lunes, 27 de febrero de 2017

#210 Cunero


Este pesebre me lo regaló en diciembre de 2016 mi amiga Annie, mi hermanita del alma. Es un cunero -un medallón para colgar de una cuna- de metal, con la imagen del pequeño Jesús que duerme bajo la mirada de María y José.
El cunero, que colgué en mi cama, vino con una tarjeta, donde mi amiga me explica el sentido de su regalo, unas palabras que se vuelven deseo y oración para mi y para quien quiera que lea esto...







"Querida amiga:
Cuando buscaba un regalo para vos en esta Navidad, me topé con esta imagen que me pareció muy dulce.
Al ver que era un cunero, al principio dudé, quizás no era lo más apropiado.
Después me di cuenta de que, en realidad, no hay nada más apropiado que un cunero porque, como dice nuestra amiga Teresita, "ser niño pequeño es reconocer la propia nada, esperar todo del buen Dios, como un niño pequeño lo espera todo de su padre, no inquietándose por nada" (carta a Celina, 23 de julio de 1893).
Por eso, amiga, te deseo que cada noche duermas en tu cuna, hamacada por el Buen Dios".






viernes, 17 de febrero de 2017

#209 ¡Buenas noches, Padre Dios!



Este Niño me lo regaló mi papá en diciembre de 2016. Fue comprado en la librería Nuestra Señora del Carmelo, de Buenos Aires.
Es un Niño pequeño, la cabecita de yeso pintado y el cuerpo todo envuelto en tela.
El pequeño Jesús tiene los ojos cerrados y parece dormir plácidamente.
"En tus manos encomiendo mi espíritu". Así dijo Jesús al Padre antes de morir en la Cruz. Pero seguramente no era la primera vez que le decía esto.
Estas palabras forman parte del Salmo 30 y la Liturgia de las Horas nos invita a hacerlas nuestras cada noche en la oración de Completas, la plegaria diaria antes de irnos a dormir.
Encomendarse en las manos de Dios Padre es oración de confianza, en especial en las horas de la noche, que representan la oscuridad, lo incierto y también la muerte.
Dormirnos sabiéndonos en las manos de Dios da paso a un descanso verdadero, de cuerpo, mente y alma.
En la oración de Completas se nos invita a repasar nuestro día, a pedir perdón por aquello en lo que hemos faltado a Dios y a nuestros hermanos, a perdonar si nos han herido, a ofrecer nuestras obras, a agradecer por la jornada que se nos ha concedido y por todas las gracias que en ella hemos recibido, a confiarnos en Dios y pedirle que nos conceda una noche tranquila y un buen descanso.
Es muy fácil encontrar en internet la oración de Completas de la Liturgia de las Horas para cada día del año.
Te invito a que esta noche, antes de apoyar la cabeza en la almohada, hagas esta oración y descanses así en las manos de Dios.


Antes de cerrar los ojos,
los labios y el corazón,
al final de la jornada,
¡buenas noches, Padre Dios!
Gracias por todas las gracias
que nos ha dado tu amor;
si muchas son nuestras deudas,
infinito es tu perdón.
Mañana te serviremos
en tu presencia, mejor.
A la sombra de tus alas,
Padre nuestro, abríganos.
Quédate junto a nosotros
y danos tu bendición.
Antes de cerrar los ojos,
los labios y el corazón,
al final de la jornada,
¡buenas noches, Padre Dios!

(Himno de Completas, Liturgia de las Horas)



jueves, 9 de febrero de 2017

#208 Velatio


Este pesebre me lo regaló mi papá en diciembre de 2016. Lo compró en la santería Nuestra Señora del Carmelo, de Buenos Aires. Es una única pieza, pequeña, con las figuras de Jesús, María y el Niño hechas en porcelana fría, montadas sobre una hoja.
Una de las cosas que más me llamó la atención de este pesebre es que María y José tienen sus cabezas cubiertas por un mismo velo blanco.
Investigando un poco, descubrí que en algunas partes del mundo aún se utiliza la tradición de "velar" a los novios, sea dentro de la liturgia del matrimonio o días después de recibir el sacramento, durante una misa de "velación", donde los esposos reciben una bendición especial.
El gesto de la denominada "velatio", o velación, se hace tomando parte del velo de la novia para cubrir los hombros del novio, o bien, lo que parece ser menos frecuente, cubriendo con un mismo velo la cabeza de ambos.
Este símbolo del velo que cubre a los dos representa la unidad del matrimonio bendecida por Dios y el blanco, la pureza.
Y me parece muy curioso ver este símbolo aplicado a María y José en este pesebre.
El de María y José fue un verdadero matrimonio. Singular, pero verdadero.
El papa san Juan Pablo II, en una catequesis durante la audiencia del 21 de agosto de 1996, afirmó que José y María recibieron la gracia de vivir juntos el carisma de la virginidad y el don del matrimonio.
"La comunión de amor virginal de María y José, aun constituyendo un caso especialísimo, vinculado a la realización concreta del misterio de la Encarnación, sin embargo fue un verdadero matrimonio", recalcó en aquella catequesis.
Juan Pablo II se aleja de la visión que muchas veces se tiene de José como un hombre de edad avanzada y un "custodio", más que como esposo de María. En cambio, propone mirar a José como un hombre cuya perfección interior, fruto de la gracia, lo llevó a vivir con afecto virginal la relación esponsal con María.
Y como testigo de ese amor tan especial creció Jesús... ¡el Esposo virgen!



jueves, 2 de febrero de 2017

Niño invitado #48: Dos palomitas

Estas fotos las tomé en enero de 2017 en la parroquia Nuestra Señora de Caacupé, de Buenos Aires.
Es una imagen en tamaño real de la Sagrada Familia colocada en una de las paredes exteriores de la iglesia, en medio de unas plantas.
María carga al Niño Jesús en sus brazos y al lado va José, que en su mano derecha lleva una especie de pequeño canasto con dos palomitas. Y es por este detalle que me di cuenta de que la imagen hace referencia a la presentación del Niño Jesús en el Templo, fiesta que celebramos cada 2 de febrero.
Esto ocurre al cumplirse cuarenta días del nacimiento de Jesús, tal como lo establecía la ley judía, que mandaba ofrecer un sacrificio como parte del rito de "purificación" de la madre y un "rescate" por el hijo primogénito.
Dice el Evangelio de Lucas: "Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: 'Todo varón primogénito será consagrado al Señor'" (Lucas 2, 22-23).
La consagración de los primogénitos a Dios era parte de la ley mosaica: "El Señor habló a Moisés en estos términos: 'Conságrame a todos los primogénitos. Porque las primicias del seno materno entre los israelitas, sean hombres o animales, me pertenecen'" (Éxodo 13, 1-2).
La ley establecía que el varón primogénito debía ser totalmente entregado al servicio de Dios. Si era de la tribu de Leví, era consagrado al servicio del Templo. Los primogénitos del resto de las tribus de Israel debían ser "rescatados" o "redimidos" de esa entrega mediante el pago a un sacerdote de cinco siclos o monedas de plata (Levítico 18, 15-16).
En su libro "La infancia de Jesús", Benedicto XVI hace notar que, en el pasaje de la presentación de Jesús al Templo, Lucas habla del deber de consagrar al primogénito pero luego no hace mención al "rescate".
"Obviamente, quiere decir: este niño no ha sido rescatado y no ha vuelto a pertenecer a sus padres, sino todo lo contrario: ha sido entregado personalmente a Dios en el templo, asignado totalmente como propiedad suya. La palabra paristánai, traducida aquí como «presentar», significa también «ofrecer», referido a lo que ocurre con los sacrificios en el templo. Suena aquí el elemento del sacrificio y el sacerdocio. Sobre el acto del rescate prescrito por la Ley, Lucas no dice nada. En su lugar se destaca lo contrario: la entrega del Niño a Dios, al que tendrá que pertenecer totalmente", observa Benedicto XVI.
Luego Lucas prosigue con el rito de "purificación" de la madre: "También debían ofrecer un sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor" (Lucas 2, 24).
María, por su singular condición de Virgen Inmaculada, no necesitaba ser purificada. Sin embargo, en comunión con José, no reclama para sí ningún privilegio y, tal como lo hará Jesús, obedece la ley de Dios.
Esa ley marcaba que la mujer, después del parto, era durante un tiempo considerada "impura" a los efectos de poder acudir al Templo y participar de las practicas litúrgicas.
Así, según el libro del Levítico, durante cuarenta días luego de dar a luz a un varón no podía tocar ningún objeto consagrado ni ir al Templo.
Al concluir ese período, la madre debía presentar ante un sacerdote como sacrificio un cordero y un pichón de paloma o una torcaza y, así, completar el rito para su purificación.
Pero, si la madre "no dispone de recursos suficientes para adquirir un cordero, tomará dos torcazas o dos pichones" (Levítico 12, 8).
Y esto era el sacrificio de los pobres, las dos palomitas.
A mi me conmueve mucho la humildad de María y José. Su vivencia de la obediencia y de la pobreza, que se vuelve testimonio, escuela de vida para nosotros.
Pienso que, ofreciendo estas dos palomitas, María nos enseña a presentar a Dios la "ofrenda de los pobres"... nos enseña a acudir a Dios tal como somos, porque Él no se escandaliza ante nuestras pobrezas y debilidades... Nos enseña a presentarle nuestra humildad. Porque humildad, como decía santa Teresa, es "andar en verdad", y nada más verdadero que reconocernos pobres... ya que todo lo bueno nos ha sido regalado por Dios.
La "ofrenda de los pobres" es la ofrenda de quien, aun con poco, ofrece eso poco pero que es todo lo que tiene. Como las dos monedas de cobre que la viuda pobre da de limosna en el Templo. Como los cinco panes y los dos peces de aquel niño dispuesto a ofrecerlos ante el hambre de tanta gente...
Dios parece que mira con particular atención la "ofrenda de los pobres"... Dios no desprecia nuestra pobreza ofrecida con humildad, con amor sincero...
Al contrario... Como canta María, nuestra Maestra en esto de ofrecer a Dios todo lo que somos -¡a nosotros mismos!-, el Señor "enaltece a los humildes".
Jesús se sentó en el Templo a observar cómo la gente depositaba su limosna y muchos ricos daban "en abundancia". Pero Él reparó en la viuda y sus dos moneditas y elogió esa "ofrenda de los pobres": "Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir" (Marcos 12, 43-44).
Y ante la multitud sin nada para comer, Jesús no despreció aquellos pocos panes y peces arrimados por el niño. En verdad podría haber hecho el milagro de dar de comer a los 5.000 sin recurrir a nadie, pero Jesús optó por tomar lo ofrecido por un niño, uno de los que no contaban para nada en aquella sociedad.
Es hermoso pensar con qué ojos mira el Padre nuestra pobre ofrenda, cuando la hacemos raramente con humildad y amor , como lo hicieron María y José, esa viuda y aquel niño... Es hermoso pensar que el Padre acepta lo que le presentamos, nuestra pobre vida, todo lo que somos y queremos poner en sus manos por entero, nuestras "dos palomitas", y eso lo une al verdadero sacrificio de su Hijo, al del Niño presentado en el Templo, consagrado totalmente a Él y que se ofreció a sí mismo, hasta la muerte en la Cruz, por nuestra redención.



jueves, 26 de enero de 2017

#207 Compañerismo



Este pesebre me lo regalaron en diciembre de 2016 Carlota y Eukene, dos compañeras de trabajo.
Es una única pieza, pequeña, de cerámica, con forma de vasija que, en su centro, presenta las figuras de Jesús, María y José en estilo andino y con vivos colores.
Para mi este pesebre representa el valor del compañerismo.
Eukene y Carlota me regalaron este pesebre para darme ánimo en un momento especial... Como compañeras, estuvieron no solo atentas a mi necesidad de recibir apoyo sino también a descubrir qué era aquello que podía darme alegría y esperanza en ese momento.
Y para mi ambas actitudes -el estar atento a las necesidades de los demás y el preocuparse por conocer la personalidad y los intereses de quienes nos rodean- resumen bien el valor del compañerismo.
Hay muchas definiciones de compañerismo. Algunos lo definen como actitud, otros como relación amistosa, de colaboración y solidaridad entre compañeros. Los matices de la definición cambian según a qué ámbito se aplique, sea el escolar, sea laboral, por ejemplo.
En la Biblia hay un versículo del libro del Eclesiastés que destaca el valor del apoyo de un compañero de tareas, como alguien capaz de levantar al otro, que no dudará en redoblar su esfuerzo para compensar a su compañero en la caída: "Valen más dos juntos que uno solo, porque es mayor la recompensa del esfuerzo. Si caen, uno levanta a su compañero; pero ¡pobre del que está solo y se cae, sin tener a nadie que lo levante!" (Eclsiastés 4,9-10).
Ser compañero, buen compañero, es, a mi entender, ser conscientes de que en la barca de esta vida no navegamos solos, que vamos con otros que son pares nuestros... que muchas veces tenemos que remar juntos, pescar juntos... y esto significa compartir objetivos y esfuerzos... pero también saber estar atentos a las necesidades de esos pares, quienes, como nosotros, muchas veces sentirán cansancio, sed, desánimo... quienes muchas veces querrán encontrar en nosotros un oído atento para compartir inquietudes y alegrías... y también un corazón abierto a compartir con ellos las propias riquezas..
Es, en buena medida, actitud propia de quien en esta vida no se guarda para sí sino que se abre a los demás, al compartir, a la generosidad, a la solidaridad, a un caminar en compañía de otros...


"Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás".
Filipenses 2, 4




sábado, 21 de enero de 2017

#206 Despertaré a la aurora


Esta figura de resina me la regaló mi mamá en noviembre de 2016 y fue comprada en la librería Don Bosco, de Buenos Aires.
El Niño Jesús duerme profundamente y un angelito toca con su violín unos acordes para despertarle...
Esta imagen me recuerda a dos salmos, el 57 y el 108, que coinciden en estas palabras:
"Mi corazón está firme.
Dios mío, mi corazón está firme.
Voy a cantar al son de instrumentos:
¡despierta, alma mía!
¡Despierten, arpa y cítara,
para que yo despierte a la aurora!
Te alabaré en medio de los pueblos, Señor,
te cantaré entre las naciones,
porque tu misericordia se eleva hasta el cielo,
y tu fidelidad hasta las nubes.
¡Levántate, Dios, por encima del cielo,
y que tu gloria cubra toda la tierra!".

El salmista despierta. Despierta él mismo. Despierta su voz y a sus instrumentos. Despierta a otros como él y despierta a la aurora.
Despierta para orar y entonar alabanzas al Señor, el Sol que nace desde lo alto, el Resucitado que se presenta al alba.
Despierta a la aurora para que pronto se aleje la noche y se alce este Sol.
Jesús es Luz y el que madruga para orar busca no perderse nada de estos divinos rayos, busca que el amanecer no lo sorprenda dormido...
Se adelanta a la aurora recibiendo al Dios que se eleva "por encima del cielo" con cantos de alabanza.
Y esa música, ejecutada "en medio de los pueblos", despierta a otros... para que sobre ellos también amanezca Dios.
No es casual que estos dos salmos formen parte en la Liturgia de las Horas de la oración de Laudes, la primera de la mañana. Son un medio para iniciar nuestro día con los ojos puestos en Dios, para que sea Él la Luz de nuestra jornada.


"Buenos días, Señor, a Ti el primero encuentra la mirada
del corazón, apenas nace el día:
tú eres la luz y el sol de mi jornada.
Buenos días, Señor, contigo quiero andar por la vereda:
Tú, mi camino, mi verdad, mi vida;
Tú, la esperanza firme que me queda.
Buenos días, Señor, a Ti te busco, levanto a Ti las manos
y el corazón, al despertar la aurora
quiero encontrarte siempre en mis hermanos.
Buenos días, Señor resucitado, que traes la alegría
al corazón que va por tus caminos,
¡vencedor de tu muerte y de la mía!
Gloria al Padre de todos, gloria al Hijo, y al Espíritu Santo;
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos te alabe nuestro canto. Amén".


Bernardo Velado y Antonio Alcalde, 

himno de Laudes para miércoles de la primera semana, 
Liturgia de las Horas


domingo, 15 de enero de 2017

#205 Sin otra luz ni guía


Este pesebre me lo regaló mi mamá en noviembre de 2016. Fue comprado en la librería Don Bosco, de Buenos Aires.
Es una única pieza, con las figuras de Jesús, María y José, hecha en polvo de mármol, con acabado blanco y decoración en color oro. Es de la marca italiana Koras, con sede en Torre di Mosto, un pueblo de la provincia de Venecia.
Según el fabricante, este modelo de pesebre se llama, en italiano, "Linterna", en referencia al farol que lleva José en su mano izquierda.
Es muy singular que sea José quien, de los tres, porte la luz cuando parece ser una figura signada por la noche. ¿Qué es esa luz que lleva?
José tuvo que abrirse paso en la oscuridad de la noche.
Dios lo llamó a acoger a María y a su Hijo en la noche del no entender, del no comprender, de la renuncia.
Dice la Palabra que José era un "hombre justo", es decir, santo. Y Dios lo llamó, lo invitó a acoger sus planes, resignando sus propios proyectos. Lo llamó a aceptar su Voluntad, una voluntad cuyo horizonte no siempre se nos presenta claro, definido.
Un plan divino que se le presenta en sueños. En la noche oscura.
Pero José, sin ver, acepta.
Acepta y se convierte en instrumento para que, en la noche del hombre, nazca la Luz.
La Luz del mundo es el Mesías, el Salvador. El Ángel se lo dijo sin rodeos: el hijo que dará a luz María "salvará a su Pueblo de todos sus pecados". Pero Jesús parece ser un niño como todos, o menos que todos, nace en condiciones de mucha precariedad, fragilidad, sin signos de privilegio o realeza...
Es de noche y José seguramente no ve con claridad cómo es que ese Niño, ése que yace entre pajas, va a salvar a su pueblo...
Es de noche y otra vez, en esa oscuridad, los desconcertante planes de Dios vuelven a interpelarlo. Dios le pide que se haga cargo de la vida de ese Niño y de María, que los proteja... Dios lo llama otra vez a ser instrumento clave en su plan de salvación, un plan al que José adhiere pero sin ver, sin comprender del todo.
Y José otra vez deja de lado sus propios proyectos. En vez de regresar a Nazaret, Dios le pide huir a Egipto, ser extranjero en tierra desconocida, caminar hacia la incertidumbre, hacia el no saber, hacia lo incierto...
"José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto", diec el relato de san Mateo.
Es impresionante que José, en los dos sueños, en la noche oscura, no pregunta, no pide explicaciones, no pone reparos. Solo despierta, se levanta y obedece... aún siendo de noche.
José, san José, anda en la noche, en la oscuridad del no entender los planes de Dios, en el no ver los alcances últimos del proyecto divino... camina hacia dónde Dios le pide, pero a ciegas, sin saber lo que hay a la vuelta de la esquina.
Como el alma que busca a Dios en la "Noche oscura" de san Juan de la Cruz, José anda "sin otra luz ni guía sino la que en el corazón ardía". Y es es la luz de la fe. Es la luz que nos permite confiar, abandonarnos en Dios, fiarnos de Él, cuando nuestra razón y nuestros sentidos no tienen nada claro y no nos dan certeza alguna del camino por dónde se nos pide ir.
Esa luz de la fe es la que nos permite ir adelante sin tenerlo todo asegurado, la que nos permite aceptar los designios de Dios y resignar los propios planes.
Es esa luz la que permitió a José vivir "en la pura fe", incluso muriendo sin ver la consumación del plan de Dios del que él fue instrumento clave. Es la fe la que permite sembrar sin ver los frutos, pero con la confianza de que toda semilla regada por Dios germinará a su tiempo.
Ésa es la luz de san José, la fe que en su corazón ardía, la guía de sus noches...



viernes, 6 de enero de 2017

Pesebre invitado #47: La casa del pesebre


El 5 de enero de 2017 tuve el regalo maravilloso de conocer a Teresa y Susana Gargiulo, dos mujeres entrañables que me abrieron las puertas de su casa, en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires, para conocer de cerca su tesoro familiar: un pesebre monumental, de 400 piezas, que se arma allí mismo, ininterrumpidamente, desde hace 73 años.
La tradición la inició Amalia, la madre de Teresa y Susana, cuando comenzó a armar un pesebre pequeño, con las figuras básicas, en la sala de la casa que da a la calle.
El nacimiento poco a poco se fue enriqueciendo con figuras, todas de estilo clásico, adquiridas por la propia familia y regaladas por amigos y parientes.
Con los años el pesebre se extendió hasta cubrir la totalidad de la sala, de 20 metros cuadrados, con una escenografía muy trabajada y diferentes cuadros dentro del entorno montañoso de Belén.
Es realmente impresionante, pero lo más impactante es lo que estas dos hermanas generan desde la que ya todo el mundo conoce en el barrio como "la casa del pesebre".
Al principio, al nacimiento solo lo veían quienes visitaban la casa de los Gargiulo para Navidad.
Pero un día Teresa le propuso a Amalia abrir las ventanas de la sala para compartir de algún modo con la gente del barrio este verdadero tesoro.
"Le dije que la familia y los amigos lo veían cada año y que había que compartirlo con la gente porque sino esto quedaba guardado en una casa. Y mamá aceptó", recuerda Teresa, de 71 años.
El gigantesco pesebre se arma y desarma cada año. Para finales de noviembre se abren los baúles que trajo su "nona" de Italia hace algo más de un siglo y comienzan a sacar una a una las piezas cuidadosamente guardadas.
Los muebles de la sala, incluido un piano, quedan tapados con cajas de cartón y papeles que, gracias a las dotes artísticas de Teresa y Susana, se convierten en rocas y montañas de la región de Judá.
Y montan cada escena, con detalles novedosos cada año, una tarea que les demanda mucho esfuerzo pero que, finalmente, cuando llega el 8 de diciembre y todo queda listo, se compensa con lo que sucede con la gente.
En el rato que estuve en "la casa del pesebre" perdí la cuenta de cuántos se pararon para asomarse por las ventanas a mirar el nacimiento. Vecinos, transeúntes ocasionales, gente que venía especialmente de otros barrios a ver el pesebre, turistas... Niños... y adultos con ojos de niños.
Y escuché, una y otra vez, cómo Teresa y Susana les explicaban qué es el pesebre, por qué lo arman cada año y cuál es el verdadero sentido de la Navidad.
"La gente tiene que darse cuenta de que Navidad es la llegada del Niño Jesús, no que viene Papá Noel", comenta Teresa.
Me contaron que hasta se han asomado jóvenes que no sabían siquiera qué es un pesebre...
"'¿Vos no sabés lo que es la Navidad?'. Qué cosa rara que no le cuentan ahora a los chicos... Pero bueno, ésta es una manera de que la gente que pasa por acá lo conozca", reflexiona.
Para Susana, de 66 años, ésta es también una manera de atajar "toda la locura que se vive en la calle" y ofrecer a la gente la posibilidad de al menos "tener un pensamiento y transportarse al misterio de la Navidad".
"Cada imagen, cada escena, te dice algo, te transporta a algo y, sin quererlo, se medita", señala Susana.
Me llevo de "la casa del pesebre" la certeza de que el nacimiento es casa de ventanas abiertas. Porque realmente el misterio que aconteció en Belén hace dos milenios no quedó encerrado en aquella gruta, guardado con exclusividad a la intimidad de María, José y Jesús. Fue, desde un principio, familia abierta a compartir el don del Dios-con-nosotros.
Si hubo epifanía, adoración, contemplación, fue porque aquel pesebre estuvo abierto a quien quisiera acercarse.
Y creo que así lo quiere Dios: que cada corazón sea pesebre donde nace Jesús, pero pesebre de ventanas abiertas, de tesoro compartido, desde donde el Niño se ofrece a tantos y tantos que quizás no le conocen o no saben cómo encontrarle. Eso es ser "casa del pesebre".



jueves, 5 de enero de 2017

Niño invitado #46: Besapiés




Esta imagen la tomé a finales de diciembre de 2016 en mi parroquia San Carlos y Basílica de María Auxiliadora, en Buenos Aires.
Allí, ante el altar principal, apareció en un catrecito este Niño precioso luego del día de Navidad... Ese mismo día, al finalizar la misa, esta misma imagen y otra similar del Niño protagonizaron el besapiés, un gesto por el que se invita a los fieles a saludar con un beso a Jesús recién nacido... ¡Y yo le besé el piecito derecho!
La tradición de besar los pies o las manos en señal de profundo respeto y sumisión proviene de pueblos de la antigüedad, donde con este gesto se debía saludar al emperador.
Luego pasó con el correr de la historia a otros ámbitos, incluida la Iglesia, y finalmente se extendió a ciertas imágenes religiosas que, en un acto de piedad, son besadas por los fieles.
A mi este gesto del besapiés al Niño Jesús me recuerda a la escena en la casa de Simón, el fariseo, que relata san Lucas en su Evangelio.
Jesús es invitado a cenar en la casa de Simón y, cuando está ya a la mesa, una mujer se presenta, se pone por detrás de Él y se echa a sus pies.
Los pies de Jesús seguramente estarían cansados y polvorientos del camino... El Señor había entrado en aquella casa pero su anfitrión no le había ofrecido lavar sus pies como se solía hacer cuando llegaba un invitado importante."Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies" (Lucas 7,44).
Simón tampoco besó a Jesús al entrar a su casa. "Tú no me besaste".
Pero llega esta mujer y, sin decir palabra, sin ni siquiera colocarse ante Jesús, sino por detrás de Él, comienza a llorar, le baña los pies con sus lágrimas, los seca con sus cabellos, los unge con perfume... y los cubre de besos.
No sabemos el nombre de esta mujer ni cómo es que logró colarse en esa cena donde, por lo que relata Lucas, no era bienvenida por Simón.
El fariseo la llama "la pecadora"... Y Jesús, "la que ha demostrado mucho amor".
No sabemos cuándo ni cómo el corazón de esta mujer fue impactado por Jesús... pero es evidente que eso había sucedido ya porque dice Lucas que, apenas se enteró de que Jesús estaba en esa cena, se dirigió hasta allí.
El corazón de esta mujer estaría lleno de gratitud, de estremecimiento ante la misericordia de Jesús... de saberse perdonada de sus muchos pecados y muy amada por Dios en ese perdón.
Y cuando estos sentimientos desbordan el corazón surge la necesidad de demostrar de algún modo gratitud y amor a Dios.
Y esa necesidad es tal que esta mujer se presenta allí superando sus miedos a ser observada, criticada, enjuiciada y hasta echada.
Solo tiene en el corazón la certeza de que el Dios que tanto le ha perdonado tanto amor le tiene que no rechazara su humilde gesto de besarle los pies.
Es impresionante que Jesús se deja besar los pies... un buen rato... porque en un momento le hace notar a Simón que la mujer, desde que Él entró en la casa, no paró de besar sus pies. Así que Jesús estuvo cenando y conversando y nunca se sintió molestado por la demostración de esta mujer. Comprendió su necesidad de hacer este gesto, la dejó y hasta la defendió.
Y todo esto lo hizo esta mujer sin decir una palabra. Su corazón habló con besos a los pies de Jesús.
Pienso que el Señor, que tanto nos perdona, comprende esa pobreza que a veces experimentamos en el corazón de no saber cómo agradecerle tanto amor misericordioso, cuando todo lo que podamos hacer nos parece tan poco al lado de tanto amor. Pero Él valora y acepta nuestros pequeños gestos, se deja besar los pies...
Él, que nos ve de un modo tan diferente a cómo nosotros nos vemos, dice que es "demostrar mucho amor" hacer un simple acto de piedad como besarle los pies... Claro, Él ve en los corazones y sabe cuando un gesto así es verdadero...
Él no solo se deja besar sino que nos anima a hacerlo, a liberarnos del juicio ajeno, de la mirada de los demás, de avergonzarnos, para ser capaces de demostrarle amor.
Besar el piecito del Niño, los pies clavados de Cristo en el crucifijo... Besarlo con el beso silencioso de la oración, con una mirada amorosa al Santísimo.
Besarlo con las lagrimas de nuestro arrepentimiento cuando nos abraza en la Reconciliación y con el amén de la Eucaristía cuando viene a cenar a nuestra casa.
Besarle los pies llagados en las llagas de cuantos padecen y son para nosotros otro Cristo que están esperando que les demostremos mucho amor. Porque mucho se nos ha perdonado...



"Conózcate, oh Cristo, en esta hora
de tu perdón; mi beso apasionado,
de ardientes labios en tu pie clavado,
sea flecha de amor y paz de aurora".

Himno de la Liturgia de las Horas





domingo, 1 de enero de 2017

#204 Revestidos



Este pesebre me lo regaló en noviembre de 2016 mi papá, quien lo compró en la santería Nuestra Señora del Carmelo, en Buenos Aires.
Es un pesebre artesanal, con base de madera y las figuras de María, José y el Niño vestidas iguales, con un tejido de telar.
Un modo de "leer" la imagen es pensar al Hijo plenamente revestido de nuestra humanidad, sometiéndose también por ello a nuestra necesidad humana de ser cubiertos, de ser vestidos.
Pero también podemos contemplar la imagen desde otro punto de vista: son María y José quienes se visten como el Hijo.
Hay un consejo y, más que eso, una exhortación, un llamado de san Pablo que va en esa dirección: "Revístanse del Señor Jesucristo" (Romanos, 13, 14).
Revestir es más que vestir. No es disfrazarse. Ni siquiera es un simple imitar.
Revestirse es cubrirse por entero, algo que implica todo el ser, no tan solo lo exterior. El revestimiento cubre, protege, da nueva identidad, redefine.
Revestirse de Jesús es algo más que imitarlo, lo cual ya sería algo muy bueno. Es configurase con Él, dejarse modelar por Dios hasta ser "otro Cristo", tener sus mismos sentimientos, sus mismas intenciones, sus mismos pensamientos... hasta al punto de poder decir, como san Pablo, que ya no somos nosotros sino que es Él el que vive en nosotros.
Revestirse de Jesús... Sin duda, así lo hicieron María y José. ¡Qué ellos intercedan para que nosotros también llevemos ese revestimiento de gracia!



viernes, 23 de diciembre de 2016

Niño invitado #45: Jesús en la plaza




Esta imagen del Niño Jesús la tomé el 23 de diciembre de 2016 en la plaza Miserere, de Buenos Aires.
Los porteños llamamos comúnmente a este sitio plaza Once y es un lugar donde, en la jerga del Papa Francisco, se junta más de una "periferia existencial".
Como está vecina a una de las principales estaciones ferroviarias de Buenos Aires, la plaza es un sitio de continuo paso para miles y miles de personas al día, cada una cargada con sus ocupaciones, preocupaciones y cruces...
Pero no hay solo gente de paso. También hay personas para quienes la plaza es su "casa", vendedores ambulantes, gente sin techo, niños que pasan el día aquí... y para quienes la inseguridad, la prostitución callejera y las drogas son parte de su paisaje cotidiano.
Es un sitio lleno de realidades muy duras y complejas, un lugar que normalmente la gente prefiere evitar por "peligroso" y "marginal". Pero aquí encontré a este Niño Jesús.
Lo llevaron desde la cercana parroquia de Nuestra Señora de Balvanera como parte de la misión de Navidad.
"Es muy lindo estar acá, dando testimonio de Jesús. Hay gente que nos recibe muy bien y otra que nos rechaza. Pero eso es vivir el Evangelio", me dijo una de las jóvenes que participaba de la misión, invitando a las personas a orar y a acercarse a los sacramentos.
Esa conciencia de estar "viviendo el Evangelio", ahí, en la plaza, me resultó impactante.
Faltando tan pocas horas para la Navidad, me pareció clarísimo que esos hermanos habían sido enviados, como Juan el Bautista, a "allanar el camino" para la venida del Señor, o como aquellos 72 a quienes Jesús eligió y envió a aquellas ciudades y lugares a los que debía ir Él.
Jesús los envió a esta plaza, a las duras "periferias existenciales" que aquí se cruzan, a cada persona que atraviesa o permanece en este sitio con su cruz a cuestas porque ahora es Él el que quiere venir en persona a sanar cada realidad, a abrazar con su Misericordia a cada uno...
Jesús es callejero, anda, va de una orilla a la otra, sale a la búsqueda, al encuentro, y nos pide ser como Él...
Como dijo el Papa Francisco: "Esto es lo que Jesús quiere hoy, discípulos misioneros, ¡callejeros de la fe!".


lunes, 19 de diciembre de 2016

Pesebre invitado #44: El pesebre de mi parroquia



Éste es el pesebre de mi parroquia San Carlos y Basílica de María Auxiliadora, en Buenos Aires.
Se preguntarán por qué coloco primero la foto del altar del Santísimo Sacramento y no la imagen de la representación del nacimiento de Jesús. Espero poder explicar bien mis razones...
Trato de ponerles en situación. Imaginen un fruto que lo cortan al medio y queda el interior de las dos mitades expuesto: lo que se ve en una y otra mitad no es igual, pero es muy similar, casi como en espejo.
Algo así pasa con el pesebre de mi parroquia. No se si se llega a apreciar en las fotos, pero el nacimiento en este 2016 está montado justo a un costado del altar del sagrario.
Es un pesebre de estilo clásico. dentro de la gruta, María en oración, José, en actitud de recogimiento, un poco más atrás, la ""cunita" de paja para el Niño entre ambos...
Afuera hay varios pastores, vestidos muy sencillamente, de diversas edades, algunos de pie, otros de rodillas, unos agachan la cabeza, otros miran hacia el interior de la gruta... Hay también algunos animales y un cielo azul profundo en el que, cuando es de noche, se pueden ver infinidad de luceros y la Estrella de Belén.





Ahora les propongo que, con la imaginación, unan la imagen de este pesebre con la del altar del Santísimo Sacramento, como si uniéramos las dos mitades de un fruto... ¡Las coincidencias son sorprendentes! A ver si logro explicarme...
El altar del sagrario es también el altar de la Sagrada Familia, de modo que aquí también están representados María y José.
En este altar hay, durante todo el año, flores y plantas, que me recuerdan la "creación expectante" de la que habla san Pablo. Es cierto que aquí no hay animales, como en la escenificación tradicional del nacimiento, pero las flores y las plantas son, como aquellos, seres vivos, obra de la mano del Creador.
En este altar hay siempre, a los costados, dos figuras de ángeles muy bellas, representaciones de los ángeles que día y noche adoran y custodian el Santísimo Sacramento.
Este altar es muy hermoso, verdaderamente delicado en sus formas, pero su belleza es muy simple. Es un sitio muy sencillo, de mucha intimidad, tal como imagino que fue la gruta de Belén. El altar tiene un piso de madera que me recuerda la rusticidad que seguramente tuvo aquel pesebre y es un espacio no muy grande -diría mas bien pequeño- pero suficiente para una madre con su niño... ¡A Dios Hijo, Rey del Universo, le bastó esta pequeñez para nacer!
Este altar nunca está desnudo. Siempre hay un mantel blanco, muy sencillo, pero muy cuidado, que lo cubre y me recuerda cómo María, con delicado amor maternal, cubrió con un lienzo la desnudez y la fragilidad del pequeño Jesús...
En este altar hay, no una, sino dos "estrellas de Belén". Una estrella está grabada sobre la puerta del sagrario. La otra no es en rigor una estrella, pero cumple con la función de irradiar luz: es la pequeña lámpara roja al costado del altar, luz que indica que allí está presente Jesús.
Y es esta presencia lo más importante de este altar. En la imagen de la Sagrada Familia está representado Jesús Niño, pero es solo una imagen. Pero en el sagrario... ¡en el sagrario está Jesús de verdad, vivo!
Y por eso les digo que éste es el pesebre de mi parroquia. Y lo que ven al costado una representación, muy hermosa, pero representación al fin...
Pasará el tiempo de Navidad y se desmontará la escena. Pero el pesebre real permanecerá...
Yo veo a diario a los "pastores" de los alrededores que vienen a postrarse ante el Jesús del sagrario, que es el mismo -¡el mismo!- que nació en Belén hace dos milenios.
Los veo así, como esos pastores, gente sencilla, humilde, que viene con unas flores, o con las manos vacías, pero con el corazón ofrecido a su Señor...
Los veo en adoración, contemplando... llorando, sonriendo... de rodillas o sentados en recogimiento...
Los veo a veces mirar a san José buscando su intercesión y muchas, muchas veces, desgranar rosarios con María...
Los veo, los escucho, musitar no sé qué cosas ante la "cunita" del sagrario... pero la mayoría simplemente hace silencio... y es que ante un Niño como éste o se susurra o se calla.
Éste es el "pesebre" de mi parroquia, donde es Belén todos los días...





miércoles, 14 de diciembre de 2016

Pesebre invitado #43: Vitral



Esta imagen la tomé en octubre de 2016 en la catedral católica de San Patricio, en Nueva York.
Es uno de los grandes vitrales del templo y éste recrea la escena de la adoración al Niño Jesús en Belén.
El padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, observa que "si alguien mira las vidrieras de una antigua catedral desde la calle, no verá más que trozos de vidrio oscuros unidos por tiras de plomo negro; pero si atraviesa el umbral y las mira desde dentro, a contraluz, entonces verá un espectáculo de colores y de figuras que lo dejan sin respiración".
Él aplica luego esta observación a la Iglesia, a cuán diferente se ve desde adentro que desde afuera. Pero me permito tomar su imagen para aplicarla al alma misma.
Y es que el alma es templo de Dios. Allí mora Dios y le imprime su propia belleza... Fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios... En nuestro interior se proyecta su hermosura... como esta imagen del Niño del vitral... Pero desde afuera difícilmente lo podemos ver, sea que se trate de nuestra alma o la de otras personas... hay que entrar, con sumo respeto porque es templo de Dios, y contemplar desde dentro lo que el mismo Dios que eligió morar allí ve...
Santa Teresa de Jesús dice que, como el sol resplandece en el cristal, así Dios da a la persona "resplandor y hermosura" en el "centro de su alma".
Teresa no habla de catedrales con vitrales pero sí de algo que en un punto se les parece: un castillo, hermoso por dentro, donde habita el Rey con una luz que ilumina cada rincón.
En el primer capítulo de "Las Moradas" o "El Castillo Interior", la santa de apÁvila nos invita a "considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas", y afirma que "no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice Él tiene sus deleites".
"Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita? No hallo yo cosa con qué comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad; y verdaderamente apenas deben llegar nuestros entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla, así como no pueden llegar a considerar a Dios, pues Él mismo dice que nos creó a su imagen y semejanza", escribe Teresa.
La santa apunta que, pese a esta "gran dignidad y hermosura" del alma, muchas veces no sabemos quiénes somos, ignoramos o pocas veces consideramos "qué bienes puede haber en esta alma o quién está dentro en esta alma o el gran valor de ella", y así tenemos poco cuidado en tratar de "conservar su hermosura".
Pues toda esa belleza está, pero dentro. Es como los vitrales de la catedral: no se los puede apreciar desde afuera. Hay que entrar... no solo asomarse un poco... sino bastante, hasta las habitaciones más reservadas del castillo, hasta el ábside de la catedral... y no unos minutos, como quien se da un paseo corto por el lugar, sino mucho tiempo.
Dice santa Teresa que hay muchos que se pierden de descubrir esta belleza y de conocer a Quien los habita porque viven "en la ronda del castillo", es decir, fuera de sí mismos, volcados a las cosas exteriores, tratando "con las sabandijas y bestias que están en el cerco del castillo" cuando podrían "tener su conversación no menos que con Dios" si entrasen en su propia alma.
¿Y cómo se entra allí? Responde Teresa: "A cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración". ¿Y qué es la oración? ¡Lean a santa Teresa!


"Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste. Entré, y vi con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz inconmutable (...).
¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba; y, deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de tí aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no existirían. Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y curaste mi ceguera".
San Agustín, "Confesiones".



martes, 13 de diciembre de 2016

Niño invitado #42: Atlas y el Niño Jesús


A este Niño lo conocí en octubre de 2016, cuando visité la catedral católica de San Patricio, en Nueva York.
La imagen del Niño Jesús es más bien pequeña y está un poco escondida, justo atrás del altar mayor, sobre las escaleras de acceso a la cripta.
Con la mano derecha hace un gesto de bendición y en la palma de la izquierda sostiene una pequeña esfera dorada, que representa al mundo.
En la base de la imagen se puede leer esta frase en inglés: "Holy Child of Earth and Heaven, we beseech thee hear us" ("Bendito Niño de la Tierra y el Cielo, te rogamos que nos oigas").
Buscando alguna información sobre esta imagen -que quizá pasa un poco desapercibida por el sitio donde está colocada y ante lo impactante que resultan muchos otros rincones de la catedral-, encontré un relato de Bruce Larson (1925-2008), un pastor protestante que en uno de sus libros hace un curioso contrapunto entre el pequeño Niño de San Patricio y otra imagen que se puede ver a pocos metros de la catedral, la enorme escultura en bronce de Atlas, emplazada en el frente de uno de los edificios del complejo del Rockefeller Center, justo enfrente de San Patricio.
Según la mitología griega, Atlas fue un titán condenado por Zeus a soportar sobre sus hombros los pilares que mantenían a la Tierra separada de los cielos.
La escultura mide como unos cuatro metros y medio de altura, a los que se le suman otros tres con el pedestal. Es imposible no verla sobre la elegante Quinta Avenida neoyorquina pero, además, su imagen es una de las postales de la ciudad, tanto que a muchos que no han viajado hasta allí les resultara familiar.
Al tal Atlas parece que el mundo que carga sobre sus hombros le pesa un montón. Me hace acordar a esos levantadores de pesas que pareciera que se les va a reventar un músculo o explotar una vena de tanto esfuerzo...
Pero volvamos a Bruce Larson. Él cuenta que durante muchos años trabajó en Nueva York como consejero espiritual de muchas personas que se debatían en el dilema de si entregar o no su vida a Jesucristo. A muchas de estas personas las invitaba a dar un paseo juntos hasta el Rockefeller Center. Cuando llegaban allí, les hacia contemplar la escultura de Atlas, toda la tensión de sus músculos. Un ser poderoso que apenas puede mantenerse en pie por la pesada carga sobre sus hombros. Y les decía: "Ese es un modo de vivir, tratando de llevar el mundo sobre tus hombros... Pero ahora te invito a cruzar la calle".
Entonces cruzaban la Quinta Avenida y entraban en San Patricio y el pastor llevaba a su compañero de paseo hasta detrás del altar mayor, para ver al Niño de mi foto. Allí se encontraban con un pequeño que, con rostro sereno y sin aparente esfuerzo ni tensión, sostiene al mundo, que cabe en la palma de su mano...
Entonces Larson decía: "Hay dos opciones: podemos llevar el mundo sobre nuestros hombros, o podemos decir 'te lo doy a ti, Señor, aquí está mi vida, te doy mi mundo, te doy a mi mismo'".
¡Ay, Atlas, titán agobiado... a cuán pocos pasitos te espera el pequeño Niño que te ofrece alivio
!




"El mundo entero es delante de ti como un grano de polvo que apenas inclina la balanza, como una gota de rocío matinal que cae sobre la tierra".
Sabiduría 11, 22

"Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré.
Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso.
Pues mi yugo es suave y mi carga liviana".
Mateo 11, 28-30

"Descarguen en Él todas sus inquietudes, ya que Él se ocupa de ustedes".
1 Pedro 5, 7

"Yo quité el peso de tus espaldas y tus manos quedaron libres de la carga".
Salmo 81



domingo, 11 de diciembre de 2016

Pesebre invitado #41: ¡Gaudete!


Esta imagen la tomé a finales de octubre de 2016 en Buenos Aires. Está en una de las paredes exteriores de la parroquia Nuestra Señora de los Dolores.
Me gusta el contraste entre el gris de la vereda y de la pared con pintadas sombrías abajo y el colorido y las líneas simples de esta imagen que tan sencillamente expresan y comparten con la gente que pasa por ahí el gozo por el nacimiento de Jesús.
Habrán visto o experimentado esta escena muchas veces, cuando los papás toman al bebé y lo balancean o lo alzan hacia el cielo, un juego que a los pequeños suele encantarles y hacerlos reír y a los grandes les hace olvidar de todos los problemas con los que venían cargados...
Supongo que problemas no le faltaban a María y a José. La precariedad de la gruta, la soledad por estar lejos de Nazaret, la idea de tener que huir a Egipto... Y, sin embargo, están genuinamente alegres.
Es decir, una cosa no quita la otra. Los problemas son reales. Y, con todo, prevalece la alegría.
Es la alegría por el Hijo. La alegría de tenerlo con ellos. La alegría ante la alegría del Niño. Y la alegría por ver la voluntad del Padre cumplida, aunque sea de un modo misterioso, quizás incomprensible en muchos aspectos para el entendimiento humano, pero cumplida.
La alegría que proviene de Dios es un don tan profundo -tan completamente distinta a la alegría fugaz que ofrece el mundo- que nada, ni aun en medio de los problemas concretos, la puede apagar.
Me gusta de esta imagen que no solo María y José expresan gozo.
Hasta el perro también parece contento y me hace acordar a la "esperanza" de toda la creación de la que habla san Pablo en la carta a los Romanos, de gozar ella también de la "gloriosa libertad" de los hijos de Dios.
Pero la alegría que más me cautiva es la del propio Niño Jesús, que es gozo de Hombre y de Dios.
Esos ojos de Niño parecen decir: "Mis delicias están con los hijos de los hombres" (Proverbios 8, 31). Alegría de encarnación, del Dios-con-nosotros.
Esos ojos parecen orar: "Yo te alabo, Padre... pues así fue de tu agrado" (Mateo 11, 25). Gozo en la voluntad del Padre.
Esta misma alegría es la que Jesús quiere que sea plena en nosotros.... ¡Gaudete!


"Cuando una mujer va a dar a luz, está triste, porque le llega su hora. Pero, cuando ha dado a luz a la criatura, no se acuerda de la angustia, por la alegría que siente de haber traído un hombre al mundo. Así ustedes ahora están tristes; pero los volveré a visitar y se llenarán de alegría, y nadie les quitará su alegría".
Juan 16, 21-22





jueves, 8 de diciembre de 2016

#203 Entre lirios



Este pesebre lo compré en octubre de 2016 en una tienda de Little Italy, en Manhattan, Nueva York.
Se trata de una pieza ovalada de colgar, hecha en resina, con un marco de color violeta (¡color del Adviento!) y un centro que se puede girar y que de un lado tiene la imagen del pesebre y en la otra cara estas palabras en inglés: “Glory to God in the highest, and on earth peace, good will toward men". Es una cita del Evangelio de Lucas (Lc 2,14), lo que los ángeles cantan al anunciar a los pastores el nacimiento del Niño Jesús: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace".
Este pesebre fue diseñado por el artista estadounidense Jim Shore, fue hecho a mano en China y forma parte de la colección de Heartwood Creek, de la estadounidense Enesco.

La pieza en sí misma es muy bella, muy delicada en su diseño. Pero yo posé mi mirada en un detalle: María cubre con una manta al Niño y en esa manta hay estampado un lirio rosado...
Enseguida me vino a la memoria este versículo que se repite dos veces en el Cantar de los Cantares:  "¡Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado, él pastorea entre los lirios!" (2,16; 6,3).
Esto lo dice la esposa de su esposo, que es pastor y lleva sus ovejas a las mejores praderas.
El pastor conoce bien los campos y sabe diferenciar entre unas flores y otras. Sabe de la amargura y las espinas del cardo y de la suavidad y el perfume del lirio. No lo sabe de oídas, ha elegido ir personalmente a recorrer los campos y ver de cerca y tocar lo que crece allí...
Y por eso puede decir de su amada: "Como un lirio entre los cardos es mi amada entre las jóvenes" (Cantar 2,2).
El pastor queda prendado de la hermosura del lirio y allí donde le encuentra elige apacentar.
¿Qué hace al lirio bello?
Este poema del Cantar recorre la historia de amor entre este pastor, que también es rey, y su enamorada. En un punto, ella lo pierde de vista y se lanza a buscarlo con desesperación...
San Juan de la Cruz, inspirado en este libro bíblico, recrea esta búsqueda en parte de su "Cántico espiritual":

"Adónde te escondiste,
Amado, y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste, habiéndome herido;
salí tras ti clamando, y eras ido.
Pastores, los que fuerdes
allá por las majadas al otero:
si por ventura vierdes
aquel que yo más quiero,
decidle que adolezco, peno y muero.
Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas; ni cogeré las flores,
ni temeré las fieras,
y pasaré los fuertes y fronteras.
¡Oh bosques y espesuras, plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prado de verduras,
de flores esmaltado!
Decid si por vosotros ha pasado.
(Respuesta de las criaturas:)
Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura, e, yéndolos mirando,
con sola su figura vestidos los dejó de hermosura".

Mil gracias derramando, es el propio amado el que hermosea los prados... y embellece a las flores.
Porque él, como lo dice el propio Cantar, es también lirio: "Sus labios son lirios que destilan mirra pura" (5,13).
Es Dios quien hermosea al alma con sus gracias derramadas... y se deleita en ello y viene a pacer en ese lirio.
Santa Teresa de Jesús, comentando el Cantar en su "Conceptos del Amor de Dios", habla también de cómo Dios va hermoseando al alma con virtudes y dice que es "un hacer la cama Su Majestad de rosas y flores para Sí en el alma". ¿No les suena a pesebre?
Esto es lo que hizo con la Virgen María, "la llena de gracia". En ese lirio eligió Dios encarnarse, nacer, pacer... Ella misma es la manta que lo cubre en este pesebre... Ella es la cuna de flotes que el Rey hizo para Sí...
Pero María es un litio que no excluye a otros... Todos estamos llamados a dejarnos hermosear por Dios y que Él venga a nacer en nuestro pesebre.
Si no sabemos dónde encontrarnos con esa mirada que hermosea, hay que salir a buscarlo como la amada del Cantar... hay que salir a buscarlo como María, quien perdiéndolo de vista de regreso a Nazaret nos enseñó a ir en búsqueda del Niño... En el templo, en el corazón... ¿dónde estás, Amado?



Oración para hallar a Jesús

Virgen bendita,
¿por qué te afliges
buscando a tu Hijo perdido?
¿Es que ignoras dónde está?
¿No te acuerdas de que mora
dentro de tu corazón?
¿No sabes que se apacienta
entre lirios?
Tú misma dices:
”Mi amado para mí y yo para él,
que se apacienta entre las azucenas”
(Ct 2, 16).
Tus pensamientos y afectos,
tan humildes, puros y santos,
son los lirios que invitan
a habitar en ti al divino esposo.
¿Suspiras por Jesús, María,
porque sólo a él le amas?
Déjame a mí que suspire por él
y por tantos pecadores que no le aman
y que al ofenderle lo han perdido.
Madre mía amantísima,
haz que yo encuentre a tu Hijo.
Bien es verdad que él
se deja encontrar de quien lo busca.
”Bueno es el Señor
para el alma que lo busca”
(Lm 3, 25).
Pero haz que yo le busque
como debo buscarlo.
Tú eres la puerta
por donde todos acabamos
encontrando a Jesús;
por ti espero encontrarlo
yo también. Amén.

San Alfonso María de Ligorio,
"Las glorias de María".

sábado, 3 de diciembre de 2016

#202 Noche silenciosa




Este pesebre lo compré en octubre de 2016 en la tienda Christmas and City de Little Italy, en Nueva York.
De la marca estadounidense Roman y fabricado en China en 2013, es una pequeña pieza de resina, de colgar, que tiene grabada una imagen, de líneas muy simples, del Niño Jesús en el portal de Belén, rodeado de animales.
En el fondo pueden leerse algunas palabras grabadas a mano alzada, en inglés antiguo:
"Silent night, holy night,
all is calm, all is bright

round yon Virgin Mother and Child.
Holy Infant, so tender and mild...
Jesus, Lord, at thy birth".
Se trata de la primera estrofa de "Noche de paz", considerado el villancico más famoso del mundo y cuya génesis y difusión merecen ser contadas.
Lo que más me ha sorprendido es que la letra de esta canción cumple justo en 2016 dos siglos desde su creación y que Nueva York, ciudad donde encontré este pesebre, si bien no ha sido la cuna de este villancico, sí fue un punto importante para la difusión universal de este tema.
El título del villancico es "Stille Nacht", en su alemán original, y su letra fue escrita en 1816 por Joseph Mohr, un joven sacerdote católico de la parroquia Sana María, en Lungau, cerca de Salzburgo (Austria).
Mohr se mudó en 1817 a la iglesia de San Nicolás, en Oberndorf, una pequeña localidad sobre el río Salzach, también cerca de Salzburgo.
Al parecer, acercándose los días de la Navidad de 1818 el órgano de la iglesia estaba dañado. Preocupado por cómo animar la liturgia, Mohr tomó su poema de catorce estrofas escrito en alemán dos años antes y le pidió a Franz Xaver Gruber, organista y maestro de escuela de la vecina localidad de Arnsdorf, que le compusiera una melodía para dos voces solistas, coro y guitarra.
Ambos entonaron por primera vez la canción en la misa de Nochebuena de 1818. El villancico arrancó los aplausos de los habitantes de Oberndorf, en su mayoría marineros del río Salzach y obreros de los armaderos de barcos.
Transcripciones y partituras del tema empezaron a circular por la región y rápidamente se difundió por toda Europa gracias a las actuaciones de cantores tiroleses, que lo incluyeron en sus repertorios.
Fueron estos quienes también llevaron la canción al otro lado del Atlántico. En 1839, los trovadores tiroleses Rainrer iniciaron una gira por los Estados Unidos que duraría hasta 1843.
"Noche de paz" fue entonada por primera vez en el "nuevo mundo" el día de Navidad de 1839, cuando los Rainer la interpretaron frente a la estatua de Alexander Hamilton que se encuentra en el pequeño cementerio de la iglesia de la Trinidad, en la neoyorquina Wall Street.
En 1859, el sacerdote episcopaliano John Freeman Young, de la misma iglesia de la Trinidad, de Nueva York, publicó la primera traducción al inglés de la canción, tomando solo tres estrofas del tema original, y que es la versión actual más popular del villancico.
Muchos afirman que está canción, que ha sido traducida a unos 300 idiomas y dialectos de todo el mundo, logró tener una difusión tan inmediata y universal por contener un mensaje de paz lanzado en un contexto de penurias fruto de las guerras.
De hecho, el villancico se escribió tras el fin de las guerras napoleónicas.
En particular, la región de Salzburgo y de la ribera Salzach quedaron a merced de ocupaciones militares y de las nuevas divisiones geográficas de la postguerra, lo que trajo nefastas consecuencias para los pobladores que vivían de la actividad naviera.
"Stille Nacht" expresaba, por tanto, una necesidad profunda de la época y el contexto social en los que fue alumbrada: la paz.
Ese mismo deseo llevó a los soldados alemanes y británicos que peleaban en el frente occidental durante la primera Guerra Mundial a cantar "Noche de paz" en la famosa tregua de la Navidad de 1914. La canción fue elegida por ser el único villancico que las tropas de los dos bandos conocían y fue entonada en los dos idiomas, alemán e inglés.
En 2011, la Unesco reconoció a esta canción como patrimonio cultural intangible de la Humanidad, un merecido homenaje para una creación que canta los sentimientos inefables del ser humano ante el nacimiento de su Redentor.




sábado, 5 de noviembre de 2016

#201 Corporal




Este pequeño cuadro me lo regaló mi amiga Annie en julio de 2016 y lo compró en Santiago de Chile.
Tiene en el centro una figura en relieve, como de peltre, de la Virgen María con el Niño Jesús en sus brazos.
El Niño, que parece dormir plácidamente, está arropado cuidadosamente con el manto de María, que figura ser como una prolongación de ella misma.
Esta imagen me hizo acordar a la celebración de la Eucaristía, en la cual se utilizan distintos lienzos.
Uno de ellos es el corporal, que es una pequeña pieza cuadrada de lino. En el altar, sobre el corporal, como Jesús envuelto en el manto de María, descansa la Eucaristía.
El sacerdote coloca sobre este lienzo la patena y el cáliz, pero antiguamente la Sagrada Hostia descansaba directamente sobre el corporal.
La utilización de este elemento denota el sumo cuidado y respeto que se le debe dar a la Eucaristía.
El nombre de "corporal" viene del Cuerpo del Señor, que va a reposar sobre este lienzo.
Sin embargo, el corporal no es el descanso final de Jesús Eucaristía. Los verdaderos corporales somos nosotros cuando comulgamos... Somos bastante más que un lienzo para Él y seguramente ansía encontrar en nosotros aquellos brazos de María, la calidez de aquel manto, la serenidad que le hacía descansar plácidamente...

"Corporales, rodeados
de ángeles, también yo
envidia os tengo a vosotros.
Como los limpios pañales,
envolvéis a mi Jesús,
mi único y solo tesoro.
Mi corazón cambia, ¡oh Virgen!,
en corporal puro y bello,
para poder recibir
la hostia blanca do se esconde
tu amado y dulce Cordero".


Extracto de "Mis deseos junto a Jesús escondido en su prisión de amor", 
poesía escrita en 1895 por Santa Teresa del Niño Jesús


domingo, 30 de octubre de 2016

¡Cuatro años!




Hoy cumplimos cuatro años con esta sencilla iniciativa que, desde este blog y sus perfiles en las redes sociales, quiere ser una invitación para todos a asomarse y adentrarse en el misterio de Dios desde la ternura del Niño Jesús, su abajamiento, su don contínuo...
Contemplar el pesebre mueve el corazón a dejarse amar por Dios y a ofrecer ese amor que recibimos gratuitamente. El solo dejarse invadir por la dulzura del Niño -aunque no pensemos nada, aunque no digamos nada, aunque simplemente nos quedemos mirando el nacimiento- es ya una oración bellísima.
Y esto es lo que proponemos desde este espacio, abierto siempre al compartir fraterno... ¡porque a Belén no vamos solos!
Gracias a todos los que siguen este blog, los que dejan sus comentarios o envian sugerencias, los que comparten sus reflexiones, los que acercan sus pesebres, los que nos siguen en las redes sociales, los que oran por esta iniciativa, los que la alientan, los que se prenden en las propuestas para Adviento y Navidad a través de Camino a Belén, los que están en contacto todo el resto del año... Y, sobre todo, ¡gracias al Señor!




domingo, 9 de octubre de 2016

#199 Niño rumi


Este pesebre lo compré en mayo de 2016 en la ciudad argentina de San Rafael (Mendoza), pero procede de Perú.
Es una única pieza, en miniatura, con la figura del Belén delicadamente tallada en piedra de Huamanga.
Huamanga es una provincia de la región de Ayacucho, en Perú.
La piedra típica de este sitio es un tipo de alabastro traslúcido o blanco con vetas tenues, muy maleable pero también frágil. Al parecer, la actividad de la talla de la piedra de Huamanga no se inició sino hasta la llegada de los españoles a esas tierras, entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII.
Precisamente, en la época virreinal utilizaban esta piedra para hacer tallas del Niño Jesús por lo que este material recibió la denominación, en lengua quechua, de "niño rumi" ("niño de piedra").
En el Evangelio de Mateo, Jesús utiliza la figura de la piedra para referirse a si mismo: una piedra desechada.
"La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular" (Mateo 21, 42).
Es una cita, en boca de Jesús, del salmo 118: "La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular" (Salmo 118, 22).
Los constructores, en teoría expertos, debían buscar un roca fuerte, firme, para cimiento de su edificio. Seguramente estudiarían y evaluarían varias piedras. Y, confiados en su juicio, su percepción, su supuesta sabiduría, harían su elección. Elección que implicaría descartar aquella piedra que les parecía o muy pequeña o muy débil. Sí, seguramente, siguiendo sois propios criterios, descartarían una piedra como la piedra de Huamanga, el "niño rumi".
Pero el Padre -quien, como dice san Pablo, elige "lo que el mundo tiene por débil para confundir a los fuertes" (1 Corintios 1, 27)- colocó a su Hijo, el descartado, como piedra angular de su plan de salvación.
San Pedro, al que el propio Jesús eligió como piedra de cimiento, llama a Jesús "la piedra viva, rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa a los ojos de Dios". Y nos recuerda que quien deposita su confianza en esta "piedra angular", no será confundido (1 Pedro 2,4-6).
También nosotros somos piedras, pequeñas, débiles, y, con la tracia de Dios, maleables en las manos del Padre para que Él pueda esculpir su obra.
Somos pierdas que quizás unos descarten o rechacen o tengan por poco valiosas o defectuosas. Pero elegidas por Dios para la construcción de su templo vivo... Somos integrados a su construcción apoyados en la piedra angular, que es Cristo. Y somos ensamblados en un edificio junto a otros, que también comparten nuestra condición de frágil piedrita... tenida por menos por los "fuertes"... pero "preciosa" a los ojos de Dios.


"Son ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios. Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por Él,todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por Él, también ustedes se van integrando en la construcción, para ser morada de Dios por el Espíritu".
Efesios 2