domingo, 18 de septiembre de 2016

Niño invitado #40: Caminar de la mano



Esta imagen del Niño Jesús caminado de la mano de san José la descubrí en agosto de 2016 en uno de los laterales de la capilla San Roque, que está junto a la Basílica de San Francisco, en Buenos Aires.Hay un cierto momento en que los niños ya no quieren caminar dándole la mano a un adulto. Se sienten firmes en sus pasos, creen que ya pueden cuidarse solos de los peligros que surgen al andar y, además, comienzan a avergonzarse de que otros piensen que aun no son "independientes".
A todos nos pasa esto. Y en el proceso de aprender a caminar por la vida del espíritu también nos puede pasar.
Hay un pasaje del libro de Oseas que presenta a Dios como un padre tierno, paciente, amoroso, que enseña a caminar a su pueblo como a un niño.
"¡Y yo había enseñado a caminar a Efraím, lo tomaba por los brazos!" (Oseas 11,3).
Sin embargo, el pueblo de Dios no reconoció esos cuidados, creyó que podía andar solo y, como hacen los niños cuando quieren dejar de ser niños, se soltó de la mano de su Padre. Y entonces vinieron las caídas...
De esta imagen del pequeño Jesús tomado de la mano de José lo que más me conmueve es su humildad, el hecho de que, siendo Dios, se dejó enseñar a caminar en su Humanidad...
No es solo que quiso pasar por esta experiencia por la que debemos atravesar todos los seres humanos. Es además el modelo que nos deja: déjense guiar, déjense tomar de la mamo del Padre, es el único modo de dar pasos seguros... porque si no somos como niños, no entraremos en el Reino de los Cielos.
Hay algo más con esta imagen. La primera vez que la vi, no lo dudé: es el Niño con José. Sin embargo, después de mirar varias veces la foto, me entró la duda: ¿No será Jesús llevando de la mano a un niño?
Lo consulté con una buena amiga, a la que le envié la imagen, y ella, aunque inclinándose por la primera opción, no descartó que pueda ser Jesús, adulto, con un niño...
Como sea, y si así fuese, creo que también vale la misma lectura pues Jesús, que se dejó enseñar a caminar y que nunca se soltó de la mano del Padre, se convirtió en esa escuela en el mejor Maestro que podemos tener: aquel del "sígueme", del "levántate y anda", del "vayan hasta los confines del mundo", el de los pasos firmes, el que camina y hacer caminar sobre las aguas... el de los pies ungidos y besados... y el de los pies clavados. El que nos dice: "Yo soy el camino".



jueves, 8 de septiembre de 2016

#198 El manto azul de la Virgen



Este pesebre lo compré en mayo de 2016 en la ciudad argentina de San Rafael (Mendoza).
Es una sola pieza, en cerámica, de colores intensos. Es muy hermosa la unidad que forman José, María y el Niño.
Pero quisiera reparar en el manto azul de la Virgen, que fue lo primero que me llamó la atención al ver este pesebre.
El azul es, prácticamente desde la Edad Media, el color predominante del amplio velo que lleva la Virgen en diversas advocaciones y representaciones.
Los tonos de azul más oscuros se asocian al dolor de María por el sacrificio de Jesús en la Cruz, mientras que los tonos de azul más claros, brillantes o luminosos están asociados al gozo y a la luz que nos trae la Virgen.
El amplio manto azul de la María también remite al cielo, un cielo cuya contemplación lleva a los ojos del alma a posarse en Dios. Un cielo que inspira amparo, protección, refugio. Cuando Dios se hizo Niño eligió cobijarse bajo el manto azul de María...
Pero Él no quiso guardárselo solo para sí. Y al darnos a María como Madre nos regala también su protección.
"¡Sería todo tan fácil si acudiéramos siempre a la Señora!", asegura el hermano Rafael Arnaiz Barón (1911-1938), monje trapense español, canonizado en 2009.
De él, comparto las líneas que siguen abajo, de una carta escrita en octubre de 1937 a su tío Leopoldo, y que me parece que son la expresión amorosa y agradecida de un corazón que se sabe bajo el manto azul de la Virgen.

“¡María!, cuántas cosas dice esa palabra... iSi yo supiera escribir! no sabría acabar. Esta noche quiero ponerte dos letras y expansionarme un poco hablándote de la Señora.
Es tan hermoso y tan consolador el cariño a la Virgen, que me dan pena los que no la conocen, los que no la quieren, aunque no sea más que un poco... y, sin embargo, querido hermano, ¿dónde
se halla el cristiano, por tibio que sea, que no se acuerde en algún momento de su vida de la Virgen María?
Todos, todos llevamos dentro algo que, después de Dios, sólo María puede comprender y puede consolar... Ese algo es criatura, ese algo es necesidad humana, es cariño, a veces dolor...
Es ese algo que Dios puso en nuestras almas, y que las criaturas no pueden llenar, para que así busquemos a nuestra María... María, que fue Esposa, que fue Madre, que fue Mujer... ¿Quién mejor que Ella para comprender, para ayudar, para consolar, para fortalecer?
¿Quién mejor que María, la Santísima Virgen, para refugio de nuestros pecados, de nuestras miserias?
iQué bueno y qué grande es Dios que nos ofrece el corazón de María como si fuese el suyo! iQué bien conoce Dios el corazón del hombre, pequeño y asustadizo! ¡Qué bien conoce nuestra miseria, que nos pone ese puente... que es María! ¡Qué bien hace el Señor las cosas!
¡Ah, si supiéramos amar a la Virgen, si comprendiéramos lo que significa para Jesús todo el amor que podemos ofrecerle a la Virgen! Seríamos mejores, seríamos los hijos predilectos de Jesús.
No sé si diré algo que no esté bien. Que Ella no me lo tome en cuenta y que Dios me lo perdone, pero creo que no hay temor en amar demasiado a la Virgen ... Creo que todo lo que en la Señora pongamos, lo recibe Jesús ampliado... Yo creo que al amar a María, amamos a Dios, y que a Él no se le quita nada, sino todo lo contrario.
Es algo difícil de explicar, ¿me entiendes? Pero mira, ¿cómo no amar a Dios al poner nuestro corazón en lo que Él más quiere? ¿Cómo no amar a Dios, viendo su infinita bondad que llega a poner como intercesora entre Él y los hombres a una criatura como María, que todo es dulzura, que todo es paz, que suaviza las amarguras del hombre sobre la tierra poniendo una nota tan dulce de esperanza en el pecador, en el afligido...
Que es Madre de los que lloran. Que es Estrella en la noche del navegante. Que es... no sé... es la Virgen María.
¿Cómo no bendecir, pues, a Dios con todas nuestras fuerzas al ver su gran misericordia para con el hombre, poniendo entre el cielo y la tierra a la Santísima Virgen?
¡Cómo no amar a Dios teniendo a María!
¡Ah, hermano, es algo en que el alma se pierde... No comprende. Sólo le queda un recurso para no enloquecer... y es amar mucho; vivir arrebatado en amor a María, la Madre de Dios, la Virgen llena de gracia. La que nos ayuda en la aflicción cubriéndonos con su manto azul. La que en la tierra nos ayuda, para darnos luego en los cielos a su Hijo Jesucristo. La que es bendita y ensalzada por todos los coros celestiales. La que en la Trapa amorosamente sonríe cuando algún frailecillo llora.
¿Qué más te he de decir? ¿Quién soy yo para cantar las bellezas de María?
Nadie, ya lo sé. Pero no importa, cuando cogí la pluma me propuse hablarte de la Señora; recordarte que... -¡qué pretensión!- en los cielos está María, nuestra Madre...
¡Ah, si yo tuviera las palabras y el corazón de David, al mismo tiempo que tener mi fortaleza en Jesús, tendría mis debilidades en María... mi torre murada en Dios, mis consuelos en María (Salmo 18,2-3).
Tú dices muchas veces «todo por Jesús», ¿por qué no añades «Todo por Jesús y a Jesús por María»?
Sí, querido hermano, «en sólo Dios tengo puesta mi esperanza», dice el gran rey David (Salmo 17,3 )...
IAhl, si hubiera conocido a la Santísima Virgen, hubiera añadido: «Y esa esperanza es María». ¿No lo crees tú así?
No te extrañe, pues, que yo le tenga mucha devoción y que quiera que todo el mundo se la tuviera... ¡Sería todo tan fácil si acudiéramos siempre a la Señora!".

sábado, 27 de agosto de 2016

Niños invitados #39: Los "Manuelitos" de Mama Antula


En agosto de 2016 tuve la oportunidad de visitar la Santa Casa de Ejercicios Espirituales, de Buenos Aires, faltando pocos días para la beatificación de la fundadora de este sitio histórico, María Antonia de Paz y Figueroa.
Conocida popularmente como Mama Antula, María Antonia nació en la provincia argentina de Santiago del Estero en 1730, cuando aquel territorio dependía del Virreinato del Perú.
A los 15 años hizo votos de pobreza y castidad, adoptó el nombre de María Antonia de San José y, junto a otras compañeras, bajo una forma de vida consagrada conocida entonces como "beaterio", se dedicó a asistir a los jesuitas en su labor pastoral y social, en particular en los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola.
La figura de Mama Antula se hizo conocida gracias a su empeño por mantener vivo el carisma ignaciano luego de que en 1767 el rey español Carlos III decretara la expulsión de los jesuitas de sus territorios, lo que la movió a recorrer varias provincias del norte argentino, organizando los Ejercicios Espirituales, hasta finalmente llegar en 1779 a Buenos Aires, donde en 1795 fundó la Casa de Ejercicios Espirituales, sitio de su muerte el 7 de marzo de 1799.
En todo su peregrinar, María Antonia llevaba consigo, colgando de su cuello, una cruz sobre la que está recostado el Niño Jesús, una de sus principales devociones.
Lo llamaba su "Manuelito", una forma usual de referirse al Niño en aquella época, derivada de "Emmanuel" (Dios-con-nosotros). "Manuelito, el que todo lo puede", lo invoca, confiando en su Providencia.
La cruz con el Niño que llevaba colgada María Antonia, que actualmente se conserva en un cuadro con reliquias en la Santa Casa de Ejercicios Espirituales, era de unos 7 por 13 centímetros, de alabastro y madera. El Niño está recostado sobre uno de su lados, en una de sus manos sostiene los tres clavos con que fue clavado en la Cruz y sus pies están sobre una calavera, símbolo del triunfo de Cristo sobre la muerte.



En una carta, de 1784, María Antonia detalla así cómo es el Manuelito de su crucifijo: "La acción del Niño es estar acostado sobre la cruz y algo inclinado sobre el lado derecho. La mano izquierda tiene cogidos los tres clavos por sus puntas y con ello descansa sobre el cuadrel y parte del vientre la mano derecha, estando el brazo unido al cuerpo viene a parar en la mejilla y le sirve como de reclinatorio. La pierna izquierda recuesta sobre la derecha y está con su garganta sobre la pantorrilla de la misma derecha; los pies descansan sobre una calavera que pisa el izquierdo y toca el derecho con su empeine. Se previene que el Niño está enteramente desnudo y sin toalla o cosa que se le parezca. Esta postura o figura de mi Niño Dios ha sido la que más me ha robado la atención".
María Antonia le tenía a esta imagen "muchísima devoción", según me contó durante mi visita a la Casa de Ejercicios la hermana Zulema Zayas, superiora de las Hijas del Divino Salvador, continuadoras de la obra de Mama Antula.
"El Niño Jesús acostado sobre la Cruz encierra todo el misterio de nuestra fe, desde el nacimiento hasta la muerte de Jesús en la Cruz y lo que se trata de transmitir es justamente la Vida que nace de ahí", explica la hermana Zulema.
Decía por entonces Mama Antula que a su Niño apenas si se le podía distinguir alguna facción porque cuando llegó a su poder estaba ya "bastante usado" y ella "rara vez" se lo desprendía del cuello.
A eso se agregaba la gran devoción que despertaba la imagen entre la gente y que movía a muchos a besar la cruz: "Siendo tierno el afecto que sacan las almas de los santos Ejercicios, quizá por ilusión del demonio, se me postran a los pies y yo, confundida de mi indignidad, los aparto de mí, dándoles a besar mi Niño Dios".
Poco después, María Antonia, que casi nunca se sacaba su cruz, tendrá que desprenderse de ella más a menudo porque no pocos se la pedirán prestada en casos de especial necesidad de socorro divino, como enfermedades o partos.
Así, como ella misma dice, la cruz termina un poco "gastada" por lo que en febrero de 1784 decide encargar otra igual al padre Gaspar Juárez, un jesuita exiliado en Roma y que había sido su guía en en Santiago del Estero.
En su encargo pide, entre otras cosas, que la nueva cruz le sea enviada con "gracias particulares para beneficio de las almas" que besarían la imagen y alabarían el santísimo Nombre del Niño.
Pero la llegada de su nuevo Manuelito comenzó a demorarse.
Casi un año después dirá que "ya quisiera tener a la vista" la nueva imagen "para encomendarle especialmente los asuntos" suyos.
Por los intercambios epistolares, sabemos que el nuevo Niño, mandado a hacer en Roma, había sido enviado a mediados de 1785 por el padre Juárez hacia el puerto de Cádiz, desde donde sería embarcado rumbo a Buenos Aires.
Con ansias crecidas en la espera, en enero de 1786 María Antonia le escribe nuevamente al padre Juárez: "Hasta el presente aún no ha llegado a Buenos Aires y ciertamente que ya tarda".
En esa misiva asegura que el deseo de contar con una nueva imagen no es solo de ella: "Toda ponderación es nada para decir el anhelo y veneración que tienen a Manuelito, pues así los señores clérigos, como todas las personas de suposición, están deseando que llegue, y ya el que yo tengo en el cuello, que es de piedra, no lo dejan, pues, para enfermedades, para partos, en todo anda él, y ya lo ando mezquinando, porque está ya algo gastado".
Esta carta resulta reveladora del alcance que la obra de María Antonia estaba teniendo en la creciente devoción al Niño Jesús en Buenos Aires.
Ella invitaba a adorar a su Manuelito a quienes participaban en los Ejercicios Espirituales, una costumbre que luego se pondría en practica en las iglesias de Buenos Aires en la Navidad de 1785, según lo describe la propia Mama Antula en su misiva de enero de 1786: "Con que, luego que llegue el otro (Niño), lo pondré en el altar para que todos lo adoren; pues esta devoción no sólo ya es grande, sino que cada día toma más aumento. Buena prueba de esto es lo que, a imitación de los Ejercicios, se ha hecho en la próxima Pascua de Navidad en varias iglesias de esta ciudad, aun de regulares; pues no habiendo habido costumbre hasta ahora de exponer el Niño Dios en los brazos de un sacerdote a la pública adoración de los fieles, lo han hecho en estas Pascuas, del mismo modo que se practica en los Ejercicios". 

Monseñor Marcos Ezcurra, en su libro "Vida de María Antonia de Paz y Figueroa", cuenta que Mama Antula tenía además por costumbre durante los Ejercicios "hacer un día la adoración en el pesebre, tierno acto en que imitaban a los pastores los ejercitantes, que muchas veces eran gente de campo; y se compungían con él aún los más endurecidos pecadores, que habían resistido hasta allí hasta las exhortaciones de los sacerdotes y predicadores más celosos y elocuentes”.
Finalmente llegó el nuevo Niño, pero resultó ser algo más grande e imposible de llevar al cuello. Este Niño también se conserva en la Santa Casa de Ejercicios Espirituales, dentro de una caja de vidrio, en la celda que ocupó María Antonia.




Junto a la imagen hay un pequeño cartel que señala que el Niño fue mandado a hacer en Roma en 1785 por el padre Juárez. Recuerda también que Mama Antula exclamaba con frecuencia: "¡Alabemos y glorifiquemos incesantemente a Manuelito!".
El Niño, una talla en madera, también está completamente desnudo y recostado sobre una cruz, aunque sobre su lado izquierdo. Parece dormido. Su cabeza reposa sobre su brazo izquierdo y con el derecho abraza el madero.
Se ve que Mama Antula lo contemplaba y lo daba a contemplar... Decía que este Niño era el "hechizo" de cuantos lo veían y se nota que a ella también le fascinaba e intuía algo más del misterio que encierra esta imagen.
Esto le escribía al padre Juárez en julio de 1788: "Es preciso decirle también algo de Manuelito, el que Vuestra Merced me mandó. Es el hechizo de cuantos lo ven y si Vuestra Merced lo viera, no lo conociera; es muy letrado; de repente le da en decir 'Esclavito, esclavito', sin saber por qué y mirándolo después de tiempo de estos dichos con atención, hallo que por algunas peladuras que se le ha hecho al barniz, ha descubierto unas vetas casi negras, que parecen propiamente manchas de azotes con ramales; toda la cara la tiene como cruzada o marcada; los bracitos con unas señales de ligaduras de cordeles, como si las hubiesen hecho a propósito; y estoy con curiosidad de que Vuestra Merced sepa si la madera de que lo hicieron tiene vetas, porque es cosa particular. No deje Vuestra Merced de averiguado y avíseme en la primera ocasión".

"En esta Buenos Aires
aún me hallo aguardando
a que Manuelito me abra el camino y
seguir adonde fuere su agrado".
Mama Antula, 1787.

sábado, 13 de agosto de 2016

#197 Entre la paja del pesebre




Este cuadro me lo regaló en mayo de 2016, por mi cumpleaños, mi sobrino y ahijado Tommy. El marco lo pintó él y su mamá lo ayudó a pegar la hermosa imagen del pesebre.
Sobresale la abundante paja, entre la que se esconde la espiga del verdadero trigo: Jesús, el grano de trigo que ha de morir para ser Pan de Vida.
San Pedro Julián Eymard (1811-1868), sacerdote francés considerado "apóstol de la Eucaristía", afirmó alguna vez que la "Eucaristía se sembró en Belén", entre la paja de nuestra pobre humanidad.
En una meditación sobre "La Natividad y la Eucaristía", el santo señala que el trigo se siembra y "se necesita que se deposite en la tierra, que germine, que madure, hasta que, una vez segado, se muela para hacer de él pan nutritivo".
Al nacer en Belén "sobre la paja del establo", afirma Eymard, "el Verbo divino preparaba su Eucaristía".
"Ese trigo celestial es como sembrado en Belén, casa de pan; vedle sobre la paja; esta paja está pisoteada, destrozada, representa a la pobre humanidad; esta paja es estéril de suyo; Jesús la levantará de nuevo, le devolverá la vida y la hará fecunda; ved ya sembrado ese grano divino. Sus lágrimas son la humedad que lo hará germinar, y llegará a ser hermoso", continúa el santo.
Observa que Belén se halla situado sobre una colina que mira a Jerusalén. "Cuando esta espiga esté madura -señala-, se inclinará hacia el Calvario, donde será molida y sometida al fuego del sufrimiento para que se convierta en Pan vivo".
Pero, insiste, "la Eucaristía empieza en Belén" pues "ya el Emmanuel viene a habitar en medio de su pueblo" y comienza a vivir entre nosotros, una presencia que será perpetuada por la Eucaristía.
En Belén, señala, "el Verbo se hace carne; en el Sacramento se hace pan, para darnos a comer su carne".
Eymard observa además que en Belén se da principio a "las virtudes del estado sacramental" pues Jesús oculta ya allí, en el pesebre, su divinidad y "cubre su gloria divina, para llegar gradualmente a ocultar también su humanidad".
En el pesebre, el Niño es débil, pobre, "se despoja de toda posesión".
"El establo no es suyo, se le ha cedido de limosna; vive con su Madre de las ofrendas de los pastores y de los dones de los Magos; más tarde, en la Eucaristía pedirá al hombre un sitio donde albergarse, la materia de su Sacramento, una vestidura para su ministro y su altar. He aquí cómo Belén nos anuncia ya la Eucaristía”, afirma el santo.
Hoy, en la Eucaristía, Jesús sigue siendo trigo molido que se nos ofrece como Pan de Vida... en medio del pobre pesebre de nuestra humanidad.




viernes, 22 de julio de 2016

Pesebre invitado #38: Mirando a Belén




Este pequeño cuadro apareció un día de principios de mayo de 2016 en el acceso al bautisterio de mi parroquia, la Basílica de María Auxiliadora, de Buenos Aires.
La imagen muestra a María, con el Niño en brazos, y a José, y por debajo un caserío: es Belén.
María y José observan desde arriba la pequeña ciudad. Pero su mirada no es altiva.
Fueron hasta allí para cumplir con un decreto imperial de censarse. Como José pertenecía a la familia de David, tenían que inscribirse n Belén, la ciudad natal del célebre rey.
Pero estando ya allí le llegó a María la hora de dar a luz a Jesús. Y el alumbramiento fue en un pesebre porque, como lo señala el Evangelio de Lucas, "no había lugar para ellos en el albergue" de Belén.
No sabemos si fue porque el sitio estaba completo de huéspedes, o porque no tenían cómo pagar el hospedaje, o porque nadie les tendió una mano... lo cierto es que "no había lugar para ellos".
Pudieron haber alegado la condición de José de miembro del linaje del rey David... O María, sabiéndose Madre del Hijo de Dios, pudo haber lanzado un mar de protestas y reproches... Pero nada de esto... El Evangelio hace un silencio sobre la reacción de José y María al encontrarse con que "no había lugar para ellos"... silencio evangélico que es eco del silencio humilde de María y José.
Humildad que abre camino a la humildad del pesebre, humildad que Dios Padre quiso como primera cuna de su Hijo muy amado.
Imagino a María, con el pequeñísimo Jesús ya en sus brazos, y a José observando, a lo lejos, desde el pesebre de la voluntad de Dios, a la pequeña Belén donde no hubo lugar para ellos...
Mirada sin resentimiento, sin reproches, sin enojos...
Mirada que tal vez no lo comprende todo, pero lo acepta todo en la confianza ciega en los por qué que se esconden en los planes de Dios Padre.
Mirada con un dejo de tristeza: la pena no por el albergue que se les negó a ellos sino por la acogida que no le dieron al Dios hecho Hombre...
Mirada silenciosa, hecha oración, en la comunión con el Niño, por la conversión de nuestros corazones, para que en ellos Dios sí encuentre sitio para nacer...


domingo, 17 de julio de 2016

#196 ¡El don es Él!



Este cuadro me lo regaló en mayo de 2016, por mi cumpleaños, mi sobrino Juan Cruz, que intervino con sus manos para pintar el marco.
Es una imagen bella, llena de color y detalles preciosos, como esas dos ovejitas en uno de los ángulos.
Es la escena de la Adoración de los magos. Pero hay algo que llama mi atención y es que María parece que dejó de prestarles atención a los reyes y sus costosos regalos, se giró y me mira.
Uno de los magos, recogido en la oración, arrodillado, ni se percató... pero los otros dos, cargados con sus dones para el Niño, también se dieron vuelta para ver a quién mira la Virgen y me observan... las manos.
Yo caí en Belén sin nada para el recién nacido. No sé si los reyes piensan que soy una descarada o una desubicada... pero a María parece no importarle que yo llegué con las manos vacías.
De hecho, ni me mira las manos, sino que me está mirando a los ojos, con ternura, con una sonrisa.
No pronuncia palabra, pero me muestra a Jesús, como presentándomelo, como ofreciéndomelo... su Hijo, el Todo, para colmar mi nada.
Y entonces ya no siento vergüenza de mis manos vacías, las tengo libres para aceptar a Quien se me ofrece. ¡El don es Él!



sábado, 2 de julio de 2016

Pesebre invitado #37: La Virgen del Socorro, la Madre del pesebre


Este pesebre lo descubrí en marzo de 2016 en la Basílica Nuestra Señora del Socorro, de Buenos Aires. Es de estilo clásico y ocupa uno de los altares laterales de la iglesia.
La advocación de la Virgen del Socorro es antigua. Existen diferentes imágenes para este título mariano. Quizá la más conocida sea la del ícono bizantino de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro.
A Buenos Aires la advocación llegó en la segunda mitad del siglo XVIII desde España, donde había sido difundida por la orden de los agustinos, tras su popularización en Palermo (Sicilia, Italia).
Aunque las representaciones de la Virgen del Socorro son diversas, en la mayoría de ellas María lleva a Jesús en brazos, gesto que habla de sus cuidados maternales, su dedicación amorosa al Hijo, su atención permanente a las necesidades de Jesús...
Como dice esta oración: "¡Oh, Madre del Perpetuo Socorro, en cuyos brazos el mismo Niño Jesús parece buscar seguro refugio!".
La Virgen del Socorro es la Madre del pesebre, la
 Madre que mira atenta al Niño, que vela junto a Él, que está muy cerca de Jesús para procurarle todo lo que necesite. 
Esta misma Madre es la que Jesús nos dio en la Cruz.
Te invito a mirarla cómo Jesús la mira desde este pesebre... para descubrir a quien siempre está dispuesta, atenta y muy cerca para socorrernos.




"Oh, Santa María, ayuda a los pobres,
da fuerza a los débiles,
consuela a los que lloran,
ruega por todos,
ruega por los sacerdotes,
intercede por las piadosas mujeres,
que sientan tu socorro
todos los que exaltan tu misericordia.
Recibe benignamente los deseos
de los que a Ti se encomiendan,
concede a todos lo que te piden.
Que sea tu cuidado pedir
por el Pueblo de Dios.
Tú, que mereciste, Virgen bendita,
llevar en tu seno al Redentor del mundo,
que vive y reina por los siglos de los
siglos. Amén".

Oración de San Agustín a la Virgen María



jueves, 23 de junio de 2016

#195 Llaves


Este llavero me lo regaló mi mamá en mayo de 2016. Tiene la imagen de un pesebre y lo puse con las llaves de mi casa.
Dar las llaves del propio hogar a alguien implica un acto de confianza. También de cesión del dominio absoluto sobre ese lugar. Ahora alguien más podrá entrar y salir cuando quiera, tendrá libertad para hacer y deshacer...
Si Dios habita en nuestro corazón -o por lo menos aspiramos a que no sea un huésped de paso- es justo que tenga las llaves de nuestra vida. Confiarnos a su voluntad, permitirle que disponga de nosotros y que "acomode" nuestro corazón como lo hace un dueño de casa.
Santa Gertrudis de Helfta, a quien se representa con un Niño Jesús en su corazón, cuenta que una vez le ofreció al Señor que descendiera a la morada de su corazón. Y Jesús le respondió: "Si me das esa libertad, dame la llave de tu voluntad propia".
La imagen de la "llave de la voluntad" también está presente en los escritos de santa Teresa de Jesús. Es el "darse del todo al Todo" en el que mucho insiste.
En su "Libro de la vida", santa Teresa sostiene que quien entrega esta "llave" a Dios ya "no quiere hacer cosa, sino la voluntad del Señor", ni "quiere cosa propia, sino que haga de todo conforme a su gloria y a su voluntad".
"Tengo para mí que un alma que allega a este estado, que ya ella no habla ni hace cosa por sí, sino que de todo lo que ha de hacer tiene cuidado este soberano Rey", dice más adelante Teresa.
Darle las llaves y que venga a nosotros su Reino hasta un día poder decir con san Pablo: "Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí" (Ga 2, 20).


viernes, 3 de junio de 2016

Niño invitado #36: el Sagrado Corazón de Francisco


Esta imagen del Sagrado Corazón del Niño Jesús la tomé en abril de 2016 en uno de los altares laterales de la Basílica de San José de Flores, en Buenos Aires, la iglesia que frecuentó durante su niñez y adolescencia el Papa Francisco.
Imagino que muchas veces habrá mirado esta imagen, se habrá dejado interpelar por este Jesús, Niño, que con su pequeña mano izquierda señala su Corazón.
Cuando veo una imagen del Sagrado Corazón -Jesús que muestra, que descubre, que señala su Corazón- pienso en su Amor ofrecido, pero también en el amor que nos pide -nuestro pobre amor para su Corazón herido- y en el camino que quiere proponernos desde el latir de su Corazón. Es como si Jesús nos dijera, señalando su Corazón: "te ofrezco mi Amor, necesito tu amor, te propongo amar así...".
Pero, ¿y qué nos dice este Corazón desde el pecho de Jesús Niño? Lo mismo, pero con el acento puesto en dejarse amar y amar con "corazón de niño".
En junio de 2014, en una homilía para la fiesta del Sagrado Corazón, el Papa Francisco dijo que, para comprender el amor de Dios, el hombre necesita buscar una dimensión inversamente proporcional a la inmensidad: la pequeñez, la pequeñez del corazón.
En nuestra pequeñez Dios vuelca su misericordia, su ternura. Él es Padre.
Dice Francisco que lo "que Dios busca en el hombre es una relación de papá-hijo", "pero si nosotros nos sentimos fuertes, no experimentaremos nunca la caricia del Señor".
Hay que hacerse como niños. Tener corazón de niño.
"Y cuando Jesús habla de sí mismo, dice: ‘Yo soy manso y humilde de corazón’. También Él, el Hijo de Dios, se abaja para recibir el amor del Padre”, añade el Papa al marcar la actitud de Jesús, quien nos enseña desde su Corazon de Niño cómo abrirnos al Amor de Dios.



sábado, 28 de mayo de 2016

Pesebre invitado #35: Como en Belén, pero aquí y ahora



Este sagrario lo descubrí en abril de 2016 al visitar la parroquia Patrocinio de la Virgen, aledaña al hospital Churruca, en Buenos Aires.
El tabernáculo no es muy grande. Está sobre un pedestal muy sencillo, a un costado del altar. Está dispuesto de tal modo que, si uno se acerca con delicadeza, se pueden abrir las puertas frontales y dejarlas abiertas para poder adorar al Santísimo, expuesto en una custodia, tras un vidrio.
En las puertas frontales se pueden ver imágenes de un ángel anunciando a los pastores el nacimiento de Jesús y de otro guiando a los magos de Oriente hacia el pesebre. Ambas imágenes, cuando el sagrario está abierto, miran hacia el centro, donde está Jesús, Vivo y Verdadero.
Cuando vi la hermosura de este sitio de adoración, donde Jesús está presente como en Belén, me acerqué para observar más de cerca... Descubrí que los laterales y la puerta por detrás, que custodia la reserva, también tienen imágenes relativas al nacimiento de Jesús. Uno de los laterales muestran a los tres magos de camino a Belén. El otro lateral presenta a un ángel anunciando el nacimiento a dos pastores. Y la puerta de atrás exhibe una escena muy tierna, del Niño Jesús, en el regazo de María, siendo alimentado en el pesebre.
Poco después me enteré de que todas estas imágenes corresponden a pinturas de Bradi Barth (1922-2007), una artista suiza, pero que vivió la mayor parte de su vida en Bélgica y que se distinguió por la belleza de sus obras sobre motivos religiosos.
Es un sitio de adoración precioso. Muy sencillo y silencioso. Con Jesús Vivo y Verdadero. Como en Belén, pero aquí y ahora.
Y, más allá de la belleza artística que pueda o no tener, cada sagrario, cada altar donde Jesús Eucaristía esta presente es nuestro Belén.







"Mi belén es el altar: 
no hay cueva, sí sacramento,
besa y come tu alimento,
adórale hasta llorar,
que adorar es puro amar.
Como María y José
a mi Dios adoraré: 
Salve, Cuerpo, aquí escondido,
Salve, amor, de Dios ungido,
Salve, Misterio de fe".

"Ave Verum Corpus", de Rufino María Grández, sacerdote capuchino, en "Cantad Eucaristía".





martes, 24 de mayo de 2016

#194 Divino Niño, auxilio de los cristianos



Este llavero con la imagen del Divino Niño lo compré en abril de 2016 en la santería de la Catedral de Buenos Aires.
Es una imagen bastante difundida: el Niño pequeño, vestido de rosa, con sus brazos extendidos, descalzo sobre una nube que por debajo lleva la leyenda "Yo reinaré".
Lo que para mi era desconocido hasta hace poco es el origen salesiano de esta devoción. Y ahora, cuando lo veo, hasta me parece que, aunque no va vestido igual, es el Niño que se ha bajado por unos instantes de los brazos de la Auxiliadora...
Todo comenzó con la llegada a la ciudad colombiana de Barranquilla del padre Juan del Rizzo, un misionero salesiano italiano, en 1914.
Un día su superior le encomienda a él y a otros compañeros salir a pedir limosnas para apoyar la construcción de un templo. Pero como el padre Juan era muy tímido no pudo pedir nada y al parecer fue reprendido.
Entonces se fue a rezar a los pies de una imagen de María Auxiliadora, que tiene al Niño en sus brazos. Y en un momento sintió que el pequeño Jesús le decía que no se preocupara y que Él le acompañaría al día siguiente a pedir la limosna.
Es entonces cuando el padre Juan se confía al Niño y hace el propósito de propagar la devoción al Divino Niño Jesús. Y lo hace con la devoción que él ya conocía, que era la del Niño Jesús de Praga.
En 1934 el padre Juan es trasladado a Bogotá, al colegio León XIII, y le encomiendan la animación del oratorio del Campo San José, en el barrio 20 de Julio, pero le piden que no promueva allí la devoción al Niño de Praga pues esa tarea ya la realizaban los carmelitas en esa ciudad.
Entonces el padre Del Rizzo va a una tienda de artículos religiosos del centro de Bogotá y compra allí una imagen del Niño Jesús. Pide que le quiten una cruz que llevaba en la espalda y que le retoquen un poco el rostro.
La figura, un Niño de brazos abiertos dispuesto a recibir a todos, fue colocada en el oratorio. Pronto la devoción ganó gran popularidad. Y el amor al Niño despertó en muchos corazones el deseo de ayudar a los chicos más pobres del oratorio.
Hoy el Divino Niño tiene un santuario en este sitio, que es visitado por miles de fieles cada semana. Su fiesta principal se celebra el primer domingo de septiembre.


Oración de la confianza al Divino Niño

Niño amable de mi vida,
conduelo de los cristianos,
la gracia que necesito
pongo en tus benditas manos.
Tú, que sabes mis pesares
pues todos te los confío,
da la paz al angustiado
y alivio al corazón mío.
Y aunque tu amor no merezco
no recurriré a Ti en vano
pues eres Hijo de Dios
y auxilio de los cristianos.
Acuérdate, oh Niño Santo,
que jamás se oyó decir
que alguno te haya implorado
sin tu auxilio recibir.
Por eso, con fe y confianza,
humilde y arrepentido,
lleno de amor y esperanza
este favor yo te pido.
Divino Niño Jesús,
bendícenos con amor.



sábado, 14 de mayo de 2016

#193 Ven a visitar tu viña




Este Niño me lo regalaron mamá y papá en abril de 2016. Lo compraron en una tienda de Mercedes (Argentina), pero -y quién sabe cómo llegó hasta aquí- es originario de Puerto Rico. Lo sé porque venía con una tarjeta adosada, indicando que es creación de la artesana Mercedes Buenaga, de Río Piedras.
Es una única pieza de barro, con el pequeño Niño envuelto, que descansa sobre una enorme hoja de vid.
Esta imagen me hizo recordar algo que el pueblo de Israel pedía a Dios: "Ven a visitar tu viña" (salmo 79). Y Dios no ignoró estas oraciones. Realmente vino a visitar su viña, encarnándose.
No solo vino a nuestra viña, a nuestra humanidad, sino que se hizo Él mismo vid. "Yo soy la vid verdadera". Y nos asumió como sarmientos... para dar frutos en Él.
El punto de partida para esta "visita" de Dios a nuestra viña no es otro que su Amor misericordioso. Él nos plantó, nos dio una tierra donde crecer... y cuando fuimos invadidos -o nos hemos dejado invadir- por la maleza, no desoyó la súplica: "Ven a visitar tu viña".
En ese Amor misericordioso debemos confiar cada vez que sintamos que nuestra viña es asaltada, pisoteada, saqueada... Es el Amor de quien se hizo vid por nosotros.


"Tú sacaste de Egipto una vid,
expulsaste a los paganos y la plantaste;
le preparaste el terreno, echó raíces
y llenó toda la región.
Las montañas se cubrieron con su sombra,
y los cedros más altos con sus ramas;
extendió sus sarmientos hasta el mar
y sus retoños hasta el Gran Río.
¿Por qué has derribado sus cercos
para que puedan saquearla
todos los que pasan?
Los jabalíes del bosque la devastan
y se la comen los animales del campo.
Vuélvete, Señor de los ejércitos,
observa desde el cielo y mira:
ven a visitar tu viña,
la cepa que plantó tu mano,
el retoño que tú hiciste vigoroso.
¡Que perezcan ante el furor de tu mirada
los que le prendieron fuego y la talaron!
Que tu mano sostenga al que está a tu derecha,
al hombre que tú fortaleciste,
y nunca nos apartaremos de ti:
devuélvenos la vida e invocaremos tu Nombre.
¡Restáuranos, Señor de los ejércitos,
que brille tu rostro y seremos salvados!"
Salmo 79
"Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo".
Lucas 1, 68



viernes, 29 de abril de 2016

#192 Pino


Este pesebre me lo regaló en diciembre de 2015 mi amiga Daniela Vulcano.
Es una única pieza, de resina, y dentro tiene luces de colores que funcionan a pila. Es un pino nevado, con una estrella dorada en la punta. Pero lo mejor es que el árbol no se roba el protagonismo, sino que en primer plano está el pesebre.
La tradición de colocar un pino dentro de la casa y decorarlo con luces para la Navidad tiene ya unos siglos y es originaria de Alemania.
Lamentablemente en muchos lugares el árbol queda como único signo de la Navidad y la representación del nacimiento de Jesús, lo verdaderamente central, queda marginada o ausente.
No se trata de eliminar al árbol sino de poner las cosas en su justo lugar: que el pesebre recupere su sitio destacado y que el árbol de Navidad adquiera un sentido más profundo y no meramente decorativo.
Buscando por allí, encontré un escrito, de autor desconocido, una verdadera oración que comparto más abajo y que, me parece, es válida no solo para los días de Adviento en los que se arma el árbol sino para cualquier momento del año, porque de lo que se trata, finalmente, como el pino decorado en los días de Navidad, es ser signo, testimonio, del amor de Dios encarnado. ¡Nosotros también podemos ser pino!

"Esta Navidad quiero ser tu pino, Señor. Un pino sencillo, de los que nacen en las sierras, pero con unas ramas verdes y frescas, alimentado por la savia de tu Vida divina.
Como un reflejo tuyo, mi forma será triangular, signo de la Santísima Trinidad, y si una rama sobresale demasiado, hazme sensible para cortarla antes de que me deforme demasiado.
Empezaré a limpiar mi tronco y mis ramas de todo musgo que tenga.
Y así, poco a poco, quitaré todo lo que me estorba: mi egoismo, mis envidias, mis incomprensiones, mi orgullo, mi soberbia, que como 'plagas' crecen sin que yo me de cuenta.
Como un recuerdo de todas las estrellas que brillaron esa noche bendita en que Tú naciste, me llenaré de foquitos de colores para reflejar a los demás la alegría de tu venida al mundo.
Escogeré unas esferas doradas, las más brillantes, para que representen todas mis alabanzas por el sol que sale cada día, por las estrellas, por los atardeceres tan hermosos y por todas las maravillas del mundo que Tú creaste para nosotros, por ser nuestro Ser Supremo.
Continuaré con muchas esferas rojas, que representan mis peticiones. Te pido que hagas de mi un instrumento de tu Amor. Te pido por mi familia, mis amigos, mi comunidad, mi parroquia. Por mi patria, para que sea un país donde Tú siempre reines. Que jamás el desaliento entre en mi corazón. Te pido tu Santo Espíritu y, con Él, la verdadera sabiduría que viene de ti.
Dame, Señor, lo que Tú sabes que me conviene y yo no sé pedir. Dame mucha paciencia y humildad. Dame prudencia para nunca herir a nadie y dame caridad para tener un corazón grande que sepa amar.
Pondré también unas esferas azules, para pedirte con ellas perdón porque yo no siempre he sido fiel, porque no he sabido dar ni perdonar, porque viendo la luz he preferido la oscuridad, porque conociendo el bien he optado por el mal.
Por último, me llenaré de esferas plateadas, muy grandes, que serán para darte gracias por todo lo que he recibido de ti. Gracias porque me has otorgado salud, bienestar, alegría y satisfacciones.
Gracias también por la enfermedad, las penas y los sufrimientos, aunque me cuesta trabajo decírtelo y aceptar tu voluntad. Tú sabes lo que hiciste.
Gracias, Señor, por todo aquello que me acercó íntimamente a ti. Es tanto lo que tengo que agradecerte...
Y en la punta, con una luz muy intensa, pondré una estrella enorme, que me ilumine siempre, ésa será mi fe. Una fe madura e inquebrantable, siempre en aumento, que se alimentará de tu Sagrada Eucaristía y de tu Palabra.
Por eso, esa luz brillará para todo aquel que se acerque a mi, porque Tú brillas en mi.
Yo quiero ser tu pino, Señor.
Lléname de alegría para participar a todos mis hermanos el gozo de poseerte, Señor".

domingo, 27 de marzo de 2016

Niño invitado #34: La mirada del Resucitado




Este Niño está en uno de los altares laterales de la Basílica de Santo Domingo, de Buenos Aires.
Lo elegí para este Domingo de Pascua porque su figura inocente, revestida de blancura y con el cayado de la Cruz victoriosa, me habla de Jesús Resucitado.
Pero más me dicen de su resurrección esos sus ojos, llenos de vida, de ternura, de paz, de misericordia... Pupilas de brillo delicado en las que se dibuja la Vida verdadera por Él conquistada y por Él dada...
¡Qué en esta Pascua nos descubramos vivos en la mirada del Resucitado!


"La muerte ha madurado de ternura
tu rostro, luz de Dios, semblante humano;
el paso por la Cruz ha embellecido
tus ojos, tus mejillas y tus labios.

Y ahí estás, Jesús, para mirarte,
del Padre y del Amor icono exacto;
mirarte es comunión y paraíso,
perdidos en tu faz, por ti mirados.

Tu imagen es presencia y sacramento,
el don total de Dios en ti donado;
tu frente es el reflejo del Espíritu,
tus ojos son el Padre remansado.

Con cuerpo de una Virgen tú naciste,
y en ese cuerpo Dios está entrañado,
mas luego de tu muerte eres más cuerpo,
de Dios perdón, purísimo regalo.

Tus ojos y los nuestros se han fundido,
oh Dios a quien miramos y adoramos,
oh dulce rostro, pasto del amor,
en esa tu mirada, Amado, báñanos.

¡Exhausto manantial manante siempre,
oh rostro del secreto revelado,
deleite de pupilas, oh Jesús,
a ti el amor hermoso en nuestro canto! Amén".

Himno pascual, de Rufino María Grández, capuchino.






viernes, 25 de marzo de 2016

Niño invitado #33: Voluntariamente aceptada




Esta imagen está en mi parroquia, San Carlos y Basílica de María Auxiliadora, de Buenos Aires. Y cada vez que la contemplo me vienen siempre las mismas dos palabras: "voluntariamente aceptada".
El Niño Jesús, muy pequeñito, abre sus brazos en cruz y se apoya sobre el madero. Libremente... No está clavado, ni atado. Hasta me da la impresión de que está en puntas de pie, como queriendo alcanzar la Cruz... Nada parece obligarle... Y su rostro... inocente, sereno, manso... revela su íntima comunicación con el Padre.
Unas de las palabras que más me estremecen de la consagración eucarística son, precisamente, las que se refieren a la "pasión voluntariamente aceptada": la libertad para amar al Padre y amarnos a nosotros hasta el "extremo", el extremo de darse a sí mismo, dar su vida entera, hasta la muerte y muerte de Cruz, por nuestra salvación.
"Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente" (Juan 10, 18). ¡Estas palabras son impactantes! Porque las pronuncia en el contexto de presentarse a sí mismo como el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas, para que éstas tengan vida en abundancia. Y en sus palabras se denota que lo hace con libertad, porque ama -nos ama-, porque así lo quiere el Padre -"éste es el encargo que he recibido del Padre"- y porque se sabe Hijo de Dios y confía plenamente en su Padre, que le ha dado poder para dar su vida y "después recobrarla".
Me pregunto cuándo descubrió Jesús cómo habría de salvarnos... es un misterio, pero intuyo que en su Corazón, desde el momento mismo de la Encarnación, ardió el celo por las cosas de su Padre, latió la urgencia del Reino, el deseo de nuestra salvación y su ansías de amarnos dándose hasta el extremo...
Esta imagen está junto al altar de santa Teresa del Niño Jesús. De ella tomo estas palabras finales. El anhelo de darse, de una entrega voluntariamente aceptada por amor, esa libertad de Jesús, siempre se encarna en sus santos...

"Acuérdate, Jesús, Verbo de vida, de que tanto me amaste, que moriste por mí. También yo quiero amarte con locura, también por ti vivir y morir quiero yo. Bien sabes ¡oh, Dios mío! que lo que yo deseo es hacer que te amen y ser mártir un día. Quiero morir de amor. Señor, de mi deseo ¡acuérdate!".
Santa Teresa del Niño Jesús, "Jesús, Amado mío, acuérdate", 21 de octubre de 1895



domingo, 20 de marzo de 2016

#191 Tú eres Rey




Este señalador imantado me lo regaló en diciembre de 2015 mamá, quien lo compró en una librería de Buenos Aires.
En la imagen se puede ver a los magos -sabios- de Oriente, arrodillados, ofreciendo sus dones y adorando al rey que buscaban...
Bien podrían ser ellos los que dicen la frase impresa abajo de la imagen: "Niño Jesús, Tú eres el rey de la paz". Pero, ¿qué es lo que les permite reconocer como rey a este niño, débil, pobre, nacido en un contexto despojado de todo signo de realeza?
Para tomar la foto del señalador, elegí la página del Evangelio según san Juan en la que Jesús es llevado en su Pasión al pretorio para ser interrogado por Pilato sobre su condición de rey:
"Entró de nuevo Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le preguntó:
—¿Eres tú el rey de los judíos?
Jesús respondió:
—¿Eso lo preguntas por tu cuenta o porque te lo han dicho otros de mí?
Pilato respondió:
—¡Ni que yo fuera judío! Tu nación y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?
Contestó Jesús:
—Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis soldados habrían peleado para que no me entregaran a los judíos. Pero mi reino no es de aquí.
Le dijo Pilato:
—Entonces, ¿tú eres rey?
Jesús contestó:
—Tú lo dices. Yo soy rey: para eso he nacido, para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Quien está de parte de la verdad, escucha mi voz.
Le dice Pilato: —¿Qué es la verdad?" (Juan 18, 33-38).
¿Qué es lo que le impide a Pilato reconocer a Jesús como rey? Dice Jesús: "Quien está de parte de la verdad, escucha mi voz". Solo el que es de la Verdad, el que es de Dios, puede reconocer al Hijo, aceptarlo como Rey, seguir su voz... Pero Pilato no sabe qué es la verdad... no puede reconocer a Jesús como Rey. Y sus sentidos le dicen que un hombre preso, humillado, abandonado, traicionado, indefenso, pobre... no puede ser un rey... un rey como lo entiende el mundo.
Cristo Rey: el nacido entre pajas, el de la vida escondida del trabajo y la oración, el que toca a los enfermos, el que come con pecadores, el que no tiene donde recostar su cabeza, el cordero manso, el coronado de espinas, el de la Cruz... el que prefiere trato de amigo, el que se nos ofrece como pan. ¡Rey!


martes, 9 de febrero de 2016

#190 Hemos visto su estrella y venimos a adorarle




Este pesebre me lo regaló mi mamá en diciembre de 2015. Es muy sencillo, pequeño, hecho de cartón y con un imán. La imagen es también muy simple: José, María y el Niño en el pesebre. Y una gran estrella, la que condujo a los magos de Oriente hasta la gruta de Belén.
La luz de aquella estrella tenía un propósito: señalar el sitio exacto en donde encontrar a Jesús, guiar hasta ese punto a los adoradores. "Hemos visto su estrella y venimos a adorarle" (Mateo 2, 2).
La luz de la estrella de Belén me recuerda la luz que hoy también guía a los adoradores hasta el sitio donde está Jesús: es la luz de la lámpara que siempre se encuentra junto al sagrario.
Jesús está igual de presente hoy en el sagrario que hace veintiún siglos en el pesebre de Belén. Es el mismo: su mismo Cuerpo, su misma Sangre, su misma Alma y su Divinidad. Y con un abajamiento muy similar, entonces como un débil niño, hoy como una simple hostia.
Llama la atención del relato de los magos que, siguiendo la estrella y llegados al destino, la pobreza de aquella escena no les hizo dudar de que aquel niño era el Rey que buscaban con el solo fin de adorarle.
Simplemente se dejaron guiar por esa luz, avanzaron, hallaron a Quien buscaban y lo adoraron.
Hoy también una luz brilla junto a cada sagrario para señalar que allí está presente Jesús e invitar a adorarle.
Es una luz que nunca deja de brillar... que nunca deja de dar testimonio... que nunca deja de invitar a la oración. Y así se vuelve también imagen del verdadero orante, del adorador que, tan solo con su presencia junto al sagrario, es lampara viviente que señala que allí está su Señor e invita a otros a adorar a Dios...
San Luis Orione (1872-1940) contemplaba la lámpara junto al sagrario como una privilegiada que consumía su vida junto a Jesús.
Traduzco y comparto aquí unas líneas que brotaron en el corazón de Don Orione como fruto de una experiencia que tuvo siendo un joven seminarista, cuando lo emplearon como cuidador en la catedral de Tortona (Italia). Su humilde habitación, en lo alto del templo, tenía una pequeña ventana desde la que divisaba la luz de la lámpara junto al sagrario. De noche, en soledad, oraba con aquella tenue y apacible luz... Y entonces esa lámpara deseaba ser:

"Oh, tú, afortunada, humilde lámpara que siempre velas, consumiéndote delante de mi Jesús.
Habitante de este sitio, pleno de amor, que rodea el Corazón de mi Dios, dime, ¿conoces tú sus latidos ardientes, su inefable dulzura?
Ven, bendita luz, penetra en mi corazón, hasta lo profundo, hasta sus secretas hendiduras... Háblame del Buen Jesús, de su amor.
Tu calor suave y delicado reavivará dulcemente mi espíritu y hará brotar las semillas de las virtudes y el sacrificio.
¡Oh, dulce Jesús, si en mi corazón una llama perenne de amor emulase la vigilante lampara en su arder para Vos, intensamente, hoy, mañana... siempre!
Te veo desde aquí, lámpara querida, resplandecer como una estrella.
¡Cuántas cosas nos da tu antorcha bella que al alma sedienta siempre enseña!
Consumes tu vida junto al altar: tu luz es del amor dulce testimonio.
¡Oh, quién puede imaginar vida más hermosa, quién puede desear vida más querida...!
Delante de Él, que "hiere y consuela", cédeme tu lugar solo por un día o, mejor aún, por una sola noche.
Déjame probar qué delicia es consumir por Él mi vida en el dulce permanecer con Jesús".

jueves, 28 de enero de 2016

#189 Amigo invisible



En diciembre de 2015 con mis compañeros de trabajo jugamos al "amigo invisible" para Navidad. Por sorteo, cada uno debía hacer un regalo, de manera anónima, a uno de sus compañeros.El regalo que me hicieron fue un pesebre, hecho con vellón, traído de la ciudad argentina de Córdoba. Me encantó y, sin saber quién me lo había regalado, fui agradeciendo uno por uno... hasta que descubrí la identidad de mi "amigo invisible", Aitor Iturria, a quien agradezco el gesto delicado de alegrarme el corazón regalándome algo que sabe que me gusta y valoro tanto...
Esto del "amigo invisible" me hizo pensar en cuántos bienes -materiales y espirituales- recibimos a lo largo de nuestra vida sin enterarnos nunca de qué manos provienen.
De cuántas cosas que recibimos en nuestros primeros años de vida no somos conscientes... no podemos recordar quién nos acunó con paciencia aquella noche que éramos llanto vivo...
Sabemos que nuestros padres o abuelos habrán hecho muchos de estos actos buenos por nosotros, pero en lo concreto permanecen invisibles a nuestra memoria.
Hay otros bienes que hemos recibido de los que sí somos conscientes, pero ignoramos la identidad de nuestro benefactor. Quizás un mensaje anónimo de consuelo o un desconocido que nos ayudó en la calle...
Otras veces incluso ignoramos el bien que se nos hace... Alguien que nos perdonó en lo secreto de su corazón, alguien que intercedió a nuestro favor sin que lo sepamos, que rezó por nosotros...
Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) ha planteado una idea que me parece fascinante. Aunque en apariencia podemos ponerle nombre y apellido a los protagonistas de los grandes acontecimientos de nuestra historia personal y de la historia de la humanidad, esta santa afirma que "no cabe ninguna duda de que los giros decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales poco o nada dicen los libros de historia".
Quiénes son estas personas, dice, "a las que hemos de agradecer las transformaciones decisivas de nuestra vida personal" solo lo sabremos "el día en que todo lo oculto sea revelado".
Son personas que viven "íntimamente unidas a Dios" y cuyos frutos pueden permanecen ocultos a los otros hombres e incluso a sí mismas. De allí, sostiene Edith Stein, brotan fuentes misteriosas de vida...
Resulta medio increíble que haya personas así, que nos hagan el bien en lo secreto, sin esperar ni un gracias a cambio e incluso sin conocernos, cuando lo que prima en el mundo es la búsqueda de reconocimiento, de prestigio, de fama y casi todo se hace con algún interés personal.
¿Quién de verdad actúa como "amigo invisible"? Creo que la única respuesta posible la da la propia Edith Stein al decir que son personas que viven "íntimamente unidas a Dios". Porque actuar así, hacer el bien en lo secreto, en el silencio, en lo oculto, es muy propio del estilo de Dios...
Jesús, de hecho, dice san Pedro, "pasó haciendo el bien" (Hechos 10, 38), pero la mayor parte de su vida terrenal fue vida oculta. Y ese hacer el bien en lo secreto de la vida ordinaria de Nazaret nos lo dejó como enseñanza: "tengan cuidado de no practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos"; "cuando des limosna, que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha para que tu limosna quede en secreto"; "cuando ores, retírate a tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto"; "cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro, para que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto" (Mateo 6).
Ésta es la "escuela" del "Amigo invisible". A todos los que desde ella, en lo secreto, en el anonimato, en lo oculto, en el silencio, me regalan el bien, ¡gracias!



jueves, 21 de enero de 2016

#188 Tilincho




Este pesebre me lo regaló en diciembre de 2015 mi amiga Gina Baldivieso de Arze, de La Paz, Bolivia.
"Es un nacimiento tiilincho", me dijo. "¿Un qué?"... Aunque sí había visto ya pesebres de este estilo, nunca antes había escuchado esa palabra...
El “tilincho” es una figura en miniatura, hecha de barro, cocida y pintada, con características de hombres o mujeres andinos: tez cobriza, vestimenta tradicional y costumbres indígenas y mestizas.
Los pequeños muñecos siempre tienen una expresión alegre, ojos grandes y un sonrisa amplia.
Normalmente representan escenas de la vida cotidiana o de oficios típicos de la cultura boliviana. Pero también está muy difundido el uso de estas pequeñas figuras en la confección de pesebres.
Por lo que pude rastrear, la invención de los "tilinchos" es un asunto disputado: se la atribuyen al historiador y artista plástico Ronald Roa Balderrama, del grupo Pukara; al arquitecto Jimmy Ledezma, que integró ese mismo colectivo de artistas; y al ceramista Wálter Meléndrez, quien hizo de estas miniaturas un producto boliviano de exportación, incluyendo varios modelos de nacimientos.
Y a todo esto, ¿de dónde viene la palabra "tilincho"? Deriva de "tili" o "t'ili", que en aymara significa "el más pequeño", una expresión que viene como anillo al dedo si hablamos de pesebres.
A los "pequeños" y al "más pequeño" ha hecho referencia Jesús en los Evangelios. Es una figura que encierra un modelo de vida espiritual marcado como senda por el propio Jesús. Él mismo se hizo "el más pequeño", un auténtico "tilincho", para enseñarnos quién es verdaderamente grande en el Reino de los Cielos...



jueves, 14 de enero de 2016

#187 Nacimiento characato



Este pesebre me lo regaló en diciembre de 2015 mi amiga Annie Calzia.
Es un pequeño pesebre, de nueve piezas en miniatura, con la representación del nacimiento en estilo characato.
Characato es uno de los distritos de la provincia de Arequipa, en Perú. Está rodeado de cerros y tiene un manantial llamado Ojo del Milagro o Agua del Milagro. El nombre Characato podría ser una derivación de la voz quechua chakra y, de hecho, se utiliza como sinónimo de chacarero en Arequipa.
El pesebre characato nació hace casi tres décadas de las manos del ceramista peruano Eduardo Gonza Aragón, quien quiso crear un nacimiento de arcilla con elementos propios de la cultura arequipeña.
En este nacimiento José es un loncco -como se denomina en Arequipa al campesino que vive en una chacra- de gruesos bigotes negros, camisa arremangada, pantalón y pies descalzos; María es una lechera vestida con falda negra, blusa blanca y delantal rojo; y el Niño Jesús está desnudo y boca abajo, sobre su cunita.
Tanto María como José llevan sombrero de paja de ala ancha, típico de Arequipa.
Completan el pesebre un burro, una vaca y una oveja.
Cada vez que veo representaciones del nacimiento de Jesús al estilo de una cultura particular pienso en la voluntad del Padre de que todos y cada uno de los pueblos reconozcan a su Hijo como Salvador. Y es bella la idea de que cada pueblo, al acoger a Jesús como "su" Salvador, manifieste esta "apropiación" con un pesebre que represente al Señor como uno de los suyos...
En Arequipa, Jesús se hace characato entre los chacareros... y, como canta un villancico compuesto por Raúl García Salazar cuya letra comparto a continuación, el Niño loncco no nace en una gruta sino en un corral del cerro... pero es igual de lindo y es nuestro mismo Redentor.


"En un camino a mi chacra,
junto a la acequia y el boquero,
un niño loncco gritaba:
"¡Allí en el cerro ha nacido Dios!".
Dejé la yunta y mirando hacia el cielo
fui hasta el manantial,
atravesé un alfalfal,
subí al cerro y allí había un corral.
Ha nacido el Redentor,
qué lindo está el Niño Dios.
Lonccos y ccalas miraban
la belleza de mi Señor.
En un corral en el cerro
una estrella alumbró
y entre el burrito y la vaca,
José, María, está el Señor.
Qué viva el Niño Dios,
Él es nuestro Redentor.
Lonccos y ccalas saltaban
de alegría por nuestro Señor.
Desde toítos los rincones
ccalas y lonccos han venido
a mirar qué linda guagua
que en el corral del cerro ha nacido.
Venite pronto, chacarero,
por la pacha han de subir.
Entre la mula y el buey
ha nacido nuestro Rey".