a su Hijo en la orfandad nunca. José, hermano de todos nosotros, invitación a ser familia de Cristo, a participar de intimidad del misterio de Jesús.
Vuelvo a mirar la cruz y observo algo maravilloso. Lo que para muchos es solo signo de muerte, esconde la Vida. Lo que sucede es que, para descubrir vida donde todo parece hablar de muerte, hay que mirar con ojos de fe.
En los extremos de esta cruz observo flores y el verdor de las hojas. ¡La Vida Verdadera que brota de las heridas de Cristo!
Y en el centro de esta cruz intercambio miradas con el Niño, con la vida naciente de su corazón, la Vida Nueva de la Resurrección...

"Yo vine para que tengan vida, y la tengan en abundancia". 
Juan 10, 10



lunes, 23 de marzo de 2015

#160 Epifanía


Este pesebre me lo regaló papá, quien lo compró en Miraflores, Lima, Perú, en noviembre de 2014.
Es un retablo ayacuchano, una de las expresiones más típicas de la artesanía peruana.
Se trata de un cajón de madera, con puertas, pintado a mano con motivos florales, y dentro las figuras del pesebre hechas en pasta.
La escena es la de la Epifanía, la manifestación del Señor a los Reyes y los pastores.
Hay una explosión de color, que a su modo habla de lo inefable de este momento. Hay ángeles, un cielo que parece abrirse... Hasta esos rayos vestidos de plata y oro, como una señal del Padre indicando quién es su Hijo muy amado, como en el Jordán, como en el Tabor...
Y todo ello contenido en un cajoncito muy humilde, que, cerrado, por fuera, no resulta siquiera atractivo...
Dios a veces regala la gracia especialísima de manifestársenos de un modo sublime, imborrable, epifánico... como a quien se le abren de par en par, ante sus ojos asombrados, las puertas de este retablo.
Pero mayormente la presencia de Dios es serena, silenciosa, incluso puede parecer escondida... como la brisa suave que acarició al profeta Elías... como el tesoro guardado en este cajoncito, que está allí dentro, aunque no lo podamos ver si las puertas permanecen cerradas...
Este retablo me recuerda al sagrario. Y al mismo misterio de la Eucaristía: "Rendido a Ti te adoro, oculta deidad, que bajo esta forma en verdad estás", canta santo Tomás de Aquino en su himno "Adoro te devote".
También me recuerda a la imagen del castillo interior de la que santa Teresa de Jesús se sirve para explicar que estamos habitados por Dios.
Un Dios escondido, pero que anhela ser buscado y que se deja encontrar por quien le rastrea con fe en medio del silencio, de la oscuridad de la noche, de la soledad del desierto... Allí donde seamos Belén, donde reconozcamos la pobreza de nuestro retablo y la riqueza de Quien lo habita, allí se nos regalará su Epifanía.


martes, 3 de marzo de 2015

#159 Gallina



Este pesebre lo compré en noviembre de 2014 en Miraflores, Lima, Perú.
Es una gallina de cerámica, con coloridos motivos, que, como bajo un ala invisible, guarda las figuras del pesebre.
Es consolador pensar que así nos desea cobijar Dios, como una gallina que cubre a sus pollitos con sus alas.
Este anhelo paternal-maternal lo experimentó el propio Jesús cuando, apesadumbrado por la falta de conversión de muchos de su pueblo, exclamó: "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los enviados, cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina reúne a los pollitos bajo sus alas; y tú no quisiste!" (Lucas 13,34, Mateo 23,37).
Es un lamento lleno de amor, propio de quien siempre espetará a sus hijos, como el padre del hijo pródigo, porque le resulta contrario a su naturaleza el cerrar su corazón, el dejar de ofrecer sus alas.
¿Qué hay bajo las alas de Dios? Hay escondite, hay refugio, hay sombra y calor, hay protección, descanso.
Es un sitio para abrirse a la confianza propia de un niño -un pollito- que sabe que su madre no le hará faltar nada, aunque él no sepa lo que realmente necesita, pero dando por descontado que quien le ha dado vida sí lo sabe y se lo proveerá.
Y es un regazo de fraternidad pues bajo esas alas infinitas siempre habrá hermanos con quienes compartir el calor que estas plumas nos dan.


"El que habita al amparo del Altísimo
y duerme a la sombra del Todopoderoso,
diga al Señor:
'Tú eres mi refugio y mi alcázar,
mi Dios en quien confío'.
Sólo Él te librará de la red
y te defenderá de la peste funesta;
te cubrirá con sus plumas
y bajo sus alas te refugiarás".

Salmo 91



sábado, 21 de febrero de 2015

#158 Pimpollo



Este pequeño pesebre lo compré en el centro histórico de Lima, Perú, en noviembre de 2014.
Las figuras del pesebre están dentro de una florcita lila, un pimpollo, que es vida naciente, figura y testigo del nacimiento de la Vida.
Pimpollo es una flor a punto de abrirse o con los primeros pétalos desplegándose. Pero también es un término que se usa para nombrar al tallo incipiente que crece en una planta o a un árbol que recién empieza a desarrollarse.
Escribió fray Luis de León (1527-1591) que "Pimpollo" es el primer nombre dado a Cristo, en tanto flor, germen, brote, retoño, fruto.
Y se basa en citas de los profetas Isaías, Jeremías y Zacarías:
• "En aquel día el Pimpollo del Señor será en grande alteza, y el fruto de la tierra muy ensalzado" (Isaías 4,2).
• "Y haré que nazca a David un Pimpollo de justicia, y haré justicia y razón sobre la tierra" (Jeremías 33,15).
• "Yo haré venir a mi siervo el Pimpollo" (Zacarías 3,8).
• "Veis un varón cuyo nombre es Pimpollo" (Zacarías 6,12).
Si buscan estas citas en las traducciones actuales de la Biblia, verán que en vez de "pimpollo" aparecen "retoño" o "germen". Pero para fray Luis de León el sentido es el mismo.
Uno de los aspectos más bellos de este nombre es que, tal como lo dice el profeta Zacarías, este "pimpollo", este "germen", no es un fruto que se acaba en Él mismo sino que da un descendencia que también germina, fructifica en torno de sí.
"Es fruto que dará mucho fruto, porque a la redonda de Él, esto es, en Él y de Él por todo cuanto se extiende la tierra, nacerán nobles y divinos frutos sin cuento, y este Pimpollo enriquecerá el mundo con pimpollos no vistos", afirma fray Luis de León en su libro "De los Nombres de Cristo".
Y así Isaías, deseando ya el nacimiento de este pimpollo, clamó a lo alto: "Cielos, destilen el rocío; nubes, derramen la victoria; ábrase la tierra y brote la salvación" (Isaías 45,8).
Explica fray Luis de León que Cristo se llama "Pimpollo" o "Fruto" también "porque todo aquello que es verdadero fruto en los hombres -fruto que merezca parecer ante Dios y ponerse en el cielo-, no sólo nace en ellos por virtud de este fruto, que es Jesucristo, sino en cierta manera también es el mismo Jesús" porque "todo el fruto bueno y de valor que mora y fructifica en los hombres es Cristo y de Cristo, en cuanto nace de Él". 
Por eso, con este pequeño Niño, estamos llamados también a ser pimpollos y a dar fruto.

"Al Infante que tenemos,
¿cómo le llamaremos?
Pimpollo.
Pimpollo llama al nacido
el profeta Jeremías;
Zacarías e Isaías
le dan el mismo apellido.
Viénele muy apropiado,
pues brota con hermosura
de una planta hermosa y pura
tan lindo y tan agraciado.
¡Oh, qué Pimpollo glorioso,
tan fértil y tan hermoso!
Pues Pimpollo le nombremos".


Cecilia del Nacimiento (1570-1646), carmelita descalza.
Fragmento de "Letras sobre los nombres de Cristo".




sábado, 14 de febrero de 2015

#157 Fortaleza


Este pesebre lo compré en Miraflores (Lima, Perú), en noviembre de 2014.
Es una sola pieza, de cerámica, con las figuras de la Sagrada Familia dentro de un "torito de Pucará", uno de los objetos cerámicos más representativos de la artesanía peruana.
El toro es para muchísimas culturas símbolo de fuerza.
En el salmo 92, el hombre justo canta así, agradecido, la fortaleza que le viene de Dios: "a mí me das la fuerza de un toro".
La fortaleza es don del Espíritu Santo. Nos capacita para resistir tentaciones, para soportar las adversidades y para llevar adelante grandes obras para la gloria de Dios.
Pero si el toro habla de fuerza, el pesebre, en cambio, remite a la debilidad propia de un niño recién nacido, a la fragilidad de una vida que apenas asoma.
Puede entonces resultar desconcertante que Dios, siendo fuerte, se haya hecho débil en el Niño de Belén.
Sí, Jesús también asumió nuestra debilidad -menos en el pecado- y con ello nos enseñó el camino de la humildad, del débil que todo lo espera del Padre Todopoderoso... Abandono, confianza, como un niño que sabe que será alimentado a su tiempo... ¡con la fuerza del Espíritu!

miércoles, 4 de febrero de 2015

#156 Plumas



Este pesebre lo compré en noviembre de 2014 en el centro histórico de Lima, Perú.
Es una única pieza, pequeña, de colgar, hecha en cerámica y pintada en vivos colores. Las figuras del pesebre están enmarcadas en una especie de corona, de la que cuelgan plumas multicolor, elementos característicos y muy valiosos de la Amazonía peruana.
¿Pueden unas sencillas plumas ser ofrenda para el Niño Dios? La escritora Gabriela Kast rescató de un relato de autor desconocido el tierno esfuerzo de una niña por secretamente juntar plumitas para el Niño Jesús... El cuento se llama "Paulita se prepara para Navidad":
"Todos los años, al aproximarse la fiesta de navidad, acontecía algo singular en Paulita.
Cuenta su mamá: 'Cuatro semanas antes de Navidad, Paulita dice adiós a sus juguetes y se transforma en una niñita tan obediente que encanta. Pero con la llegada del Año Nuevo vuelve a ser la niña de siempre'.
Admirada, la madre contempla estos cambios tan bruscos. Ni ella, ni el papá y ninguno de los amiguitos más íntimos de la pequeña saben dar una explicación a ese hecho extraño. Solamente Dios conoce su secreto.
Cuando Paulita tenía cinco años, su abuela le contó que el Niño Jesús había nacido tan pobre que no tenía, como los otros niños, una cunita calentita, sino que lo habían dejado en un frío establo, en pleno invierno. Lágrimas de compasión corrieron por las mejillas de la niña: ¡Pobre Niñito Jesús, sin colchón, sin abrigo! ... ¡ Y Jesús era el Hijo de Dios!... ¿Qué se podía hacer?
–¿No te gustaría ofrecerle una camita blanda y frazadas abrigadas? - le preguntó con mucho interés la abuelita.
–¡Cuánto me gustaría abuelita! Pero, ¿cómo puedo hacer yo todo eso?
–Escucha. Cada sacrificio que hagas será una pluma para la almohada y para el colchoncito de Jesús y cada oración una hebra de hilo para las sabanitas. Faltan cuatro semanas para el nacimiento. Todavía tú puedes, en este tiempo prepararle una camita blanda y calentita.
Este fue el secreto que Paulita guardó con tanto cariño y que nunca olvidó. Después de algún tiempo, el buen Dios se llevó la abuelita al cielo. Paulita lloró amargamente; ahora no tenía a nadie que le ayudara a preparar la cunita del Niño Jesús. Finalmente después de pensar mucho, recordó que seguramente la abuelita, desde el cielo, contemplaba su trabajo y vería si ella lograba juntar muchas plumas para el colchoncito del Niño Jesús.
Cuando la mamá colocaba la Corona de Adviento en el comedor y encendía la primera de las cuatro velas, Paulita comenzaba a juntar plumitas y a fabricar hilos, para la camita del Niño Jesús. Al principio esto no fue fácil, pues no podía encontrar nada, no sabía qué sacrificio podía hacer.
Un día, durante el juego, Antonia, una de sus compañeras, para molestarla le dio un fuerte pelotazo en la espalda, y cuando Paulita estaba a punto de pagar con la misma moneda, oyó en su interior una vocecita que le decía: 'No le tires la pelota a Antonia, soporta el dolor por Mí. Has un sacrificio'.
'Ahora - pensó Paulita - ahora sí, Señor, estas son tus plumitas, los sacrificios para el Niño Jesús'¿
No tiró la pelota y así recogió la primera pluma que guardó en su corazón, en un cofrecito celestial.
Aquella misma tarde cuando su madrina le dio un chocolate, ella ya sabía que es chocolate tenía que ser cambiado por una plumita para el colchón del Niño Jesús. En vez de comérselo, lo dejó en un bolsillo del abrigo de su hermanito.
Al día siguiente ayudó a sus mamá llevando un canasto de ropa al lavadero y allí trabajó con ella toda la mañana, tanto que su mamá quedó admirada y la besó suavemente. Todo se transformaba en plumas para el pesebre: dulces, sacrificios y oraciones.
En la tercera semana de Adviento, cuando se encendió la tercera velita, Paulita ya había juntado treinta y nueve plumitas.
'¿Bastarán?', reflexionó.... Como no sabía si treinta y nueve plumitas serían suficientes para hacer un colchón, sacó calladita el colchón de la muñeca de su hermana y fue al sótano. Allí con toda calma abrió una de las costuras y sacó treinta y nueve plumas. Pero quedó desilusionada al ver el pequeñísimo montón.
No había juntado ni la mitad de lo que necesitaba. Tan poca cosa no bastaría para calentar al Niñito Jesús, al Hijo de Dios. 'No importa'¡ pensó y con un suspiro puso otra vez las plumitas en el colchón.
Desde ese momento la dominada un solo pensamiento: ',Más plumas! ¡Necesito juntar más plumas, si no el querido Niño Jesús pasará frío!'.
¡Cómo se esforzaba la niña! Vivía atenta para no perder ninguna ocasión de hacer un sacrificio. Durante este tiempo ella fue la más amable de las compañeras, la más servicial, especialmente frente a aquellas que no le gustaban y hasta hubiera sido capaz de decirles que hicieran cualquier cosa para así tener la ocasión de juntar otra plumita.
¿Comprenden ahora por qué en cada Adviento Paulita deja de lado sus juguetes? Su tesoro secreto crecía siempre más.
El Niño Jesús, ¿no debería tener también sabanitas? En la cama de Paulita había dos y además la abuela le había enseñado cómo hacerlas. Cada vez que rezara, sería una hebra de hilo para las sábanas del Niño Jesús.
Ahora Paulita agregó a las oraciones de la mañana y de la noche un Ave maría y cuando miraba el cuadro que colgaba de la pared sobre la cama, pensaba: 'Mi corazón es sólo de Jesús'.
En el camino a la escuela cuando pasaba por la iglesia, se encontraba con una imagen de la Virgen y el Niño Jesús en brazos. Paulita vio que las flores estaban allí muy marchitas. Desde ese día llevó todas las mañanas un ramo de flores a la Iglesia y lo dejó a los pies de la Santísima Virgen.
Después, rezó todas las oraciones que sabía de memoria, recordando que cada una sería una hebra para las sabanitas de su querido Jesús.
Finalmente llegó la Navidad, la hermosa Nochebuena. Paulita estaba arrodillada muy cerca del pesebre, en una dulce conversación con el Niño Jesús:
'Estas recostado sobre paja, pero en mi corazón, querido Niñito Jesús, hay muchas plumitas para calentarte. Tengo dos sabanitas para cubrirte. Ven Niño Jesús, ven a mi corazón; te va a gustar la camita calentita y blanda que te he preparado'.
Y el Niño Jesús entró alegremente en el corazón de Paulita".
¡Bienaventuradas las almas pequeñas que secretamente juntan plumitas cada día para el Niño Jesús!



viernes, 30 de enero de 2015

#155 Chullo


Este pesebre lo compré en noviembre de 2014 en el centro histórico de Lima, Perú.
Es una sola pieza, de cerámica, donde las figuras de la Sagrada Familia están dispuestas dentro de un chullo, gorro de lana típico de los Andes peruanos, hecho en colores llamativos y usualmente con orejeras para protegerse del frío. En muchos pesebres peruanos, el Niño Dios aparece ataviado con un chullo.
Un cuento de la escritora peruana Alfonsina Barrionuevo, titulado "El hermanito de Dios", relata de modo encantador cómo Rosendo, un muchacho de la Puna peruana, se topa en plena noche con el travieso Niño Jesús, que se ha escapado del pesebre de una iglesia y ahora tirita de frío, desnudo, entre las ortigas.
"Se inclinó y tocó con miedo la espiga rubia de su pelo. El vaho que se desprendía de su cuerpo se convertía en cristales", cuenta el cuento.
El Niño se puso a llorar y el muchacho se inclinó aún más para calmarle...
–¡Ay wayqey! ¡Ay sunqucha, ama waqaychu! (¡Ay hermanito! ¡Ay corazón, no llores!).
"El muchacho resplandecía de gozo. Había oído hablar del Niño Dios, del santo niñito que se escapaba de los brazos de su madre, la Virgen María, para jugar en la pampa con una flauta hecha de hueso de un pajarito, pero nunca soñó con encontrarlo", prosigue el relato.
–¡Ama waqaychu – repitió-, allkupuwan, noqapuwan, wasiman aparapusayki! (¡No llores, Siltucha, y yo te llevaremos a tu casa!).
El muchacho levantó al pequeño y lo envolvió en una faja. Cargó el Niño a su espalda, le colocó el chullo y reanudó su marcha rumbo a la iglesia, donde todos se preparaban para celebrar la Navidad.
Al llegar, buscó a Dionisio, el sacristán, hecho un manojo de nervios pues el Niño había desparecido.
–El Niño está en mi atado. Lo encontré en la puna, entre las pajas. Allí estaba, llorando de frío.
–¡Dame, dame al Niño! ¡Niñucha! ¿Hasta cuándo te irás a los montes como pájaro sin nido? ¿Qué he de hacer? ¿Qué haré contigo, ahora que no puedo trepar cerros y que solo mi corazón va siguiendo tus huellas?...
"El Niño había vuelto a ser estatua de yeso. Lucía angelical con su sonrisa de estampa. Las torres dispararon su salva de repiques y el Dionisio, reverente, comenzó a ponerle palika y faja de colores. A su lado, respiraba como un fuelle el Rosenducha, el maqt´illo del milagro, que lo halló en el campo, tiritando, oculto entre los breñales".
La forma de chullo de este pesebre se me presenta como un cálido abrazo de bienvenida que la Humanidad da al Niño Salvador, gesto que se actualiza cada vez que estrechamos con igual calidez a cada hermano, saliendo al encuentro de sus necesidades materiales y espirituales, tal como lo hizo Rosendo, abrigando con su chullo al Niñito que se arriesgó por todos al frío de la Puna.
Porque tiritaba y le dio abrigo...
"Entonces el rey dirá a los de la derecha: Vengan, benditos de mi Padre, a recibir el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, era emigrante y me recibieron, estaba desnudo y me vistieron, estaba enfermo y me visitaron, estaba encarcelado y me vinieron a ver. Los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber, emigrante y te recibimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y fuimos a visitarte? El rey les contestará: Les aseguro que lo que hayan hecho a uno solo de éstos, mis hermanos menores, me lo hicieron a mí" (Mateo 25, 34-40).

miércoles, 28 de enero de 2015

#154 Místico búho



Este pesebre lo compré en Miraflores (Lima, Perú), en noviembre de 2014.
Es una sola pieza, pequeña, de cerámica en vivos colores. Las figuras del nacimiento, de estilo indígena, están colocadas como en la panza de un búho.
Dicen que los búhos pueden ver en la oscuridad total. En la noche más cerrada, a la que muchos temen, el búho es capaz de ver lo que otros no.
"Místico búho". Éste es uno de los apodos más peculiares que encontré de san Juan de la Cruz, poeta, místico y un verdadero experto en guiar a las almas a través de las noches oscuras...
Para llegar a Dios, el alma debe atravesar su "noche oscura" y sufre la pena de reconocerse ciega, de andar a tientas, el temor de extraviarse y de no encontrar lo que tanto desea.
En esa noche, a veces "adolece, pena y muere" porque el Amado parece "escondido", parece haberle abandonado... Entonces reclama: "¡véante mis ojos!".
Pero sigue su búsqueda, guiada solo por la luz de la fe. Aunque no ve porque es de noche, sabe bien cuál es la "fuente" que busca: "Su claridad nunca es oscurecida, y sé que toda luz de ella es venida, aunque es de noche".
Y se adentra más aún en las sombras, se arriesga al salto de la fe, intuyendo que en el "no ver" alcanzará a Dios:
"Cuanto más alto subía
deslumbróseme la vista,
y la más fuerte conquista
en oscuro se hacía;
mas, por ser de amor el lance
di un ciego y oscuro salto,
y fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance".
Entonces lo desconocido de la noche, lo tenebroso que le inspiraba la oscuridad, se vuelve una vía segura para que el alma, sin ser notada, pueda salir libremente al ansiado encuentro de su Amado:
"En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.
Aquésta me guiaba
más cierto que la luz de mediodía,
adonde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.
¡Oh noche que guiaste!
¡oh noche amable más que el alborada!
¡oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!".
Y así, en medio de la noche más cerrada, el alma se abrasa y se alumbra en la "llama de amor viva" de Dios.
A toda noche sobreviene el día. A las sombras, la claridad. A la muerte, la resurrección. Hay que velar con la lámpara de la fe encendida... porque a Dios le gusta llegar de noche.
No por nada Jesús nació de noche. Se hizo Luz del mundo en medio de la oscuridad.
Y aquella noche oscura de Navidad también fue noche que juntó "Amado con amada", desposorio de Dios con la Humanidad tan bellamente captado por nuestro "místico búho":
"Ya que era llegado el tiempo
en que de nacer había,
así como desposado
de su tálamo salía
abrazado con su esposa,
que en sus brazos la traía,
al cual la graciosa Madre
en un pesebre ponía,
entre unos animales
que a la sazón allí había.
Los hombres decían cantares,
los ángeles melodía,
festejando el desposorio
que entre tales dos había.
Pero Dios en el pesebre
allí lloraba y gemía,
que eran joyas que la esposa
al desposorio traía.
Y la Madre estaba en pasmo
de que tal trueque veía:
el llanto del hombre en Dios,
y en el hombre la alegría,
lo cual del uno y del otro
tan ajeno ser solía".

domingo, 25 de enero de 2015

#153 Calabaza del peregrino


Este pesebre lo compré en noviembre de 2014 en el centro histórico de Lima, Perú.
Las figuras de la Sagrada Familia y de los animales en el pesebre han sido grabadas y pintadas en colores ocres y tierra sobre la superficie de una pequeña calabaza, vaciada, hecha para colgar.
Además de alimento, la calabaza ha sido utilizada como recipiente por muy diversas culturas desde la antigüedad.
Los peregrinos del camino de Santiago solían llevar una calabaza sujetada al bastón o asida a la cintura. Dentro llevaban agua, agua para saciar la sed del camino, agua símbolo de la búsqueda interior de todo peregrino.
Y es que un camino espiritual se emprende con sed, sed del Dios vivo: se sale con ansias de encontrar una fuente, la fuente del Agua Viva.
"Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo", clama el salmista (Salmo 42).
Esta sed nos impulsa a ponernos en marcha. Pero en el camino sentiremos mayor sed que la del punto de inicio.
Corremos la tentación de desviarnos para saciar nuestra sed en otros pozos que, sabemos, no son el manantial verdadero que andamos buscando.
Pero misteriosamente el Agua que procuramos incansablemente va con nosotros, vasijas de barro, cual calabaza asida a la cintura.. Muchas veces tenemos sed y no nos percatamos de cuán a la mano está el Agua...
Con la boca reseca, hacemos un alto en el camino. A unos metros, divisamos un pozo prometedor para nuestras ya debilitadas expectativas de dar con el manantial, pero no tenemos ni con qué probar suerte para sacar algo de agua.
Es entonces cuando alguien se nos acerca y nos dice inesperadamente: "Dame de beber".
Y pensamos medio sorprendidos: "No tiene cómo sacar agua del pozo y si me lo pide es porque debe tener sed... ¡¿Pero es que no se da cuenta de que más sediento estoy yo?!".
—Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva.
—Señor, no tienes con qué sacar el agua y el pozo es profundo, ¿dónde vas a conseguir agua viva?
—El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; quien beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, porque el agua que le daré se convertirá dentro de él en manantial que brota dando vida eterna.
—Señor, dame de esa agua...
Y entonces reemprendemos el camino. Quien nos ha pedido que le diéramos de beber nos señala el camino hacia el manantial... Nos acordamos entonces de que un día partimos, con sed, buscando la fuente del Dios vivo... Nos percatamos de que aquel que se sentó junto a nosotros al borde del pozo es alguien a quien vimos muchas veces en el camino, a unos pasos o a la par... ha sido nuestra compañía desde que salimos sin que lo notáramos... Ahora es nuestro compañero de senda. Y cada vez que ve que la sed amaga con renacer se apura a ofrecernos la "calabaza del peregrino" que también lleva consigo... ¡su Agua sabe distinta!
Y nos brota del corazón cantarle con gratitud: "Vas con nosotros, Señor, en el camino, animando la esperanza de tu pueblo peregrino, vas con nosotros, Señor, en el camino, con la luz de tu Palabra, con tu Pan y con tu Vino".

lunes, 19 de enero de 2015

#152 Excelencia




Este pesebre me lo regaló papá y fue comprado en el centro histórico de Lima, Perú, en noviembre de 2014.Está compuesto por cuatro piezas, en colores liláceos y blanco, con motivos florales ayacuchanos.
El conjunto lo componen las figuras de José, María con el Niño en brazos, y dos alpacas, camélidos típicos de los Andes peruanos.
Este bello pesebre es de cerámica de Quinua, un pueblo de Ayacucho (Perú) muy conocido por la elaboración de piezas de alfarería a partir de una mezcla de arcilla roja, puzolana y agua que conforma una pasta que luego se prensa en un molde de yeso vaciado sobre un prototipo confeccionado por manos artesanas. Luego las piezas se llevan al horno y se pintan a mano.
Este modelo de pesebre en particular ha recibido el nombre de "Excelencia", palabra que proviene del vocablo latín "excelsus" y que puede dividirse en "ex" (fuera de) y "celsus" (elevado o superior). Por eso podría definirse la "excelencia" como aquello que está por fuera o por encima de lo más elevado.
Excelso es Dios. Y así le reconocemos cuando proclamamos: "Tú, Señor, eres el Altísimo sobre toda la tierra" (Salmo 97).
En la visión del profeta Isaías, Dios está "sentado sobre un trono alto y excelso" (Isaías 6,1).
El cielo, las alturas... nos hablan de la grandeza sublime de Dios. Y aunque en verdad el Señor es excelso, nos equivocamos si pensamos que está demasiado lejos de nuestra pequeñez: Él, sin perder grandeza ni poder, se hizo cercano, el "Dios con nosotros", al encarnarse.
En Jesús, Dios se abaja para estar tan cerca de nosotros como un hermano lo está de otro.
El cántico de la Carta a los Filipenses (2,6-11) resalta que Cristo, "a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos; y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz".Siendo de naturaleza excelsa, Jesús nace y muere sin ropajes de "excelencia". "Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre".
Jesús, ese rostro hermano que nos mira desde este pesebre, nos tiende su mano cercana para elevarnos con Él... porque en Él, por Él y con Él hemos sido revestidos de la excelsa dignidad de hijos de Dios.


viernes, 16 de enero de 2015

#151 ¡Para Ti es mi música, Señor!




Este pesebre lo compré en el centro histórico de Lima, Perú, en noviembre de 2014.
Es una sola pieza de cerámica, para colgar, de tamaño pequeño y vivos colores.
Junto a la representación del pesebre, se ve un dibujo, de estilo incaico, de un músico danzante, tocando un instrumento de viento.
Es notable cómo la música atraviesa la historia del pueblo de Dios. Himnos, cánticos, salmos y danzas se reiteran en los relatos bíblicos.
Incluso en el nacimiento de Jesús está presente la música a través del canto de los ángeles (Lucas 2,13-14).
En el libro de los Salmos hay reiteradas invitaciones a los cantos de alabanza y a tocar música, con los más diversos instrumentos, para honrar a Dios.
El último de los salmos, el 150, es uno de los mejores ejemplos:
"¡Aleluya!
Alaben a Dios en su Santuario,
alábenlo en su poderoso firmamento;
Alábenlo por sus grandes proezas,
alábenlo por su inmensa grandeza.
Alábenlo con toques de trompeta,
alábenlo con el arpa y la cítara;
alábenlo con tambores y danzas,
alábenlo con laudes y flautas.
Alábenlo con platillos sonoros,
alábenlo con platillos vibrantes,
¡Que todos los seres vivientes
alaben al Señor!
¡Aleluya!"
Tan solo la reiteración del "alábenlo" tiene su propia cadencia musical... La decena de veces que aparece este imperativo es, según explicó en una de sus tantas catequesis san Juan Pablo II, "canto perenne" y así la "alabanza a Dios se convierte en una especie de respiración del alma, sin pausa".
"Mi corazón te canta sin cesar", entona el salmista (30,13).
Es esta misma idea, la del canto constante de alabanza a Dios, la que anima la vida de oración.
Desde la Liturgia de las Horas, uno de cuyos ingredientes fundamentales es el canto de los salmos y cuyo rezo atraviesa toda la jornada, hasta la oración contemplativa, que impregna la vida toda, el espíritu que prima es el del orar sin cesar (1 Tesalonicenses 5,17, Efesios 6,18), como un modo permanente de ser y vivir en relación de amistad y comunión con Dios.
La propia vida se transforma así en alabanza que agrada a Dios. No es ya tan solo el canto de un himno, una liturgia bella y armónica... son nuestros labios, pero también nuestros silencios orantes, nuestros testimonios y nuestras obras, en fin, nuestra vida entera la que canta las maravillas de Dios...
Y esto solo es posible cuando nos volvemos "instrumentos musicales" en las manos de Dios, nos dejamos transformar en caja de resonancia del "cántico nuevo"... y entonces suena por fin la melodía que Él compuso para nosotros desde la eternidad...
Que todos alcancemos la gracia de poder cantar con toda verdad: "¡Para Ti es mi música, Señor!" (Salmo 100).


martes, 13 de enero de 2015

#150 La mano de Dios




Este pesebre lo compré en Miraflores (Lima, Perú), en noviembre de 2014.
Es una sola pieza, pequeña, de cerámica. Las figuras del nacimiento, de estilo indígena, están colocadas sobre la palma de una mano derecha.
Es, para mi, la diestra de Dios Padre, que nos presenta y ofrece el misterio de la encarnación de su Hijo y, a su vez, lo protege y acaricia como un tesoro en la palma de su mano...
Como hijos, hermanados con el Hijo, también somos llamados a hacer experiencia de las manos del Padre Dios.
Las manos de Dios son creadoras: "Mi mano cimentó la tierra, mi diestra desplegó el cielo" (Isaías 48,13). "Todo lo hicieron mis manos" (Isaías 66,2).
Las manos de Dios dan forma a sus obras: "Tu mano omnipotente de informe materia había creado al mundo (Sabiduría 11,17).
Son sus manos las que nos han creado: "Tus manos me formaron y me plasmaron" (Salmo 119,73). "Señor, Tú eres nuestro Padre, nosotros la arcilla y Tú el alfarero: somos todos obra de tu mano" (Isaías 64,7).
Pero estas manos divinas no modelan una obra para dejarla en el olvido. Dios no abandona la obra de sus manos. Y su diestra es presencia constante en nuestras vidas.
La mano de Dios sostiene y rige la creación: "Tú lo gobiernas todo; en tu mano están el poder y la fortaleza, y es tu mano la que todo lo engrandece y a todo da consistencia" (1 Crónicas 29,12).
Y en sus manos están nuestra vida y todos nuestros caminos (Daniel 5, 23). "En tu mano está mi destino" (Salmo 31,16).
La mano del Señor es poderosa (Salmo 117, 15-16).
Llega adónde quiere (Isaías 50,2).
Dispersa a los soberbios de corazón y derriba del trono a los poderosos (Lucas 1,51-52).
Reúne a sus hijos (Ezequiel 20,34).
Sana (Job 5,18).
Protege y defiende (Sabiduría 5,16).
Libra a los cautivos (Salmo 136,12).
Auxilia y rescata (2 Samuel 22,17). "Yo soy tu Dios: te fortalezco y te auxilio y te sostengo con mi diestra victoriosa (Isaías 41,10).
La mano de Dios es refugio para sus hijos: "Me escondió en la sombra de su mano" (Isaías 49,2). "Nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre" (Juan 10,29).
La cercanía de la mano de Dios es señal de protección, de bendición, de su presencia paternal: "Que tu mano proteja a tu elegido" (Salmo 80,18). "La mano del Señor lo acompañaba" (Lucas 1,66).
Su mano es origen de todo lo bueno que recibimos gratuitamente. La mano de Dios es providente y generosa: "Tú abres la mano y colmas de bienes a todo viviente" (Salmo 145,16).
Estas manos tan poderosas para crear, dar, salvar a sus fieles y derribar al mal son, al mismo tiempo, expresión de la ternura con que Dios nos ama.
Las manos de Dios son caricia consoladora: "Sobre las rodillas los acariciarán; como a un niño a quien su madre consuela, así los consolaré" (Isaías 66,12-13).
Las manos de Dios son el abrazo amoroso del Esposo: "Su izquierda bajo mi cabeza y su derecha me abraza" (Cantar de los Cantares 2,6).
Somos tesoro en sus manos. Dios mira sus palmas y allí nos encuentra grabados, como sus joyas más preciadas: "Yo no te olvidaré. Mira, en mis palmas te llevo tatuada" (Isaías 49,16). "Serás corona espléndida en la mano del Señor y diadema real en la palma de tu Dios" (Isaías 62,3).
En estas benditas y amorosas manos estamos...
Que las palabras que el Hijo que se nos da en este pesebre pronunció antes de morir para darnos Vida nos animen a abandonarnos con confianza en las palmas de Dios: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lucas 23,46).

jueves, 8 de enero de 2015

#149 Loro




Este pesebre lo compré en Miraflores (Lima, Perú), en noviembre de 2014.
Es una sola pieza de cerámica, de vivos colores.
Las figuras de la Sagrada Familia están dentro de una pequeña gruta, junto a dos pastores y un par de animales. Pero lo que destaca es un loro, de colorido plumaje, posado sobre el conjunto.
¿Qué hace un loro en un pesebre? En realidad, en ciertos países donde abundan estas aves en los belenes suelen verse loros junto a otros pájaros, como parte de un conjunto amplio de animales, que representa la acogida que toda la creación da al Hijo de Dios.
Encontré un cuento del titiritero y escritor argentino Javier Villafañe, titulado "Recuerdo de un Nacimiento", que, precisamente, presenta a un loro como uno de los animales destacados que acuden al pesebre.

El relato describe un belén con aires de "campo argentino", con la flora típica de las pampas, ranchos de paja y hasta aljibes y carretas.
Allí está el Niño recién nacido, María, José, el ángel, los tres reyes magos, los pastores, con sus cabras y ovejas.
Y luego una infinidad de otros animales: el gallo, el buey, la vaca, el ternero, el loro... Un tero, una gacela, horneros, palomas, leones, perros, caballos, jirafas, elefantes, ñandúes, iguanas, comadrejas... ¡y hasta peludos!
Pero el autor pone su mirada, en medio de aquella multitud de animales, en un chancho, un cerdo encerrado en un corral en un extremo del pesebre.
El gallo, el buey, la oveja, la gacela y el loro estaban, en cambio, bien cerquita de la cuna de Jesús.
Y, según el cuento, esto fue así porque, al nacer Jesús, en plena medianoche, el gallo se subió un árbol y, como si amaneciera, cantó: "¡Cristo nació!". Y entonces los otros animales se apresuraron a acudir al pesebre.
El loro dijo: "Creo, creo". Creyó, fue a adorar al Niño y dio testimonio de su fe.
Y dice el relato que muchos otros animales también se encaminaron a Belén, se me ocurre que atraídos por el testimonio de aquel primer grupo de animales... A su vez, los pájaros que llegaron en segundo término al pesebre, una vez que contemplaron al Niño, salieron volando con premura para comunicar al mundo la Buena Noticia.
"Invitaban a que fueran a ver al Niño Dios recién nacido rodeado de ángeles y de palomas. Y nadie dejó de ir a verlo. Y el pesebre resultó demasiado pequeño para recibir tantas visitas", apunta el cuento.
Y así, ¡hasta los peces llegaron caminando a la gruta de Belén!
Pero el chancho no quiso ir. Se quedó en su chiquero, cabizbajo, lejos del Niño. 
Dios quiera que cuando veas este pesebre te sientas invitado a acudir y a invitar a otros... Dios quiera que escuches al lorito pregonando su alegre y contagioso "creo, creo"... Dios quiera que no te quedes en tu corral... Dios quiera... ¡Dios lo quiere!

miércoles, 31 de diciembre de 2014

#148 Desde Filipinas


Este pesebre lo compré en noviembre de 2014 en la tienda Falabella, de Miraflores, en Lima, Perú. Pero su origen es Filipinas.
Mide unos 30 centímetros de alto y está hecho con tela, paja, resina y alambre.
Dicen que en Filipinas tienen la temporada navideña más larga del mundo, ya que comienzan a ponerse "en clima" a partir de septiembre y las celebraciones se extienden hasta enero.
Se trata de un país donde el 90 por ciento de sus habitantes es cristiano, de mayoría católica.
Los espacios públicos se iluminan con los colores de la Navidad, pero la celebración no se queda en un mero hecho exterior, turistico o comercial.
Los filipinos celebran la Navidad con fe. Una de las tradiciones es el "Simbang Gabi", una serie de misas que se celebran a lo largo de nueve noches y que culmina en la víspera de Navidad.
Un elemento típico de la Navidad filipina son los faroles con forma de estrella, confeccionados con papel y bambú y que, desde su creacion, se disponían en caminos de pueblos y ciudades para guiar en la noche a los feligreses que iban a la Misa de Gallo. Hoy la tradición de mantene, aunque las estrellas de papel se iluminan por dentro con luz eléctrica. Sin embargo, el sentido es el mismo: una luz que guía en la oscuridad a quienes buscan congregarse para orar.
Y, por cierto, la imagen religiosa más antigua de Filipinas, que es venerada por miles de fieles que participan en multitudinarios actos de piedad cada año, es la del Niño Jesús.
Se trata del Santo Niño de Cebú, una inagen que tras estar vatios años perdida fue reencontrada el 28 de abril de 1565 por unos misioneros agustinos en una choza quemada, un acontecimiento que los filipinos recuerdan con el nombre de "kaplag" y que coincide con el comienzo de la evangelización permanente de su país.
La venerada imagen había sido llevada al atchipielago filipino por Fernando de Magallanes, célebre navegante portugués al servicio de la Corona española, y su capellán, el padre Pedro de Valderrama.
La expedición, que atravesó el estrecho que lleva el nombre del navegante en el extremo sur de América, llegó a Filipinas en 1521 y logró en la isla de Cebú la conversión del rey de Masaguá y el bautismo de muchos de los pobladores.
La imagen del Santo Niño fue entregada como obsequio a la esposa del rey.
Sin embargo, la expedición fracasó luego y la mayoría de los expedicionarios murió.
En 1565, el primer grupo de misioneros agustinos llegó a Filipinas, con frailes provenientes de España y México, liderados por el padre Andrés Urdaneta. Los religiosos encontraron la imagen dentro de una choza quemada y levantaron allí un templo que hoy continua siendo centro de la fervorosa devoción al Santo Niño.


miércoles, 24 de diciembre de 2014

Pesebre invitado #25: El Bien que llevamos dentro



Este pesebre es de mi amiga soriana Alida Juliani Sánchez. Lo compró en 2013 en El Calafate, en el sur de Argentina, y le ha acompañado en sus dos Navidades en Buenos Aires, donde recaló a principios de 2013 por trabajo.Para sus compañeros y amigos, ha sido una bendición tenerla entre nosotros. Alida tiene el don de la alegría y de la esperanza, del compartir y del sobreponerse a las adversidades... y estas gracias solo anidan en un corazón bueno y noble, de buena voluntad.
Le insistí para que compartiera su pesebre, junto con una pequeña reflexión, y accedió generosamente. Sus palabras nos llegan a poco de la Nochebuena de 2014.
"Hoy el mundo celebra que nació Jesús. Los pobres, los ricos, los creyentes incluso los que no creen celebran que hoy nació Jesús. Yo también. A miles de kilómetros de mi hogar y con un verano que, como europea, no me deja sentir de lleno lo que para mi ha sido la Navidad desde niña, pero también lo celebro. Y lo hago porque más allá de religiones y de creencias y de las mil trabas que nos pone la vida para dudar de él, existió y tuvo que ser alguien sumamente especial. Tan especial como para que más de 2.000 años después se siga celebrando que nació. Un simple mortal no puede dejar una huella tan profunda en la humanidad. Su espíritu revolucionario nos dejó un legado que todo ser humano, hasta el peor, necesita: amar y ser amado. Sin eso no tenemos nada", asegura Alida.
"Es la esencia de su mensaje la que nos tiene que quedar, mas allá de las interpretaciones que, a lo largo de la historia, se hayan hecho de él. De hecho, todo ser humano de buen corazón lleva su mensaje implícito, solo hay que saber revisarlo de vez en cuando, cada vez que se nos olvide", continua.
"Hoy Jesús nace, pero Nochebuena puede ser cualquier noche del año, o cualquier día, a cualquier hora. No es más que un sinónimo de ser buenas personas, de querer a los que nos rodean, de dar lo mejor de uno mismo. En resumen, es vivir en paz. Encontrar esa paz es encontrarlo a él, el hombre bueno, pero también el rebelde que cargó contra los mercaderes del templo y que supo ser crítico y renegó de lo que no estaba bien", reflexiona Alida.
"Todos llevamos un Jesús dentro. Que cada Nochebuena sirva para renovarnos y recordarnos que él es mucho más que los cánones que nos rigen. Jesús es una manera de vivir y de ser, la de una persona de bien", concluye.
Cuando Jesús nació en Belén, los ángeles entonaron ante los pastores un canto de gloria a Dios, pregonando la paz a los hombres de buena voluntad en toda la Tierra... porque ellos son los amados por Dios.
¡Feliz Navidad!